El museo imaginado de la desaparecida Casa de la Ciutat de Valencia

Grabado de la fachada principal de la Casa de la CIutat publicada en la Revista el Museo Literario en 1865. / lp
Grabado de la fachada principal de la Casa de la CIutat publicada en la Revista el Museo Literario en 1865. / lp

Sus restos muebles están en varias instituciones que no transmiten el esplendor de aquel edificio Las aportaciones del investigador Federico Iborra refrescan la memoria del antiguo ayuntamiento

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

Resulta paradójico que incluso para muchos historiadores de la cultura la entrada a cualquier museo sea una de las actividades más agridulces que pueda experimentar. La supervivencia y conservación de las manifestaciones humanas del pasado son hitos de nuestra condición, pero este hecho no mitiga la terrible descontextualización de las obras artísticas en la mayoría de instituciones museísticas. Las necesidades ambientales y específicas para el mantenimiento de las obras, la amplitud de los fondos de los museos o la escasa habilidad de sus gestores, convierten la experiencia de ingresar en estas salas en todo un desafío para los interesados. Aquéllos que entran sin apenas curiosidad experimentan un verdadero vía crucis. Las soluciones son complejas. Casi nunca podemos ver un retablo medieval en el lugar donde originalmente se expuso. Probablemente su sede primigenia haya pasado a mejor vida. Ya en el museo, tampoco puede contemplarse iluminado con cirios. Vaya disparate. No hay aroma a incienso, ni suelo rudo cubierto de esterillas. No suena letanía alguna. Inviable. Sin embargo, resulta imprescindible una mínima aproximación a la coyuntura de la producción artística en cuestión. De lo contrario, mirar una obra es intentar leer un libro escrito en suajili, o casi. Lamentablemente, otro de los grandes hándicaps afecta a la dispersión del patrimonio, y el nuestro, el valenciano, es un claro ejemplo. Así que hoy, animado por el investigador Federico Iborra (máxima autoridad sobre la desaparecida Casa de la Ciudad de Valencia junto a Amadeo Serra), haremos una peculiar ruta museística compuesta por varias etapas. Todas ellas tienen, a diferencia de los museos que visitarán, un único hilo conductor, para más inri, ya inexistente: el antiguo ayuntamiento de la ciudad. En otras palabras, vamos a crear un museo imaginado en el que todo estuviera indisolublemente conectado, pues los fondos provendrían exclusivamente de la antigua Casa de la Ciudad. Un reto ante una realidad que apuesto les alucinará.

Ya saben que el actual ayuntamiento de la ciudad es fruto de la reforma de un antiguo colegio, la Casa de Enseñanza del Arzobispo Mayoral. En honor a la verdad, y sin ánimo de molestar, fue un parche provisional que se convirtió en definitivo por varios aspectos. Antes del cambio de sede, la histórica Casa de la Ciudad se hallaba frente a la Puerta de los Apóstoles de la Catedral y junto al Palacio de la Generalitat, en una parcela ocupada hoy en parte por un jardín donde, con un poco de suerte, podrán escuchar a un trío de jazz manouche. Al grano. El derribo del edificio -estudiado atentamente por el profesor Fernando Pingarrón-, fue menos necesario de lo que pudiera pensarse. En cualquier caso, la demolición de la antigua Casa de la Ciudad de Valencia en la segunda mitad del siglo XIX supuso una auténtica 'diáspora' de productos artísticos de nuestro pasado. Esparcidos entre instituciones museísticas locales y nacionales, reincorporados a otros monumentos, y muy probablemente, en colecciones privadas, conformarían ese museo idealizado.

Nuestro museo dispondría de piezas realmente primitivas. La Casa de la Ciutat se hallaba en la segunda mitad del siglo XIV en fase de ampliación constructiva. Sin embargo, los dirigentes del momento no desaprovecharon la oportunidad para inmortalizar sus nombres asociados a una obra pública. Ya ven, algunas cosas no cambian nunca. Así es, en 1376, se mandó grabar sobre un sillar muy especial el siguiente texto: «Aquesta obra, per acabament de la sala e per començament de les Corts Civil e de CCC sous, fo feta en l'any de la nativitat de Nostre Senyor MCCCLXXVI, estants iurats de la ciutat de València los honrats En Berenguer Dalmau, cavaller, En [Pere] Mercader, generòs, miser Iacme Iofre, En Pere Iohan, En Martí de Torres e En Pons Dezpont, ciutadans de la dita ciutat». Aquella piedra es especialmente significativa porque en otro de sus lados disponía de una epigrafía de época romana. De este modo, el carácter del sillar conmemorativo se cargaba de una simbología donde desaparecía el pasado islámico, para gozo de los repobladores ya afianzados. Hoy la pueden admirar en el Museo de Bellas Artes de Valencia.

