La Estación del Norte, un siglo de emociones en Valencia

La estación en 1915, año y medio antes de ser inaugurada. / revista ibérica
La estación en 1915, año y medio antes de ser inaugurada. / revista ibérica

El 8 de agosto de 1917, sin acto oficial alguno, los ciudadanos comenzaban a disfrutar de la catedral de la modernidadLa Cátedra Demetrio Ribes presenta la única monografía dedicada al emblemático edificio, que cumple su primer centenario

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

Existen pocas cosas tan emocionantes como los encuentros y las despedidas entre seres queridos. Si además se desarrollan en un enclave singular, los sentimientos a flor de piel están garantizados. Probablemente este aspecto fue una de las premisas esenciales que se marcó Demetrio Ribes (1875-1921) a la hora de diseñar y erigir uno de los iconos constructivos de la ciudad. La Estación del Norte es, en palabras de la investigadora Inmaculada Aguilar, una exaltación de los sentidos. Pese a la perdurable belleza del edificio, resulta complejo que ustedes y un servidor logremos sentir lo que nuestros antepasados experimentaron al comprobar cómo el progreso presentaba su cara más confortable, hermosa y, hasta cierto punto, hedonista. Para paliar nuestra posible falta de empatía les formulo dos propuestas. La primera es acudir a alguna de las exposiciones organizadas por la Cátedra Demetrio Ribes en torno a tan especial efeméride. No se distraigan. La primera de ellas, instalada en el Ateneo Mercantil, cerrará sus puertas el próximo jueves. Fotografías, planos, cerámicas y una maqueta inédita dan luz sobre la construcción, su autor y el impacto urbano y social que generó la nueva estación. Si no pueden asistir, la alternativa es conocer el catálogo correspondiente. «Encontres en l'estació. València-Nord, un espai de modernitat (1917-2017)» es el título del que se nutre este reportaje. Una obra más que recomendable para cualquier biblioteca orientada a documentar la historia de Valencia. Los textos de Inmaculada Aguilar son ilustrados con un gran aparato gráfico que incluye, entre muchas otras, las imágenes que cortésmente nos han cedido para su reproducción.

La creación de la nueva Estación del Norte se desarrolló en un contexto de específicas necesidades que afectaban tanto al transporte como al desarrollo urbano. Nuestra ciudad disponía de su primer ferrocarril -Valencia al Grao- desde el 21 de marzo de 1852. La estación se hallaba en la calle Sagrario de San Francisco, sobre los huertos del antiguo convento franciscano, a la postre la plaza del Ayuntamiento. La fecha señalada es fundamental porque paralelamente a la ampliación de las líneas de ferrocarril se produjeron dos hitos trascendentales en la historia del urbanismo valenciano: el traslado del ayuntamiento municipal a la antigua Casa de Enseñanza (1854) y el derribo de las murallas de la ciudad (1865). Si el primero implicaba la configuración de un nuevo centro urbano, el segundo derivaba en la creación de las grandes calles Colón, Játiva y Guillem de Castro, además del posterior ensanche. Dada la ubicación de aquella primitiva estación, es sencillo imaginar que la «nueva ciudad» sufría graves alteraciones en su ritmo vital por los cortes que producía el tráfico ferroviario. Así que en 1889 comienza un complejo y dilatado proceso (más de una década) para el traslado de la estación. El principal escollo, amén del económico, fue determinar la localización de la nueva estación. Vecinos y propietarios del ensanche de Valencia respaldaban un proyecto que situaría el edificio más alejado del centro, en la conexión de las actuales grandes vías Germanías y Ramón y Cajal. Por el contrario, el grueso de las instituciones económicas y empresariales abogaban por un enclave más céntrico. Al inicio de aquella causa, la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte se había hecho con la propiedad de las principales líneas vinculadas a nuestro territorio. Esta empresa dará nombre a la nueva estación. En 1904 una nueva idea del ingeniero Javier Sanz armonizaba las posturas enfrentadas: el servicio de viajeros recaería a la céntrica calle Játiva, a diferencia de las estructuras habilitadas para mercancías y tracción, más allá de las dos grandes vías antes mencionadas. Elegido el lugar, tocaba proyectar. Javier Sanz y Demetrio Ribes se pusieron a ello y el 3 de agosto de 1906 se presentaba un inicial proyecto del edificio de viajeros. Un día antes, Amalio Gimeno, ministro de instrucción pública, colocaba la primera piedra con gran pomposidad. En adelante, Ribes asumiría el protagonismo en las modificaciones del proyecto y en la construcción de la estación del Norte. Ribes había entrado al servicio de la Compañía Norte en 1902. Nunca dejó de trabajar para ella. Precisamente su dedicación exclusiva a la construcción vinculada al transporte ferroviario provocó que la historiografía descuidase su figura, pese a que, con enorme mérito, logró dotar de una nueva imagen a uno de los elementos fundamentales del progreso.

