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 Tabla que representa a Fernando de Trastámara recibiendo la corona. :: lp
Tabla que representa a Fernando de Trastámara recibiendo la corona. :: lp

El Compromiso de Caspe: La elección que cambió nuestra historia

  • El 28 de junio de 1412 San Vicente Ferrer hizo pública la votación que entregaba la Corona de Aragón a una nueva dinastía

  • Nueve prestigiosos personajes decidieron, no sin polémica, quién de los aspirantes tenía más derecho para reinar

Entre todos los monarcas que han reinado nuestro territorio, la figura de Jaime I el Conquistador es, sin duda alguna, la que más fervor ha suscitado entre especialistas y apasionados de la historia de Valencia. Envuelto en un aura de misticismo desde su nacimiento hasta su muerte, devolvió a manos cristianas importantes ciudades con las que acabaría configurando el reino de Valencia. Jaime I fue el más célebre representante de una dinastía que, de manera inusual en época medieval, sucumbió tras una elección cuyo resultado se hizo público un 28 de junio, en concreto, de 1412. El llamado Compromiso de Caspe abría un nuevo capítulo de nuestra historia. Obviamente fue una votación menos participativa que la de esta jornada. Orquestada por el Papa Luna (Benedicto XIII), en su desarrollo confluían los propios intereses del pontífice con el loable intento de atajar el constante derramamiento de sangre que generó el conflicto sucesorio surgido a raíz de la muerte de Martín el Humano en 1410 sin descendencia. Sagunto fue testigo de la insostenibilidad de la corona sin monarca al producirse en 1412 una batalla salvaje entre las huestes de dos de los pretendientes, los urgelistas y los trastamaristas, a los que en pocas líneas conocerán. Para impedir o intentar frenar este tipo de carnicerías se convocó el Compromiso de Caspe.

Todo empezó cuando Martín el Humano murió el 31 de mayo de 1410 sin haber nombrado sucesor. Aunque el monarca tuvo cuatro hijos, ninguno le sobrevivió. Sólo mantuvo la esperanza gracias a su primogénito, llamado Martín el Joven fallecido en 1409 y cuyos hijos no superaron la infancia, salvo uno ilegítimo, Fadrique de Luna, quien según muchos especialistas era el sucesor deseado por Martín el Humano. El proceso de legitimación no llegó a ser firmado por Martín el Humano, al que le sobrevino la muerte al parecer víctima de pócimas poco acertadas para acrecentar su vigor sexual. Las recetas realizadas en base a la cantárida, un escarabajo verde brillante que a buen seguro han visto en los montes mediterráneos, acabarían también con Fernando el Católico un siglo después. El caso es que el trono del reino quedó vacío y los aspirantes a ocuparlo se multiplicaron. Los más poderosos mostraban sus argumentos a través de las armas. Se originaron así múltiples facciones dentro de cada ciudad, de cada barrio, de cada domicilio de la corona aragonesa, con la consecuente e irrefrenable contienda que desangraba la sociedad.

El preámbulo del Compromiso de Caspe fue la Concordia de Alcañiz. Impulsada por Benedicto XIII, fue una especie de hoja de ruta en la que aragoneses y catalanes establecieron un eficaz protocolo para que nueve representantes eligieran a uno de los candidatos como rey de la Corona de Aragón en Caspe, en un plazo de dos a tres meses. El reino de Valencia no llegó a tiempo a presentar un parlamento propio consensuado y sólo acudieron, y tarde, los partidarios de uno de los aspirantes, que tan sólo pudieron aceptar lo estipulado en Alcañiz. En todo caso, la representatividad del reino de Valencia no corría peligro en la decisión final, puesto que la Concordia de Alcañiz anunciaba que en Caspe tomarían la decisión final nueve personas, elegidos tanto por su pericia en derecho y en asuntos de estado como por su ética contrastada. Tres de ellos representarían al reino de Aragón, tres al principado de Cataluña y otros tres al reino de Valencia. Los valencianos eran Vicente Ferrer, su hermano Bonifacio y Ginés de Rabassa. Este último fue finalmente sustituido por Pedro Beltrán a causa de unos inesperados problemas mentales fruto de su avanzada edad. Los nueve votantes tenían que atribuir la corona aragonesa a uno de los 5 aspirantes que siguen.

