Las Provincias
Fiestas y tradiciones de Valencia

Jaime I, más allá de la conquista

 Jérica. Imagen del pueblo al que estuvo vinculada la amante Teresa Gil. :: lp
Jérica. Imagen del pueblo al que estuvo vinculada la amante Teresa Gil. :: lp
  • En el 740 aniversario de su muerte siguen ocultos rasgos de su personalidad

  • La educación recibida por los templarios aragoneses fortaleció su carácter

El 27 de julio, tal día como el próximo miércoles, pero de 1276, expiró en Alzira Jaime I de Aragón, quien pasaría a la historia con gran merecimiento como Jaime I el Conquistador. Toda su vida parece entresacada de una novela de ensueño. Cualquier aspecto vital del afamado monarca que se les ocurra está repleto de curiosidades que magnifican la de por sí fascinante figura. Ya su físico resultaba extraordinario según narran las fuentes. Alto y rubio, con una dentadura perfecta y potente musculatura, podría haber sido interpretado, este sí, por los grandes galanes de Hollywood. De momento ha sido representado por Jude Law, en una floja y desconocida cinta: 'The King conqueror'. Olvidemos el cine y retomemos la emblemática biografía de Jaime I, donde entran en liza aspectos legendarios, sin menoscabo para los datos contrastables no menos sorprendentes. El hombre que impuso el cristianismo en nuestro territorio tuvo una infancia rocambolesca. Punto de partida puede ser que ya en su cuna sufrió un atentado cuando era un bebé. Fue 'hom de fembres' -hoy diríamos mujeriego empedernido-, y buena parte de los bastardos reales, frutos de sus aventuras extramatrimoniales, dieron origen a las más importantes casas nobiliarias de la Corona de Aragón. Tampoco es cierto que todas sus empresas acabaran en éxito. Fracasó estrepitosamente en una cruzada por él promovida en 1269, y apenas un mes antes de fallecer sufrió un importante varapalo en Llutxent al tratar de sofocar una rebelión musulmana. Algunos historiadores aragoneses definen como discutible el reparto que hizo de sus reinos, a tenor de las intestinas luchas que protagonizaron sus sucesores. Por el contrario, el Conquistador es para los valencianos el creador de nuestras señas de identidad.

El futuro Jaime de Aragón nació en Montpellier en 1208. Era hijo de Pedro II de Aragón y de María de Montpellier, mujer a la que Pedro apenas atendió. Quizá por estar enfrascado en el campo de guerra, quizá por falta de amor. El caso es que la leyenda dice que Jaime vino al mundo merced a un sofisticado engaño, según el cual Pedro fue emborrachado para más tarde hacerle creer que en el lecho le esperaba una amante y no María de Montpellier. Verdad o no, Jaime apenas conoció a su padre. Pedro no fue a ver a Jaime en sus primeros dos años de vida. Lejos de mostrar cariño paternal, entregó su hijo a su enemigo natural Simón de Montfort en un peculiar pero habitual sistema para mantener la paz. Simón de Motfort se comprometía a tenerlo encerrado en el Castillo de Carcassona hasta su mayoría de edad, cuando casaría a Jaime con su hija. Posiblemente la buena estrella de Jaime trastocó los displicentes planes. El padre de Jaime, tras formar parte de la exitosa batalla de las Navas de Tolosa (1212), fallecería en otra batalla al siguiente año en Muret, precisamente contra las tropas lideradas por Simón de Montfort. En ese mismo 1213 muere la madre de Jaime. Notables aragoneses y catalanes solicitaron la intermediación del papa Inocencio III, que mediante bula obligó a Simón de Montfort a entregar a Jaime, rey pese a ser niño, a la nobleza aragonesa. Esta última instaló al niño en Monzón. Allí, Jaime sería formado y educado por los templarios de Aragón, según había dispuesto la madre en su última voluntad. Esta educación explicaría las dos principales características de su personalidad de las que haría gala en su longeva existencia: religiosidad y belicosidad.

Jaime fue jurado como rey en las cortes de Lérida (1214), aunque no se le reconocería la mayoría de edad hasta 1218, ¡cuando contaba sólo 10 años! Con 13 primaveras ya estaba casado con la hija de Alfonso VIII de Castilla, Leonor de Castilla. Este matrimonio fue anulado por la Iglesia ocho años después a causa del parentesco entre los esposos, pese a que ya habían concebido un hijo predestinado a reinar parte de la Corona de Aragón. Circunstancia que jamás se produjo por la muerte del vástago lustros antes del deceso de Jaime I.