Lo arduo del proceso constructivo no menguó las aspiraciones funcionales y ornamentales que Ribes albergaba en su mente, donde destacaban tanto el edificio de viajeros, como la gran marquesina central sustentada sobre potentes arcos articulados de hierro, material que había renovado la construcción a finales del siglo XIX. Sobre el edificio de viajeros se optó por una fachada en forma de 'U', donde todas y cada una de las partes tenían un cometido específico: vestíbulo, taquillas de venta, zonas de espera (para las diversas clases), fonda-restaurante, cantina, etc. Que tardara once años en construirse puede advertir lo trabajoso de la empresa liderada por Ribes. Una noticia publicada el día del comienzo del servicio de la nueva estación ilustra involuntariamente otro de los desafíos que superó el constructor.

El 8 de agosto de aquel 1917 la Correspondencia de Valencia anunciaba: «Como ayer dijimos, hoy se han empezado a prestar los servicios en la nueva estación del Norte. Salvo algunos detalles, está ésta terminada, y hoy han dado principio los trabajos para demoler uno de los túneles, abrir la nueva calle de Gibraltar, derribando la parte de muro que circunda la plaza de Toros, y arreglando en la antigua estación una vía que, partiendo desde donde estaba instalada la caseta de consumos, dé acceso al nuevo edificio». El edificio se erigió mientras que el servicio preexistente, el que partía de la antigua estación, seguía funcionando. De hecho el redactor de la noticia alude a la demolición de uno de los túneles. A saber, uno de los vanos que perforaban la fachada de la nueva estación del Norte para el paso de los ferrocarriles venidos del centro de la ciudad, los cuales, literalmente, atravesaban tan moderno y simbólico edificio. Tal y como se observa en una de las imágenes.

Arquitectónicamente, Ribes optó por desarrollar uno de los lenguajes más innovadores del modernismo de la época, el denominado «sezession», amparado en una mayor libertad de formas frente al rigor historicista y academicista, y en la nueva relevancia de cada una de las piezas del edificio, incluidos los detalles ornamentales exteriores e interiores. De nuevo, habla la prensa de la época: «Nuestro paisano el arquitecto señor Ribes ha sabido darnos una hermosa muestra de lo que pueden y deben ser las artes decorativas aplicadas a la arquitectura; combinando los metales, la cerámica, la madera y los mármoles en tal forma, que en ninguna parte se encuentran disonancias, a pesar del potente colorido del conjunto». Ribes trabajó los 12 años que se precisaron en la proyección y la construcción de la Estación del Norte, asumiendo también el liderazgo en la decoración. El constructor convirtió aquella obra arquitectónica en un «arte total» al servicio de su ciudad natal, que todavía hoy presume, al igual que un siglo atrás, de poseer una de las estaciones más hermosas del país. Para lograr su objetivo, fue indispensable la contratación de constructores, casas industriales, talleres artesanales, pintores, etc. La estación del Norte se convertía en un museo abierto al viajante, donde artistas como José Mongrell dejaban sus particulares firmas. Hoy, nuestras ajetreadas vidas hacen que pasen casi inadvertidas. Sólo faltaban los móviles... No hace tanto tiempo, los encuentros y las despedidas requerían pausas, miradas de complicidad, palabras sentidas, silencios. Algunos pocos todavía necesitan esos emocionales ritos casi ancestrales. La obra que inmortalizó a Ribes fue, es y será el lugar perfecto para experimentarlos. Diversos anagramas y logotipos de la compañía, símbolos de velocidad, el reloj de bronce, los ricos colores del trencadís y las vidrieras, o la antigua fonda-restaurante que celebra el paisaje y la cultura valenciana con el Miguelete como protagonista, contribuyen a ello.

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