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La Muela de Cortes, enclave de la rebelión morisca

Restos del castillo en el despoblado morisco de Ruaya.               :: miguel aparici
Restos del castillo en el despoblado morisco de Ruaya. :: miguel aparici
  • La escarpada montaña sirvió de refugio para los perseguidos en 1526 y 1609

  • Las autoridades valencianas eran conscientes del riesgo de una revuelta tras el bando de expulsión

No cabe duda de que el medio físico es uno de los factores que más condiciona la evolución histórica de un territorio. El relieve y la orografía influyen decisivamente en aspectos tan básicos como el asentamiento de la población, las actividades económicas o las vías de comunicación. Así nos lo recuerda el entorno natural que rodea la población de Cortes de Pallás, cuyos vecinos permanecen aislados debido a un desprendimiento de rocas sobre la única carretera de acceso a la localidad.

Sin embargo, el terreno escarpado e inaccesible de la Muela de Cortes no siempre ha sido un inconveniente. Especialmente para los moriscos que poblaban estas tierras hasta el momento de la expulsión, los cuales supieron adaptar su modus vivendi a este medio físico, aprovechando al máximo los recursos que les ofrecía, llegando incluso a servirles como refugio en momentos de tensión social. En ella se refugiaron los vasallos de Cortes tras matar a su señor en 1526, y volvieron a hacerlo en 1609, tratando de huir de su fatídico destino: la expulsión a Berbería, como han analizado historiadores como Jorge Catalá, Pablo Pérez o, más recientemente, Manuel Lomas.

«Esta es de Cortes la fragosa sierra, do los últimos moros se subieron para total asombro de esta tierra [.] Por ser tan dilatada, que en sí encierra tantos senos y grutas, la eligieron por asilo de su cruel fiereza, como hijos al fin de su aspereza». Con estos versos, Vicente Pérez de Culla describía el agreste entorno en el que se desenvolvió la rebelión de los moriscos de Cortes, aprovechando el buen conocimiento que éstos tenían de la zona.

Tras el bando de expulsión, promovido por el Arzobispo Ribera, ordenado por el virrey Caracena y pregonado el 22 de septiembre de 1609, las autoridades valencianas eran conscientes del riesgo de rebelión morisca y la situación comenzó a cristalizar poco después, no sólo en la Muela de Cortes, sino también en la Sierra de Laguar. Ambas revueltas, aunque sin tener un origen común, tenían una misma causa y grandes similitudes, como el hecho de producirse en regiones montañosas, llegando incluso a coincidir el día del asalto contra los rebeldes de ambas regiones, el 21 de noviembre.

Asesinato del baile

El 15 de octubre, se producía el asesinato del baile de la baronía de Dos Aguas, enviado para hacer pública la orden de expulsión, a manos de moriscos de la zona. El alzamiento de los moriscos del valle de Ayora y Cofrentes se fraguó pocos días después, tras una gran asamblea de moriscos que se produjo en Teresa de Cofrentes, en la que se decidió marchar hacia la Muela de Cortes, uniéndose en el trayecto otras poblaciones moriscas sublevadas, como Jalance, Cofrentes, Cortes o Bicorp, cuyo gobernador también fue asesinado.

A pesar de los intentos de negociación con los rebeldes, llevados a cabo por Don Francisco Milán de Aragón y algunos nobles de la región, los movimientos de tropas no se hicieron de esperar. El 27 de octubre, el Marqués de Caracena informaba a Felipe IIl rey de esta situación, justificando la movilización militar de las compañías de guardas alojadas en Algemesí, Alzira y Sagunto, además del tercio de Lombardía, acantonado en la sierra de Espadán (otro foco de conflictividad morisca).

Las primeras medidas tuvieron un carácter disuasorio, tratando de alcanzar una rendición pacífica. Se decidió aislar a los moriscos, bloqueando con tropas las posibles salidas de la escarpada muela (tanto hacia Valencia como hacia Castilla). Ante esta situación, los ánimos de algunos rebeldes comenzaron a desfallecer, y el líder de la revuelta, Vicente Turixi, morisco de Catadau, envió a varios emisarios para negociar y retrasar al máximo el asalto armado. Pero, sin más dilación, el ejército concentrado en la zona, bajo las órdenes de don Juan de Córdoba, comenzó a avanzar hacia la Muela de Cortes el 20 de noviembre. Al día siguiente tomaron, sin resistencia, el castillo de Ruaya y, poco después, una pequeña comitiva de moriscos salió al paso, portando una cruz en una mano y las capitulaciones del rey Turixi en la otra. No obstante, pese a la rendición y las promesas de un descenso ordenado, pronto comenzaron los saqueos y el pillaje de la soldadesca sobre esta población y sus vecinos. Tras correr la voz de estos abusos, los rebeldes se dispersaron y muchos moriscos huyeron, entre ellos el cabecilla Vicente Turixi, junto a una nutrida hueste. Duró poco su aventura, ya que refugiándose en su lugar de origen, pronto fue apresado por los hombres del Conde de Carlet y, posteriormente, ajusticiado en Valencia por la Inquisición el 16 de diciembre. Con esta sentencia ejemplarizante se simbolizaba la derrota de los rebeldes y se trataba de procurar el descenso de los moriscos que todavía resistían, amparados en la fragosa sierra de Cortes, entre los que sobresale la figura del famoso bandolero morisco, Pablillo Ubecar, quien no abandonó la Muela hasta comienzos de 1612.

Este episodio de la historia de Valencia fue recuperado hace algunos años, aprovechando la conmemoración del cuarto centenario de la expulsión de los moriscos, por medio de una recreación histórica de la rebelión de los moriscos de Cortes, promovida por Miguel Aparici, cronista de esta localidad. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en otros países, en Valencia estas representaciones reciben escasos apoyos políticos y suelen estar condicionadas a una efeméride puntual, como ha sucedido con la mencionada recreación, hoy día ya desaparecida. Nuevamente, los moriscos de Cortes han sido desterrados; esta vez de nuestra memoria colectiva.