'Lo pare Simó', el venerable valenciano que pudo ser santo

Fachada de la iglesia de San Andrés de Valencia, epicentro de la devoción en torno al 'pare Simó'.
Fachada de la iglesia de San Andrés de Valencia, epicentro de la devoción en torno al 'pare Simó'. / lp

La antigua parroquia de San Andrés de Valencia se convirtió en centro de peregrinación internacional al calor de la devoción tras su muerte en 1612La capital del Turia vivió durante años graves refriegas entre partidarios y detractores de su canonización

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

El santo valenciano Francisco Jerónimo Simón, ¿cómo les suena? Raro. No es más que una licencia retórica, una historia de lo que pudo haber sido. A principios del siglo XVII Valencia contó con los condicionantes imprescindibles para incorporar un nuevo santo a tan ilustre nómina. No fue así. 'Lo pare Simó', de nombre completo Francisco Jerónimo Simón, muerto en fama de santidad, jamás superó el rango de venerable. Este honor significaba el primer reconocimiento que concedía la Iglesia católica -también el pueblo- a quienes morían dejando tras de sí un cúmulo de obras cristianas dignas de respeto y admiración. En ocasiones le sucedía la declaración como beato, y por último, la de santo, siempre que la institución eclesiástica culminara los correspondientes procesos.

En gran medida, Francisco Jerónimo Simón no subió grado alguno por el recelo de las casas mendicantes valencianas, con la orden dominica a la cabeza. El apoyo del resto de la ciudad o de personalidades de gran relieve internacional fue insuficiente para encauzar la beatificación.

Como ha estudiado magistralmente el profesor Francisco Pons Fuster -de cuyos trabajos se nutre en gran parte este reportaje-, la historia tras la muerte de 'lo Pare Simó' es la constatación de la confrontación de intereses, presentes desde la Edad Media, en la designación de un santo. Más cuando iba en detrimento de otros aspirantes a tal honor.

Pero, ¿cómo frenar la ferviente devoción popular? Aunque hoy sea casi un desconocido, Francisco Jerónimo Simón fue, tres siglos atrás, uno de los asuntos de mayor controversia entre los valencianos. Partidarios y detractores de su canonización llegaron a las manos, a las piedras, a las espadas. En las calles de nuestra ciudad y en nuestras iglesias.

Una novelesca vida

En esta ocasión, todo empezó con un final, el de la vida de Francisco Jerónimo Simón, acaecido en Valencia el 25 de abril de 1612. 'Lo pare Simó' había nacido en la capital del Turia en 1578. Su compleja infancia (huérfano a los nueve años y sirviente de oficio), dio un giro, cuando, amparado por un protector, obtuvo un beneficio en la antigua parroquia de San Andrés (calle Poeta Querol, nº.6).

Fue ordenado sacerdote en la citada iglesia con 27 años, rodeándose de personalidades de gran devoción. Este aspecto, unido a su débil salud, un carácter ascético y el desarrollo de reconocidas tareas asistenciales, esbozaron un peculiar personaje llamado a sacudir la espiritualidad valenciana. Tanto, que su muerte derivaría en la creación de dos bandos enfrentados: los simonistas y los antisimonistas.

Visiones y milagros

El mismo día de su óbito, un murmullo ruidoso y constante resonaba en la ciudad. Había muerto un santo. Exposición del cuerpo, multitudinaria misa en su honor con importantes autoridades presentes, lectura de algunas de sus proezas religiosas, rumorología sobre visiones y milagros obrados... Con sumo respeto, nada nuevo bajo el sol en aquella época. Casi nada nuevo.

La única diferencia respecto a otros casos similares de entierros de prohombres cristianos residió en una novedosa actitud de la población. Al llegar a sus respectivas casas, los ciudadanos, lejos de pasar página y centrarse en sus asuntos, experimentaron la necesidad de encumbrar a 'lo pare Simó'.