Los retratos de monarcas conservados en Barcelona formaban parte de una amplia galería de reyes

A comienzos del siglo XV se realizó la extraordinaria techumbre de la Sala Dorada, uno de los espacios más representativos de la Casa de la Ciudad de Valencia, cuyo nombre obedece al fulgor de aquel alfarje. Desde hace un siglo cubre la planta noble del pabellón del Consulado del Mar en la Lonja de los Mercaderes. Puesto que les escribí en su día sobre ella (¡hace ya tres años!), les hablaré de otros aspectos mucho más novedosos sacados a la luz por Federico Iborra. Si van a la Casa Museo de las Rocas y se fijan en la Roca Valencia, les llamará la atención una serie de paneles con motivos artísticos que recuerdan al alfarje mencionado. Tradicionalmente se ha sostenido que procedían de otra techumbre fantástica de nuestro antiguo Ayuntamiento, la que cubrió la 'Sala del Consell' desde 1423. Pues bien, las nuevas hipótesis del citado investigador apuntan a que esos fragmentos pueden ser restos de sitiales del siglo XV, siempre procedentes de la desaparecida Casa de la Ciudad. Prácticamente coetáneas (1427-1428) y más famosas son las cuatro tablas conservadas de un conjunto de efigies que representaban a los reyes de la Corona de Aragón. Aunque hoy tengan que desplazarse al Museu Nacional d'Art de Catalunya para verlas en vivo, decoraban la Sala del Consell de nuestro ayuntamiento, y ojo: el que siempre hemos creído que figuraba a Jaime I quizá sea otro monarca, según un argumento de Iborra. Pero esa es otra historia... De esta época se conserva en el Museo Nacional de Cerámica de Valencia un tablero de terracota con una iconografía fantástica que pudo pertenecer a la Casa de la Ciudad. El siguiente caso tiene su miga.

A finales del siglo XV el pintor Van Der Stockt realizaba para la Capilla de la Casa de la Ciudad un magnífico tríptico (un retablo de tres hojas) sobre el Juicio Final. Su cuerpo central con Cristo en Majestad y San Gabriel pesando las almas pueden verlo en el Museo de la Ciudad. Pero las tablas laterales, una dedicada a los bienaventurados que van al paraíso y otra a los condenados que van al infierno, (además de a Adán y a Eva en sus respectivos dorsos), se conservan en el Museo de Bellas Artes de Valencia. «Qui potest capere, capiat». De este período es también una escultura que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Procede, con certeza, del edificio que nos ocupa, aunque su simbología y el personaje al que representa sea aún hoy un debate abierto.

Hacia 1517 se realizó una nueva cubrición abovedada para la Capilla de la Casa de la Ciudad, espacio reconstruido virtualmente por Iborra. En los muros perimetrales bajo esa bóveda quedaban configurados unos lunetos. Se conservan ocho de estas estructuras semicirculares acabadas de pintar en 1520 por dos reconocidos artistas como fueron Miquel Esteve y Miquel del Prado. Cuatro están expuestos en el Museo Histórico Municipal y otros tantos se conservan en el Museo de la Ciudad. Por cierto, el ingreso a esa capilla renacentista que albergaba estas pinturas se realizaba traspasando una verja hoy reacondicionada en... (redoble circense): la Lonja de Mercaderes. Dejo mucho en el tintero, especialmente objetos más conocidos y conservados en el Museo Histórico Municipal de Valencia, todos provenientes de la Casa de la Ciutat: la Real Senyera, las llaves de la ciudad, varias obras artísticas, etc. El erudito Luis Fabra y Cavero escribía resignado en 1865 sobre la desaparición de la Casa de la Ciudad: «Este grandioso monumento lleno de recuerdos históricos ha desaparecido bajo la mano destructora del tiempo». No le faltaba razón, aunque muchos de esos recuerdos pervivan todavía. Otra cosa es conocerlos, encontrarlos, contextualizarlos (reagruparlos es una utopía) y darles el valor que merecen. Un museo imaginado.

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