Al lector puede abrumarle la patente complejidad de aquella lucha de poderes en los albores del siglo XV, más al considerar que todos los aspirantes mantenían, lógicamente, algún vínculo con la dinastía de Aragón, pero puede establecer un ameno paralelismo con los pretendientes a Invernalia de la afamada ficción. En primer lugar estaba el ya señalado Fadrique de Luna. Hijo bastardo de Martín el Joven y por tanto, nieto del monarca que había fallecido. A su favor contaba con la legitimación de Benedicto XIII, que para su desgracia no logró firmar Martín el Humano. Su minoría de edad auguraba una probable inestabilidad en caso de ser elegido. No recibió voto alguno. Otro aspirante era Alfonso de Aragón, duque de Gandía. Era nieto por línea masculina de Jaime II. Fallecido al inicio del proceso, diversos familiares asumieron la defensa de esos derechos que finalmente acaparó el hijo del duque, quien tampoco recibió voto alguno. El tercer candidato era Luis de Calabria. Nieto por parte de madre de Juan I de Aragón (el hermano de Martín el Humano que le precedió en el cargo de rey de Aragón) y la reina Violante de Bar. Fue la antigua reina quien defendió los derechos de su nieto, aunque no recibiría voto alguno. Los dos últimos aspirantes fueron los que se mostraron más beligerantes durante el interregno: la exhibición del poder militar era una potente baza para convencer a los nueve compromisarios y en última instancia a Benedicto XIII. Por una parte, Jaime II de Urgell. Casado con una hija de Pedro IV (hermana por tanto de Martín el Humano), el propio Martín el Humano le había confiado cargos de responsabilidad vinculados a los herederos del trono. Obtuvo sólo dos votos y jamás reconoció su derrota en el Compromiso de Caspe. Se levantó en armas varias ocasiones contra el vencedor de esta elección y terminó sus días prisionero en una celda del castillo de Xàtiva. Por la otra parte, Fernando de Trastámara, también conocido como Fernando de Antequera por haber recuperado la citada población a la causa cristiana. Era hijo de Juan I de Castilla -corona rival por excelencia- y Leonor de Aragón, la hermana de Martín el Humano. Teniendo en cuenta la consanguineidad con la realeza aragonesa, no era el mejor colocado para ganar la elección, no obstante su prestigio militar, su afinidad con el pontífice y otros valores guiaron a los compromisarios hacia su elección, no sabemos en qué grado supeditada a los deseos de Benedicto XIII. El diario de sesiones del Compromiso de Caspe recoge muchos de los detalles que esgrimieron los defensores de cada candidato en las reuniones que precedieron la elección final. Uno muy significativo, dada la advertencia que hacía uno de los candidatos sobre la parcialidad de aquel proceso a favor de los deseos de Benedicto XIII, lo manifestó Violante de Bar: "Hi ha tants familiars o domèstichs de nostre Sant Pare que tot lo món coneix que aquets juhí stà del tot en ses mans ab la conjuncció de un competitor". Aunque obviamente su crítica también era partidista, no le faltaba razón. Era vox populi que todo el proceso había sido tejido por el pontífice, quien contemplaba a Fernando de Antequera como el rey que entregaría a la cristiandad buena parte de la Península Ibérica, además de apoyar su obediencia en la candente problemática del Cisma. Ganó Fernando de Trastámara: seis votos a favor, dos en contra y una abstención. En palabras de Joan Reglá, "Fernando de Antequera obtuvo la unanimidad aragonesa, la mayoría valenciana y la minoría catalana". Efectivamente, obtuvo los tres votos de los representantes aragoneses, dos de los valencianos (de los hermanos Ferrer), y uno de los catalanes.

Aunque la elección se realizó algunos días antes, fue el 28 de junio de 1412 cuando San Vicente Ferrer leyó públicamente la decisión en la puerta de la Colegiata de Santa María de Caspe. La aparición estelar de aquel hombre considerado santo en vida enfatizaba la validez de una elección a la que no le faltaron detractores en muchas ciudades, especialmente del reino de Valencia y del principado catalán. Sin embargo, aquella decisión supuso el principio del fin de las hostilidades y el triunfo de la razón -aunque el resultado de la elección sea discutible en sí- sobre las armas. También significó el fin del reinado de la estirpe de Jaime I.