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Fiestas y tradiciones de Valencia

Las claves del traje del siglo XVIII de pies a cabeza

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Estilo. Escaparate de María Victoria Liceras en la calle Avellanas, con trajes al estilo del siglo XVIII. :: damián torres
  • María Victoria Liceras y Carlos Salvador , indumentaristas especializados en el estilo dieciochesco, repasan el atuendo

  • Los colores eran suaves y nada estridentes, las faldas permitían ver los pies y el moño único se lucía con una sola pinta

valencia. Llevar tres moños en un traje de valenciana del siglo XVIII es incorrecto. Lo suyo es que el moño único acompañe y armonice con el estilo dieciochesco. Pero este aspecto no es el único que hay que tener en cuenta a la hora de ser fiel a la historia y las tradiciones.

Indumentaristas e investigadores que se han especializado en esta época, como es el caso de María Victoria Liceras o Carlos Salvador, repasan las claves para lucir como corresponde el traje del XVIII de pies a cabeza.

«Una de las primeras cosas que hay que tener claras es que se llevaba un sólo moño. Bien con raya en medio o todo para atrás, pero jamás con una raya en un lado. Esto lo he llegado a ver en la calle y quiero que quede claro que lo de la raya al lado con onda se puso de moda en los años 20, pero eso no proviene del siglo XVIII. Me gustaría que esto se tenga en cuenta porque sería un error poner la raya en un lado», explica María Victoria Liceras.

Carlos Salvador detalla que lo suyo es «un único moño y raya en medio. El de los tres moños fue una moda del siglo XIX, que duró unos 15 años, pero no sólo en Valencia, sino a nivel nacional e internacional, pero no era exclusivo de aquí. Lo que ocurre es que con la indumentaria oficial que se creó después, se decidió usar los tres moños».

En cuanto a los complementos del peinado, «para el siglo XVIII está la espada y el cañón, que se mete uno dentro del otro y se usaba para agarrar las trenzas y, cuando se acababa el moño, es cuando se ponía la agua que se conoce con el nombre de 'rascamonyo'», dice Salvador.

Otro complemento que nada tiene que ver con la evolución actual, es la peineta. «Se llamaba 'pinta' y tiene forma rectangular, porque en realidad era un peine que solía ser de plata y, a veces, en la parte delantera lleva un toque dorado y con dibujo», indica Liceras. Esta 'pinta' «se usaba para peinar y luego se clavaba junto al moño», añade.

Nada tiene que ver con las peinetas caladas que surgieron con posterioridad o con las que se elevaban varios centímetros del moño o con las actuales.

Carlos Salvador recuerda que hoy en día, en muchas ocasiones, «la gente mezcla un traje del XVIII con pendientes que no tocan, como los de racimos».

Los pendientes del siglo XVIII eran los conocidos básicamente como pendientes de 'barquillo'. «Es un pendiente autóctono de Valencia. Lo crearon los orfebres locales. Es como un orejal, con una especie de barquilla central y con tres ristras de perlas. También solían llevar piedras verdes incrustadas en el metal», añade Salvador.

También se pueden usar para armonizar con el traje del siglo XVIII los pendientes «de a tres o de la Verge, que llevan tres colgantes o el de lámparas», explica María Victoria Liceras. También se llevaban los «pendientes de hojas», añade Salvador.

En el siglo XVIII tampoco se empleaban telas con grandes centros florales, se optaba más por «dibujos dispuestos de forma repetitiva, pequeños ramilletes, telas con rayas dieciochescas o incluso dibujos sinuosos que imitan encajes intercalados con ramilletes de flores», según describe Liceras.

Carlos Salvador matiza que las telas no siempre eran con flores de color, «había damascos de seda, muarés, que son telas que hacen como aguas o indianas, es decir tejidos de algodón donde se estampaba en la propia tela».

Mostrar los pies

Un tema llamativo es el del largo de la falda. Así como en los últimos años muchas falleras llevan un traje a escasos centímetros del suelo, «las faldas de la época dejaban enseñar el pie, tal como hemos podido comprobar en los grabados. Llevaban la falda, que se llamaba guardapies, por encima del tobillo», explican.

El vuelo de la falda también es un tema a tratar. «Las mujeres llevaban varias enaguas para dar volumen al guardapies y ese volumen no tiene nada que ver con lo que se ve ahora, que es exagerado».

Los cuerpos o jubones iban envarados y sujetaban el pecho de la mujer. También existía el justillo, que es como los jubones, pero sin mangas. «Las clases populares lo solían llevar en el exterior, pero las clases altas lo usaban como pieza interior y, sobre él, ponían el jubón», argumenta Carlos Salvador. «Lo normal no era tener el traje entero combinado, sino un jubón negro que combinaban con varios guardapies o un jubón con flores que se ponían con guardapies liso. También han llegado a nuestros días jubones que estaban hechos con retales o piezas de espolín», añade.

Lo que hoy la mayoría de gente llama como 'manteletas', es decir el pañuelo y el delantal, «usaban tejidos livianos como muselina o batista. Eran flexibles y no pesaban. Se solían bordar con cadeneta del mismo tono que la manteleta o con un poco de metal, pero nada recargado», indica Liceras.

Se bordaban dibujos como ramas, hojas, «guirnaldas, pajaritos o granadas, este último como símbolo de la fertilidad», añade. Según detalla Carlos Salvador, «los pañuelos y delantales solían ser independientes con tejidos como batista, muselina o clarín». Una pieza que, según Salvador, era básica «era la camisa. Así como las enaguas se conoce hoy día más, la camisa no. Era pieza que cubría los hombros e iba hasta las rodillas».