Valencia exaltada

Así, en 1612, la actual milla de oro valenciana presentaba un aspecto totalmente diverso. Lo relata un testigo directo a través de un escrito cuya edición la realizó Ramón Robres: «Están las calles cercanas a San Andrés ocupadas con tiendas donde se dan los papeles de su retrato, y hay tan gran frecuencia en tomarlos que es cosa milagrosa. Los pintores trabajan a todas las horas y aunque se ocupan muchos, no pueden dar las imágenes que les piden, porque no hay tanta priesa al pan, en año de hambre, como estas imágenes que les piden... Han venido y viene cada día gran suma de pobres de todas partes que está la ciudad llena de ellos y ellos tratan de avecindarse aquí, porque han hallado las Indias en Valencia, pues en pidiendo en nombre del santo, todos les dan limosna y les dan de comer. Vase ocupando la ciudad de forasteros, hombres, mujeres y niños. Entran en ella cada día mil carros, coches y cavalgaduras de todo el Reyno y de Aragón, Cataluña y Francia y mientras más, va con mayor continuación. Están alegres los mesoneros y todo género de tratantes y oficiales, que a todos les alcança aprovechamiento. Es, en efecto, un ruido y bullicio tan extraordinario y tal el concurso, que a lo más que he podido llegar ha sido a la puerta de la iglesia, donde me retiré medio ahogado... Delante de la puerta de la casilla donde vivía este bienaventurado, se hallan a todas horas mil almas mirando las paredes embovados en esto, que no falta sino adorarlas».

Aunque existen muchos similares, este sugestivo testimonio da cuenta de la difusión internacional del halo de santidad del 'pare Simó', de la enorme devoción que suscitaba, así como de los pingües beneficios económicos obtenidos para la parroquia (que realizó importantes modificaciones) y sus alrededores.

Proliferación de retratos

También advierte la prevalencia del método publicitario por excelencia, el de la imagen, producida a destajo por artistas que apenas daban abasto. El gran Ribalta recibía entonces el encargo de una 'Visión de Cristo con la cruz del Padre Simó'; destinada a la tumba del futurible santo en la parroquia de San Andrés, el lienzo se conserva en la Galería Nacional de Londres.

Otros retratos del venerable fueron a manos de excelsos clientes: Felipe III o el papa Pablo V son sólo algunos ejemplos. Más humildes pero no menos efectivas eran las innumerables estampas que cubrían los corazones de todos los valencianos. Sujetas con un cordel o entre las manos, las portaban a la altura del pecho, como muestra de su acérrimo deseo de ver canonizar a su conciudadano.

Pero no todos en nuestra ciudad comulgaban con la idea de elevar a la santidad al 'Pare Simó. Las órdenes mendicantes no veían con buenos ojos que un sacerdote ajeno a sus filas alcanzase tal honor. El poder y prestigio que retribuía disponer de un nuevo santo en el seno de una orden había suscitado no pocas escamas entre franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, etc.

Elites vs vulgo

Pero ahora no era un fraile, sino un clérigo secular el que polarizaba las miradas de las élites y del vulgo, concentradas en la parroquia de San Andrés. Afloró una cruda campaña de desprestigio contra los simonistas, acusados de herejes por los excesos devocionales profesados hacia una persona que sólo era un venerable. Informes escritos por dominicos sobre prácticas consideradas fanáticas (como las procesiones de disciplinantes que se celebraban cada viernes en Valencia en su honor) se enviaron al Vaticano y al rey con el firme propósito de detener algo que parecía imparable ante el empuje del pueblo y las autoridades municipales.

Tanto el papa como Felipe III veían al principio con buenos ojos la canonización, pero la alteración del orden público que se gestaba replanteó sus iniciales posicionamientos.

Los vetos de la Inquisición

El 21 de julio de 1612, el arzobispo de Valencia señalaba públicamente nuevas reglas de mayor decoro para honrar al todavía venerable. Apenas pudo acabar su discurso por los abucheos de los simonistas, quienes a continuación fueron a calumniar a los dominicos por su encono a la santificación. Era el principio del fin. Valencia se fracturaba.

Esa grieta se manifestaba en agrios enfrentamientos que llegaron a su cénit el 3 de marzo de 1619. Entre otras medidas coercitivas, la Inquisición decretó la retirada de altares y la prohibición de imágenes que alentaran la supuesta santidad y los dones sobrenaturales del 'pare Simó'.

Tales reglas se dieron a conocer en la catedral de Valencia. Sólo la exhibición del Santísimo Sacramento detuvo las espadas que se dirigían hacia el nuncio inquisitorial. Con los ánimos caldeados y los corazones encendidos, los simonistas acudieron al palacio arzobispal y a varios conventos para desfogar su frustrada ilusión. Piedras y estoques les acompañaban. Aquellos contrarios a la canonización que se encontraban en el camino fueron obligados a colgarse una imagen del venerable y gritar arrodillados «visca lo pare Simó».

Lograron entrar en la casa dominica, que fue asaltada sin piedad. El gobierno municipal, para atemperar los ánimos, ordenó que toda la ciudad se iluminara con velas en honor a Francisco Jerónimo Simón, venerable, pero no santo. Nuevas medidas promulgadas por la Inquisición y el nuevo papa Urbano VIII malograron para siempre el sueño de algunos de nuestros antepasados.

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