La dársena histórica del Puerto de Valencia

Escalera Real ante el Edificio del Reloj del Puerto de Valencia. /Autoridad Portuaria de Valencia
Escalera Real ante el Edificio del Reloj del Puerto de Valencia. / Autoridad Portuaria de Valencia

El Edificio del Reloj acoge una exposición sobre el impacto del progreso en el paisaje portuario | La Estación Marítima, los Tinglados o la Aduana suponían un reflejo de la esperanza en el futuro

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

En julio de 1913, en plena eclosión constructiva de la entonces nueva dársena del puerto de Valencia, fue elaborado un Proyecto de Estación Marítima cuyo redactor advertía sobre «el gran número de emigrantes embarcados por nuestro puerto, a los cuáles hay que proporcionar albergue para evitar el espectáculo de yacer a la intemperie en días de lluvia y de ventisca en número considerable». En consecuencia, era menester «la construcción de una estación marítima, en la que pudieran aguardar el pasaje y desembarcar encontrando cubierta protectora...».

Aquella necesidad se materializó tres años más tarde, en 1916. Es el hoy conocido como Edificio del Reloj, emblema de una increíble transformación poco nota por muchos valencianos, entre los que se incluía un servidor hasta escasas jornadas. Esa misma construcción -muy alterada- es la sede de una exposición fantástica cuyo propósito es remediar tal desconocimiento. Lleva por título 'La dársena histórica del puerto de Valencia: Progreso y Modernidad'. Es una excelente oportunidad para aproximar a niños y mayores a una original imagen marítima de la ciudad gestada más de un siglo atrás. La citada Estación, los Tinglados, los Varaderos, los Docks Comerciales y la Aduana forman parte de nuestro paisaje más cotidiano, pero en su comienzo representaban la revolución de una ciudad, una ocasión incomparable: la de volver al mapa de las grandes urbes europeas. Precisamente bajo los dos sellos que cierran el título de la muestra, progreso y modernidad.

Uno de los grandes aciertos de la exposición -de la que se nutre casi íntegramente este artículo- es su interés por acercar a todo hijo de vecino la historia de la conformación de la dársena histórica. Literalmente. Incluso los visitantes más pequeños tienen un espacio reservado para colorear dibujos de las construcciones que reciben tan merecido homenaje.

Federico Gómez diseñó la Estación Marítima con estilo similar al de la exposición regional

Antiguo Puerto de Valencia.
Antiguo Puerto de Valencia. / Bivaldi

Escenas evocadoras

Para los adultos, los textos breves y concisos complementan un repertorio de imágenes tan vasto como atractivo. No es necesario ser un especialista en la materia para comprender y disfrutar del despegue de las infraestructuras valencianas. Escenas tan evocadoras como una vista del puerto a finales del siglo XVIII o fotografías como la de la Estación Marítima vigilando la Escalera Real (hoy bajo toneladas de hormigón) son toda una experiencia para los sentidos.

Ya saben que en el ecuador del siglo XIX el aspecto de nuestra ciudad experimentó una revolución: el alumbrado público o el derribo de las murallas son sólo dos ejemplos. Paralelamente, en Valencia, como en el resto del continente, emergían las compañías comerciales al amparo de los avances en los medios de transporte. Esta última circunstancia agitó, y de qué manera, la economía del territorio. En ese contexto debe situarse el origen de la construcción de la dársena histórica del puerto de Valencia. Los barcos de vapor y las vías férreas se ponían al servicio de la huerta valenciana.

Los más pequeños pueden disfrutar coloreando dibujos de las construcciones

Al unísono. En 1852, recién creado el Ministerio de Fomento, se aprueba un proyecto de ampliación del puerto y se construye la línea de ferrocarril Valencia-Grau. Un año más tarde, Alzira y Carcaixent, dos de las localidades con mayor producción de naranjas, eran conectadas con el Grau a través de la vía férrea. No obstante, el proyecto de ampliación del puerto no alcanzaría su versión moderna hasta el quicio de los siglos XIX y XX, cuando ingenieros de caminos como Juan Maese, José María Fuster o Federico Gómez erigieron las obras claves que trata la exposición. A saber, los diques -incluido el del desvío de la desembocadura del Turia- y el resto de edificios arriba citados.

Se trataba de una necesidad perentoria. Naranjas, toneles de vino que llegaban con el popularmente llamado tren «vinater» procedente de Utiel y Requena, pasas, cebollas, arroz y otros productos abarrotaban un puerto que carecía de resguardo alguno para mercancías y pasajeros. Una vergüenza para una urbe que destilaba modernidad y progreso por todos sus costados, salvo por uno, el marítimo.

