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Fiestas y tradiciones de Valencia

Valencia recupera la repostería monacal

La hermana María Mercedes, abadesa de La Puridad, en el obrador del convento.  :: AVAN /A.SÁIZ
La hermana María Mercedes, abadesa de La Puridad, en el obrador del convento. :: AVAN /A.SÁIZ
  • Las monjas clarisas del convento La Puridad cambian las telas y los bastidores por la elaboración de dulces como medio de vida

  • La abadesa destaca que el descenso de la demanda de bordados las impulsó a pensar en un nuevo trabajo

Orar y trabajar, la máxima que marca las horas en los conventos de clausura. Y cumpliendo con ese mandato las religiosas clarisas que dan vida al convento de La Puridad de Valencia han escogido la repostería para llenar de contenido su compromiso con el trabajo, para ganarse el pan. Corazones de yema, pastelitos de boniato, polvorones, pastas castellanas, delicias de Santa Clara, turrón, galletas de café, bizcocho de lata, magdalenas o trufas llenan de contenido el dulce obrador en el que amasan cuatro de las 14 monjas que habitan la casa en el centro histórico de la capital.

Son titulares de un sabroso legado. Las clarisas de La Puridad han heredado una antigua tradición ligada a la orden religiosa que ahora han recuperado con su recién estrenado encuentro con la harina, los huevos, el azúcar o el chocolate.

«En el siglo XVI nuestras hermanas eran reposteras en Valencia», explica sor María Mercedes, la abadesa de la comunidad. La tradición, pues, enriquece la masa sobre la que en el siglo XXI se moldea cada yema, pastelito o porción de turrón que hornean las religiosas en una estancia de la planta baja del convento habilitada para acoger el obrador y el horno.

Las hermanas María Mercedes, María Judit, María Beria y María Clara son las encargadas de extraer de los recetarios esos bocados tan preciados. Las cuatro reposteras se prepararon a conciencia para cumplir con éxito su nuevo cometido. Siguieron un curso de manipulador de alimentos y, como relata el semanario 'Paraula', cuentan con la ayuda de la pastelera Magdalena Nieto.

Acaban de debutar en estas tareas. Minuciosidad en el manejo de los utensilios y pulcritud para tratar los ingredientes se dan la mano. Hasta que emprendieron este camino se dedicaban a bordar, pintar o realizar objetos de cerámica. «Bordábamos mucho, pero ahora las chicas jóvenes ya no se preparan el ajuar como antes, quieren cosas más prácticas y no teníamos encargos», aclara la priora. Ya no se llevan las vainicas, las puntillas, ni los bordados.

Los tiempos cambian y las religiosas de La Puridad, sin salir del convento, se han tenido que adaptar. La llegada en los últimos años de algunas monjas jóvenes con experiencia en la elaboración de dulces, unida a la conveniencia de buscar un medio de vida, activó la iniciativa. Y así han dado respuesta al interrogante que algunas personas les planteaban: «La gente nos preguntaba si hacíamos pastas», apunta sor María Mercedes. Ahora ya pueden responder afirmativamente a esa pregunta.

Del obrador de las monjas sale un producto elaborado «con mucho amor». Esta comunidad de vida contemplativa quiere que las personas que degustan sus manjares «tengan buenos sentimientos y haya unión en las familias» -explicó a sor María Mercedes a 'Paraula'- en torno a las mesas familiares o de amigos. Con todos los ingredientes que comporta cada receta y «mucho amor» las clarisas -congregación religiosa presente en Valencia desde el siglo XIII-, han emprendido una nueva etapa.

A través del torno sirven el producto que los clientes solicitan en el convento. No es la primera vez que las clarisas protagonizan un cambio. Ahora ha sido en torno a la actividad. En 2014 acogieron a las religiosas de La Trinidad, como resultado de la fusión de los dos conventos, un movimiento que también se observó en otras casas de vida contemplativa.

Todos las comunidades contemplativas cuentan con un medio de vida. Uno de los más conocidos llega desde Xàtiva. Allí las dominicas de La Consolación realizan complejos bordados a partir de diseños por ordenador y encuadernaciones. Otros conventos, como el de las carmelitas de Puzol o las de Serra, invierten sus horas de trabajo en la elaboración de obleas para la comunión.

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