La tradición valenciana de volar el cachirulo

Su construcción y su bautizo de aire era todo un ritual de la Semana Santa para nuestros antepasados

Un cartón pintado por Goya hacia 1777./
Un cartón pintado por Goya hacia 1777.
ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

«El dia de Pasqua Pepico plorava perquè el catxirulo no li s'empinava». La frase incluida en una de las tantas versiones populares de la tarara sirve de presentación para el tema de esta semana. Revivimos la historia de una tradición que inevitablemente inunda de emotividad a aquellos que la han vivido. Hacer volar la cometa, fue, es y será una diversión única. Créanme, no tengo allegado alguno que las fabrique. De hecho, quizá sea un entretenimiento incomparable porque a menudo se construye en el propio seno familiar. Por si fuera poco, dota de una gran sensación de libertad asociada al espacio abierto en el que se practica y al viento imprescindible para lograr el propósito. El acto resulta fantástico en sí: mantener en el aire un objeto. Añádanle la mona y el 'esclafit' del huevo en la frente de algún amigo o familiar. ¿Resultado de la fórmula? Sentirse vivo.

Si se es menos romántico lo dejaremos en olvidarse de los problemas por un rato. No es poco. Un servidor, nada ducho en materia tecnológica, le cuesta empatizar con los más pequeños cuando los ve absortos en sus respectivos dispositivos electrónicos. En absoluto lo juzgo. El primer paso es reconocerlo: soy un dinosaurio tecnológico. A mi pesar (quizá compartido por algunos de ustedes), es lógico que ellos alucinen cuando les tratas de convencer de otra realidad.

El ser humano todavía es capaz de pasar una tarde inolvidable con tres cañas, hilo y unos papeles. Así lo ha hecho durante siglos. Hacia 1777 Francisco de Goya pintaba al óleo 'La cometa', un modelo para el tapiz que decoraría el Palacio de El Pardo de Madrid. El célebre artista describía la escena refiriendo «unos jóvenes que han salido al campo a echar una cometa».

Fachadas completas de edificios se convertían en escaparates de cometas junto a la Plaza del Mercado

Casi coetáneamente, Benjamin Franklin las empleaba para inventar el pararrayos. En realidad, la historia de las cometas se remonta mucho más atrás, a la antigua China, hacia el 1250 antes de Cristo. Para que se hagan una idea, el período en el que vivió Ramsés II y en el que Moisés liberaba el pueblo judío. Más de un milenio antes que fuera fundada 'Valentia'.

Quizá los orientales de la Antigüedad se distraían con objetos similares a nuestros cachirulos, pero lo que es seguro es que los utilizaban como sistema de comunicación entre sus huestes, en base a un código de colores. Cabe pensar que tendrían otros medios de información, porque el desastre podría ser mayúsculo si ese día no hacía viento... Vistos algunos precedentes del uso de cometas, es hora de hablar de nuestra tradición, del folclórico 'Pepico' con el que empezábamos, del 'catxirulo' o, con más propiedad 'catxerulo', según diccionarios normativos de valenciano.

Se trata de un objeto popular. Como se ha indicado, en el pasado valenciano muchos de los cachirulos eran artilugios caseros, circunstancia que facilitaba la comunicación familiar durante su elaboración, y, para qué mentir, que ocasionalmente se crease un auténtico engendro de cometa. Sin duda, su construcción era y es una lección de cultura del esfuerzo en toda regla. Lo esencial es que sea capaz de surcar el aire. Aunque existen diversas variedades y tipos, los materiales básicos para su elaboración son: tres cañas, papel y cuerda de palomar. Por supuesto eran necesarios otros objetos en el proceso. Estos denotan cómo cambian los tiempos. Antiguamente se doblaba el papel varias veces y se cortaba manualmente. La perforación de las cañas para posibilitar el paso del cordel se realizaba con un punzón antes puesto al fuego.

Para ambas tareas hoy empleamos las tijeras, aunque obviamente, no significa que entonces no existiesen. Del mismo modo la cola para pegar el papel al armazón no era de una marca comercial, y sí tan artesanal como puede ser un pan casero. Era una mezcla de harina y agua que se hacía hervir hasta conseguir un aglutinante llamado 'pasteta'. Para enriquecer su vistosidad, siguen vigentes los retales coloridos para el remate, 'la cua' de nuestro objeto volador sí identificado.

