Los orígenes de la Feria de Julio

La batalla de las flores es el acto central de la Feria de Julio.
La batalla de las flores es el acto central de la Feria de Julio. / damián torres

Los festejos y los espectáculos obtuvieron mayor éxito que las transacciones comercialesEn 1871, la burguesía valenciana intentó aprovechar el tirón de las famosas 'Corregudes de Sant Jaume'

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

En la Edad Media uno de cada tres días era libre. Como suena. También es cierto que una leve infección les llevaba al otro barrio, o que era costumbre pimplarse más de un litro de vino diario dada la escasez de agua potable. Ya saben. El progreso que trajo consigo la modernidad tenía sus virtudes y sus defectos. El siglo XIX valenciano fue para muchos el que más cambios drásticos produjo en nuestra sociedad. Si piensan en avances decimonónicos como el asentamiento del alumbrado urbano y del alcantarillado, la potabilización del agua, o la modificación del entramado urbano de Valencia, han de recapacitar también sobre los nuevos modos de producción y la consecuente explotación del trabajador, o en la laicización del calendario laboral, con la supresión de innumerables festivos vinculados a la Iglesia. Un pequeño porcentaje de aquellas celebraciones religiosas fulminadas de la noche a la mañana se readaptaron a los nuevos tiempos, aunque en su mayoría pasaron a ser jornadas laborales. Resultaba inconcebible, inmoral y enfermizo que a los trabajadores que tenían que materializar los sueños de un progreso casi de ciencia ficción no se les sacara su máximo rendimiento. Ya saben que esto del veraneo popular, más que moderna, es una cuestión contemporánea.

De regreso definitivo al siglo XIX valenciano, conviene recalcar que gran parte de aquellas transformaciones dispusieron de un principal activo para su auge: la emergente y poderosa burguesía valenciana, la cual, desde mediados del siglo XIX copaba las instituciones de poder municipales. Es a ella, no podía ser menos, a la que le debemos la configuración de la Feria de Julio, cuyo acto culminante, la batalla de flores, acontecerá esta tarde. De hecho, la génesis de la Feria de Julio es un ejemplo muy concreto de todas aquellas modificaciones sociales que vivieron nuestros tatarabuelos, bisabuelos y algún longevo abuelo. Porque aunque en 1871 se diera el pistoletazo oficial a aquella feria comercial, lo que en realidad acontecía era una readaptación de un previo reclamo folclórico y turístico con connotaciones religiosas a los intereses comerciales de la burguesía. Esta era el nuevo y flamante motor de la ciudad. Como han demostrado en diversos estudios los profesores Gil-Manuel Hernàndez y Antonio Ariño (de los cuáles se nutre este reportaje), el origen, desarrollo y ocaso de las fiestas es intrínseco a los condicionantes contextuales. La feria que está a punto de concluir no es una excepción.

A mediados del siglo XIX una de las fiestas más atractivas que ofrecía nuestra ciudad era la Fira de Sant Jaume. Se extendía durante tres días en torno a la festividad del apóstol (25 de julio). Disponía de un carácter religioso y no faltaban ni misas ni ofrendas en la catedral, si bien el mayor reclamo eran 'les corregudes de Sant Jaume': unos populares espectáculos taurinos de primer orden que atraían a los seguidores de buena parte del país de la entonces ya llamada fiesta nacional.

Aunque los festejos taurinos en nuestra ciudad se remontan a la época de Sant Vicent Ferrer, la primera mitad del siglo XIX supuso toda una revolución al respecto. Circunstancia que explica que en 1850 se levantara una plaza de cierta relevancia en Valencia, o que en 1860 se erigiese el definitivo coso taurino ejecutado por Sebastián Monleón. Todo ello a pesar de la aparición de voces eruditas sobre el carácter cruel de las 'corregudes'.

La fira de Sant Jaume revitalizaba las calles, el comercio, el espíritu de una ciudad donde contrastaba la afluencia de gentes de fuera con la partida de la élite de la sociedad valenciana a lugares más frescos. Entre estos últimos destacaban los representantes del gobierno valenciano, que con una reconocida actividad comercial a título individual comprendieron que aquellos días finales de julio podrían convertirse en su particular agosto. En diciembre de 1870 varios concejales municipales propusieron «una feria anual y una exposición de productos y ganados de toda clase que debería celebrarse en los últimos días de julio, época en que, terminada la recolección de las principales cosechas y en las que se celebran las corridas de toros, se considera la más apropiada para atraer concurrencia».

