Una mirada al origen del toro bravo

Los ganaderos Eduardo Miura y Leopoldo de la Maza, visitando el museo. / lp
Los ganaderos Eduardo Miura y Leopoldo de la Maza, visitando el museo. / lp

El centro cuenta con una muestra de 47 piezas, desde un ejemplar de Marzal hasta ganaderías de plena vigencia como Miura o Victorino Martín El Museo de Castas y Encastes de Massamagrell recoge en sus instalaciones una amplia representación de las diferentes procedencias que han existido y aún perduran en la cabaña brava

JOSÉ IGNACIO GALCERÁ

valencia. Noviembre de 2010. En Massamagrell, en pleno corazón de l'Horta Nord de Valencia, abre sus puertas el Museo de Castas y Encastes, un espacio que nace del estudio, la inquietud y la curiosidad de un aficionado local. En esos años, fruto de las modas que se van imponiendo en la Tauromaquia, comienza a observarse en el campo bravo una amplia presencia del toro de origen Domecq que relega a otras muchas ganaderías de distinta sangre a un segundo plano. Dicha situación se agrava como consecuencia de la crisis económica, que castiga duramente a la cabaña brava y provoca la desaparición de ganaderías y, por ende, la de sus encastes de procedencia. En este contexto Juan Eres, alma máter del proyecto, comienza a fraguar en su cabeza la idea de habilitar un lugar en el que reunir una representación de cada uno de los encastes que conforman la ganadería brava. «La preocupación de ver cómo iban desapareciendo ganaderías y encastes emblemáticos me lleva a impulsar este proyecto a través del cual los aficionados y el público en general puede conocer de primera mano las diferentes castas que han existido en el campo bravo así como las que todavía están vigentes», señala en primera instancia.

Desde principios de los años noventa, Juan Eres comienza a establecer los primeros contactos con ganaderos, peñas y comisiones de bou al carrer y mataderos para tratar de conseguir toros que representen lo más verosímil posible a un encaste. Pronto encuentra el apoyo de otro aficionado, José Ros, de Meliana, quien une su pasión por los animales, la naturaleza y el mundo del toro con el arte de la taxidermia. «Él ha puesto las manos y plasmó perfectamente la idea que yo llevaba en la cabeza. Se implicó enseguida. Es quien ha materializado esta idea y le ha dado forma», comenta Juan, quien junto a su mujer Pilar, escéptica en un primer momento en el proyecto aunque volcada ya en su totalidad, y Ros forman el equipo de trabajo.

El museo cuenta a día de hoy con una representación de cuarenta y siete encastes, desde un toro de Marzal hasta ganaderías legendarias y todavía plenas de actualidad como Miura o Victorino Martín. «No existe ningún otro museo en el mundo como este», se apresura a responder antes de enumerar algunas de las piezas que contiene la muestra. «Hay un toro de la ganadería mexicana de San Mateo que representa el encaste Saltillo con la variante de ser un toro de pelaje colorado. Luego hay un toro de Victorino Martín que es al que más cariño le tengo porque es quien me hizo lanzarme a abrir el museo. Ese toro fue la base y el inicio de todo».

«Queremos que las personas puedan ver la riqueza genética de la cabaña brava», afirma Eres La Diputación de Valencia ya tiene una propuesta para trasladar el museo a un centro más grande

Otras piezas de la colección «son el toro de Marzal o el del Conde de Tres Palacios; son toros de encastes ya extinguidos y tienen un gran valor. Hay otro ejemplar de Samuel Flores, de la vía Gamero Cívico, otro de Pérez de la Concha, otro de Pablo Romero, con la morfología típica de estos toros, con los cuernos no tan cilíndricos como actualmente, dos de Miura lidiados en la plaza de toros de Sevilla que son diferentes entre sí ya que uno está más en la línea de Cabrera y otro en la de Gallardo; hay otro de Mariano Sanz, de procedencia Jijona».

A la colección, muy completa y variada, le falta la guinda de tres toros para completarla. «Uno de Prieto de la Cal, de sangre vazqueña, dos de Raso de Portillo, uno con lo suyo original, y el otro con la incorporación de animales de Dionisio Rodríguez, y por último un semental de Sánchez Fabrés, de origen Coquilla, y uno de Peñajara, de casta Jijona».

Juan Eres forjó su afición junto a su padre, cuando le llevaba de la mano a ver las tradicionales desencaixonàs en la emblemática calle la Mar de Massamagrell. Ahí comenzó una pasión por el toro que poco a poco fue fomentando con el paso de los años. «Siempre me ha resultado curiosa la morfología del toro y su riqueza genética. Este es un animal único. Yo me guiaba por las revistas, veía las fotos y elegía uno que consideraba que morfológicamente se adecuaba más a las características de su encaste y cuando he tenido dudas he consultado a Julio Fernández, veterinario de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, quien me ha sacado de dudas sobre muchos encastes. Recuerdo que unos de los que más me costaron conseguir fueron los de Raso de Portillo y también uno de Vaz Monteiro».

Museo de Historia Natural

El Museo de Castas y Encastes de Massamagrell cuenta con el aval de la Generalitat Valenciana. El espacio está catalogado como colección Museo Gráfica y desde el último verano ha pasado de enmarcarse como museo de Ciencias Naturales a museo de Historia Natural al considerar que cuenta con piezas de encastes que ya no existen.

«Es una colección de iniciativa privada pero tenemos el reconocimiento de la Administración», explica Juan Eres, quien añade: «Aquí todo ha salido de nuestra afición y de nuestra cartera». Y para muestra recuerda una anécdota que vivió con un animalista. «Recuerdo que una persona que me dijo ser animalista no quiso pasar a ver el museo defendiendo que era amante y quería mucho a los animales. Y yo le dije: si tanto quieres a los animales, ¿serías capaz de invertir setenta u ochenta mil euros en un museo de animales? Se quedó callado y no supo qué responder. Como digo, esto es por pura afición. Todo lo que es cultura no es negocio, al contrario, te cuesta dinero del bolsillo, no es rentable y genera muchos disgustos aunque también muchas satisfacciones».

Desde su puesta de largo hace ahora siete años, por el museo han pasado 6.000 personas, entre ellas ganaderos ilustres como Victorino Martín, padre e hijo, los Miura, Agustín Montes, Leopoldo de la Maza o José Luis Algora, representante de los antiguos pablorromeros. «A decir verdad ha venido más gente de fuera que de Valencia. Hemos hablado con la Diputación para ver la posibilidad de trasladar el museo a otra ubicación más grande. El espacio aquí es pequeño y no se acaban de apreciar bien los toros ni los objetos. Además, estamos en un pueblo, lejos de la ciudad que es donde está el turismo y hay más público potencial».

Pese al paso del tiempo, el objetivo didáctico del museo permanece intacto. «Queremos que perdure en el tiempo para que las personas puedan ver la riqueza genética de la cabaña brava, que vean las diferencias entre toros de distintas procedencias: las encornaduras, los pelajes, la historia que hay detrás de cada toro, su genealogía, queremos que la gente pueda conocer mejor el toro bravo y vea que de los cuarenta y siete toros que hay no hay dos que sean iguales».

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