Les aseguro que no es preciso ser Calatrava para alcanzar el éxito. Además siempre está la opción ensayo, error, ensayo, etc. Incluso podemos contar con la inestimable ayuda de algún vídeo explicativo de la red. Sí, a veces también colabora en mantener vivas las costumbres. Sin menoscabo para la madre de las ciencias, ya saben, la experiencia.

Cabe señalar que el ritual familiar de construir el cachirulo ni fue ni es imprescindible para disfrutar de una tarde pascual empinando el artefacto. En este sentido también se vislumbran notables cambios. En otro tiempo, comprar un cachirulo podía ser incluso una obra de caridad. Casi un siglo atrás, en abril de 1924, el Círculo de Bellas Artes organizaba un concurso-subasta de meriendas y de cometas decoradas por artistas. Con los beneficios obtenidos se compraron las monas de Pascua a los niños más necesitados de la ciudad. Las transformaciones no se quedan en lo anecdótico. Al menos desde principios de la centuria pasada existían en la capital, en los alrededores de la plaza Del Mercado algunos comercios tradicionales que en vísperas de la Semana Santa llenaban sus escaparates de cachirulos.

En la actualidad se llevan la palma jugueterías y los 'bazares multiprecio', en su mayoría regentados por la comunidad china. No es que sea un capricho del destino, porque en los citados negocios es complejo no hallar cualquier producto, pero sí resulta curioso dado el origen de las cometas. En cualquier caso, algunas fotos antiguas de cordelerías desaparecidas con sus frentes totalmente abarrotados de cometas son testimonio fidedigno del impacto que tenía en la sociedad de antaño «empinar el catxerulo» durante las fiestas que se aproximan. De hecho, se montaban obradores exprofeso en la ciudad para satisfacer la gran demanda, cuyas condiciones laborales, a tenor de la edad de los empleados, también eran de otro tiempo.

Un breve pero emotivo texto de Germán Gómez narra a las mil maravillas el impacto de los niños compradores, en especial para los que, como un servidor, jamás vimos aquellas fachadas de hasta tres alturas repletas de cometas. Por ejemplo en la calle De la Bolsería, en abril de 1936, donde los cachirulos presentaban como motivo central escenas taurinas, deportivas y las comunes composiciones geométricas. O en la esquina de la plaza Del Mercado con la calle De la Carda, en la desaparecida Casa Amérigo, donde se observa la incorporación de carteles de distintas películas de la época en la decoración de las cometas.

1. Subasta celebrada por el Círculo de Bellas Artes en 1924 (El Mundo Gráfico). 2. Fábrica de cometas en Valencia en 1936 (Comunidad Valencia Memoria y Arte). 3. Fachada de la calle Bolsería, repleta de cachirulos en 1936 (Blog Comunidad Valencia Memoria y Arte).

'El águila negra', film mexicano con tintes de telenovela donde un justiciero valeroso ponía las cosas en su sitio, o el cartel de la cinta española 'Agustina de Aragón', en la que Aurora Bautista interpretaba a la heroína española contra el asedio francés son sólo dos ejemplos de comienzos de los 50. Un síntoma poco halagüeño para esta diversión es la modificación del perfil del comprador. Si antiguamente eran los niños los que demandaban en masa el juguete en Pascua, ahora son padres y abuelos los que incitan a los pequeños a su adquisición. Así que si les apetece un plan distinto la próxima semana...

Una vez provistos del cachirulo es menester acudir a algún lugar óptimo donde el viento tenga la suficiente fuerza. En zonas rurales de interior se opta por eras abiertas, mientras que en las zonas costeras es recomendable visitar la playa. En Valencia, además del viejo cauce del río, era habitual ir a las playas de El Cabañal y de La Malvarrosa, donde el viento tiene más probabilidades de presentarse.

El aspecto era muy distinto al actual. Sin el paseo marítimo construido, multitud de barcos de notables dimensiones varados compartían la arena con los 'Pepicos' que bregaban con diversión para lograr la hazaña. Los actuales locales destinados al ocio y la restauración eran entonces modestas casetas de baño, pues los comercios de la época destinados al solaz marítimo se levantaban en efímeras estructuras leñosas sobre el mar durante los veranos. En realidad, poco importa el cambio paisajístico mientras existan espacios abiertos, pero sobre todo mientras no se extingan los 'Pepicos' de la canción: aunque llorara porque el cachirulo no se le empinaba, apuesto a que lo siguió intentando. Y la emoción de mantener a varios metros de altura un objeto a veces construido por uno mismo se transmite generacionalmente de modo natural. O no. La tarara sí, la tarara no.

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