Beneficios

En julio de 1871 se celebró la primera edición de la feria, organizada por una comisión integrada por cargos municipales, miembros de la prensa y representantes de sociedades económicas. Ya es verano en el... Sustituyan el conocido establecimiento omitido del actual eslogan por la ciudad de Valencia. Con ese propósito se concibió la feria, aunque es cierto que los beneficios repercutían tanto en manos privadas como en las arcas públicas.

En aquella inaugural edición ya se elaboraron los carismáticos y efímeros pabellones sobre la Alameda de Valencia, habitual lugar de esparcimiento de las altas esferas sociales y económicas de Valencia. Estas, lejos de evocar cualquier relación entre la feria y cualquier tipo de devoción religiosa, se esforzaron en presentarla como un gran mercado laico (de ganado, plantas, artesanía y bellas artes) aderezado cada año con novedosos espectáculos y con las prestigiosas corridas de toros. En cierta medida, les salió el tiro por la culata. Sin duda alguna la feria se convirtió en causa de orgullo cívico, así lo evidenciaba la simbología de los carteles de cada nueva edición. No obstante, el mero aderezo que se le presuponía a los espectáculos concentró todas las miradas en detrimento de ese enorme centro de transacciones comerciales pretendido. Precisamente, el acto que hoy levanta más expectación, la tradicional batalla de flores, llegaría 20 años después de la primera edición de la fiesta.

Celebración importada

Don Pascual Frígola, por entonces Barón de Cortes de Pallás y presidente de lo Rat Penat, además de diputado en Cortes y senador vitalicio, importó esta celebración procedente de diversas ciudades de la Costa Azul francesa. La más antigua parece que se organizó en Niza, en 1876, sólo quince años antes que la valenciana. Lo 'épico' de aquella primera batalla de flores valenciana de 1891, con señoritas aristocráticas como principales lanzadoras, no fue suficiente estímulo para que en aquellos años de esplendor de la feria (finales del siglo XIX), la contienda floral se convirtiese en referente festivo. Ese papel preponderante fue acaparado por los innovadores espectáculos que fascinaban a propios y extraños: exhibiciones de globos aerostáticos, competiciones deportivas o los diversos concursos. Sin olvidar nunca la participación de los primeras espadas nacionales en los festejos taurinos.

Otro aspecto fundamental que impactó a principios del siglo XX fue la construcción de figuras gigantescas, a modo de Coloso de Rodas, en algunas de las calles más céntricas de Valencia. Con ellas, los comerciantes reivindicaban su papel impulsor de la feria, sin obviar que toda la población quería pasar bajo ellas, concentrando potencialmente a los consumidores. Aquellos gigantes urbanos representaban arquetipos del folclore valenciano. Aunque apenas vivían una semana, se convertían en provisionales hitos de la ciudad. A muy pocos les sonarán los nombres del Tío Nelo, Nelet o Quiqueta, pero su impacto en el imaginario colectivo en los años 1900 y 1904 se ha preservado gracias a algunas fotografías. Con alturas que rondaban los 20 metros proporcionaron excelentes estampas de la ciudad. Es cierto que recuerdan a las fallas, no en vano, algunos de estos personajes se retomaron en monumentos falleros posteriores. Incluso existían precedentes: el Cos de Botiguers de Espècies levantó en 1797, con motivo de la beatificación de Juan de Ribera, un enorme Coloso de Rodas en Valencia. Sin embargo, esas instantáneas de principios del siglo pasado, por ejemplo con carros circulando bajo Nelet y Quiqueta en la antigua Plaza de la Reina, tienen la bondad de revalorizar esta particularidad ferial que tanto gustó a los valencianos de antaño.

Por cierto, ¿de qué color vieron las fuentes de la Alameda nuestros predecesores? Pocas cosas me interesan más que la defensa del patrimonio valenciano, paradójicamente, creo que una cita de Groucho Marx sirve para zanjar la polémica: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados». Por favor, que nadie se ofenda. Tal vez un servidor necesite descansar. ¡Qué época la Edad Media!

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