El joven rey era consciente del contexto favorable para conquistar territorio musulmán. La ya citada batalla de las Navas de Tolosa causó una desmembración general del poder almohade en al-Andalus, evidente también en Xark al-Andalus (zona oriental de al-Andalus). Jaime I se obsesionó con tomar Valencia. En 1225 se hizo oficial su deseo de emprender la reconquista contra el Islam. La campaña comenzó con un revés: fracaso en el primer intento de la toma de Peñíscola. En buena medida porque al inicio de su reinado Jaime I no era un héroe mítico apoyado por el pueblo. Su figura era denostada por varias facciones nobiliarias aragonesas, que incluso llegaron a tenerlo prisionero a causa de una política poco favorable con aquellas. Todo cambió tras establecerse la paz y aunar los esfuerzos en la Reconquista, que, además de contentar a Dios, aumentaría las riquezas de los combatientes fieles. La empresa cristiana daba comienzo. La primera etapa era Mallorca, núcleo de la piratería musulmana y pesadilla de mercaderes marítimos catalanes que, hartos de sufrir el robo de sus mercancías en alta mar, solicitaron al monarca un remedio. El 5 de septiembre de 1229 zarparon alrededor de 150 naves desde Salou, Cambrils y Tarragona. La isla mallorquina capitulaba el último día de 1229. Todo indica que a raíz de este triunfo Jaime I ordenó elaborar el 'Llibre dels feits', una especie de crónica sobre su reinado que presenta como argumento central toda la vida de Jaime I. Probablemente fue el mismo rey quien dictó el texto.

Seguía presente la obstinación por Valencia. Preocupación fundamental de Jaime I era convencer a la nobleza aragonesa, principal valedora de su causa, sobre la necesidad de crear un nuevo reino, en parcial detrimento de los intereses aragoneses, que percibían esa conquista como la prolongación de sus señoríos en tierras aragonesas. Un ejemplo de esa tensión se manifestó en 1232, cuando Blasco de Alagón conquistó Morella. Con el recuerdo del compromiso de Jaime I, que le había dejado en feudo todos los territorios que conquistase, Blasco se convirtió en señor de la ciudad, pero el monarca no aceptó la situación y llegó a sitiar a su propio colaborador. Aunque la sangre no llegó al río, se evidencia que la conquista fue mucho más compleja que un ejército cristiano luchando contra los infieles. Hito de nuestra historia fue el 29 de septiembre de 1238, cuando la Valencia musulmana se rindió. La entrada triunfal se produjo el 9 de octubre, ya lo saben. Pero hoy tratamos a Jaime I más allá de la conquista. ¿Sabían de su pública penitencia a causa de su promiscuidad y de su ira? Tras el fallido matrimonio con Leonor de Castilla, esposó en segundas nupcias a Violante de Hungría, con quien aumentó la descendencia deseada para garantizar la continuidad de su linaje en la corona. Para entonces Jaime I ya tenía varias amantes, entre las que destacaba Teresa Gil de Vidaurre. Prendado de ella desde joven, el monarca se prometió a Teresa ante un testigo, promesa que no cumplió, esposando a Violante. La relación extramatrimonial continuó hasta el fallecimiento de Violante, cuando Jaime y Teresa conformaron un verdadero matrimonio social. Nada excepcional para la época. El problema es que el monarca había confiado sus excesos al dominico Berenguer de Castellbisbal, y en un desencuentro entre el monarca (que rehusó pasar por la vicaría) y Teresa, Berenguer violó el secreto de confesión que mantenía con el rey: El papa de Roma sabía de la descendencia ilegítima de Jaime. No era un simple problema moral. Se ponía en jaque la sucesión dinástica. Pero aún hay más. Jaime I ordenó cortar la lengua y desterrar a Berenguer. La Iglesia conminó al monarca a realizar una penitencia pública, tanto por su escaso apego al sacramento matrimonial como por la intromisión jurisdiccional, al haber castigado por su propia cuenta a Berenguer. Berenguer, reconvertido en obispo de Girona recibió la disculpa del rey, quien para obtener el perdón papal tuvo que realizar penitencia pública en octubre de 1246. Las conquistas amorosas del monarca no cesaron: con ellas el alumbramiento de una nueva nobleza de origen bastardo que ostentaría obispados, baronías y señorías.