Los daños de la Guerra Civil obligaron a varias restauraciones en la Estación Marítima

Exposición regional

El punto de inflexión lo marcaría la Exposición Regional de 1909, escaparate de centenares de empresas que aventuraban su expansión a nivel mundial. En el conocido evento, la Junta de Obras del Puerto dispuso su propio pabellón. En su acceso, una maqueta magnífica anunciaba a los inversores que el futuro pasaba por la materialización de ese modelo, por la construcción a tamaño real de ese juguete. Dotar al puerto de los servicios imprescindibles no era suficiente. Las nuevas instalaciones requerían un aspecto acorde a la magnificencia del presente y al éxito que se esperaba del porvenir.

En 1916 Federico Gómez diseñó la Estación Marítima. Empleó un lenguaje arquitectónico similar al practicado en muchas de las construcciones que ornaron Valencia durante la Exposición Regional. Usó referencias a estilos pretéritos como el arte medieval, el barroco y el neoclásico, si bien en última instancia Gómez pudo inspirarse en la estación ferroviaria de París-Lyon.

Las analogías eran palmarias. Los daños sufridos durante la Guerra Civil -visibles en las fotos de la exposición- provocaron diversas restauraciones posteriores. Algunas intentaban repristinar el edificio, caso de la reelaboración de la mansarda que cubría la construcción. Otras otorgaron un aspecto exterior que dista mucho del original. Pueden opinar desde su interior al tiempo que imaginan el ritmo frenético de algunos pasajeros que antaño sacaban un billete para iniciar su sueño americano. El precio de ese ticket a la esperanza rondaba las 350 pesetas.

José María Fuster y Federico Gómez diseñaron en 1911 los tinglados, los almacenes que preservaban -al fin- los productos de la tierra valenciana antes de ser exportados por todo el mundo. Con el material en boga de la época, el hierro, fueron estructurados grandes espacios diáfanos, cerrados únicamente en los extremos, donde se guardaban mercancías peligrosas. Todo ello sin descuidar el engalanamiento en sus detalles: hermosos relieves y paneles cerámicos representan temas aparentemente dispares que en su esencia comparten dos denominadores comunes, el comercio y el transporte. Casi simultáneamente se construyeron dos varaderos para resguardar, reparar y limpiar las embarcaciones de menores dimensiones. Una de estas dos estructuras quedó tan maltrecha por la Guerra Civil que años después se abogó por su derrumbe. En los sesenta desapareció. La supérstite sufrió una importante remodelación en 1989, tanto en sus aspectos decorativos como compositivos, pues se le añadió una planta en su parte central.

Demetrio Ribes concibió los Docks Comerciales con una renovación audaz

Con la creación de los Docks comerciales se pretendió renovar la infraestructura logística de forma audaz. El anteproyecto era inaudito por su ambición. Con cinco plantas y una monumental estructura simétrica, una calle central organizaría las mercancías en exportaciones o importaciones. En su construcción intervino Demetrio Ribes, que a la sazón veía como se inauguraba su obra más famosa, la Estación del Norte en Valencia (1917).

Edificio de la Aduana

Por desgracia, diversos inconvenientes dificultaron la ejecución prevista de los docks. Con el material llamado a triunfar en el futuro, el hormigón armado, los docks sólo dispusieron de dos alturas. Pocos años más tarde (entre 1927 y 1929) Enrique Viedma finalizaba otro edificio emblemático de la dársena histórica, la Aduana del Puerto. Un sucedáneo de la antigua Aduana de Valencia, hoy Palacio de Justicia, pues al autor de la Finca Roja le fueron impuestas ciertas limitaciones en el encargo portuario. Pese a ello, todas las construcciones, en conjunto, simbolizaron el despegue definitivo del Puerto de Valencia como referente mundial.

Como siempre que hablo bien de algo (maravillosa sensación) advierto que ni tengo comisión -el acceso es gratuito-, ni lazo alguno con los organizadores. Simplemente les transmito algo que, a mi humilde entender, ilustra un broche de oro de nuestra historia. La iniciativa expositiva corre a cargo de la Autoridad Portuaria de Valencia, mientras que su comisariado corresponde a la historiadora Ester Medán, con la colaboración de Andrea Ortiz y Arturo Monfort, este último director de Investigación, Desarrollo e Innovación de la Fundación ValenciaPort. Medán ha contado también con la inestimable ayuda de la Cátedra Demetrio Ribes.

El horario de la exposición, vigente hasta el 3 de mayo, es de lunes a domingo de 10:00 a 13:30 y de 16:30h. a 19:00h.

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