Supersticiones de antaño en Valencia

Los remedios folclóricos para esquivar el infortunio y buscar la protección contra el mal eran asombrosos | 'Caceroladas' para detener tormentas, conjuros impactantes y amuletos chocaban con las disposiciones eclesiásticas

Vicent Ferrer. El santo fue muy crítico con las supersticiones. /Museo de la Catedral
Vicent Ferrer. El santo fue muy crítico con las supersticiones. / Museo de la Catedral
ÓSCAR CALVÉ

Martes y trece (coincidió la pasada semana y se repetirá en noviembre). El colmo del mal fario. Por un lado, 'martes, ni te cases ni te embarques, ni de tu casa te apartes'. Por otra parte el trece, número asociado a la desgracia en buena parte de la cultura occidental. La confluencia de ambos factores ha motivado que, casi involuntariamente, todos, incluso los que no confían en supersticiones, adviertan esta peculiaridad en el calendario.

Descartadas las bases científicas, las justificaciones históricas de estas creencias ajenas a la razón son tan variadas como poco convincentes. Sobre el martes destacan dos teorías. La primera se remonta a la Antigüedad. Dedicar el segundo día de la semana a Marte, dios de la guerra, derivaría en una asociación del martes con actos bélicos y trágicos. La otra explicación se halla en la Edad Media, en las diversas derrotas de huestes cristianas acaecidas un martes. Sin duda destaca la caída de Constantinopla el martes 29 de mayo de 1453. Su trascendencia para todo el continente no tiene parangón. En cualquier caso, no es una cosa moderna, porque tenemos varias noticias sobre el desarrollo de esta superstición varios siglos atrás. En cuanto al supuesto carácter aciago del número 13 también existen diversas teorías. Descuella su asociación con Judas por ser el traidor de los trece comensales de la Última Cena, por tanto, lógicamente, el último en prestigio, el 13.

Las supersticiones vinculadas al martes y al trece tienen una dimensión internacional y por supuesto afectan también a nuestro territorio. Les presentaré algunas creencias ajenas a la razón que calaron específicamente en nuestros antepasados. De creer en ellas, cruzaría los dedos, si bien el primer protagonista del reportaje augura el interés de la lectura.

Algunos reyes fueron más supersticiosos que el vulgo y usaron pócimas a la postre poco beneficiosas

A comienzos del siglo XV, Sant Vicent Ferrer advertía a los fieles: «Mas son alguns que més amen fetillos, ço és, no prengau muller tal dia, ne camineu tal dia, ne tallar, ne usets ab la muller tal dia, ne façau bugada tal dia». Ferrer recriminaba a aquellas personas seguidoras de hechizos que creían a pie juntillas las supercherías folclóricas asociadas al calendario. Exactamente como hoy. El santo no especifica los días en cuestión, pero a tenor de sus palabras existían diversas supersticiones respecto a la realización de acciones concretas en algunas jornadas. La primera era 'no casarse tal día'. ¿Sería el martes? No menos llamativas son las referencias a no tener relaciones íntimas con la esposa un determinado día o a no hacer la colada en otro. Sant Vicent Ferrer citaba otras creencias del estilo, cerrando el discurso con una pregunta que todavía hoy tiene vigencia: «Axi mateix, los .L. dies caniculares no son bons a purga o a sagnar, ne l'girant de la luna; mas a fer matrimoni, ne a caminar. Qui ha trobat aquestes vanitats?».

Famoso tratado del siglo XVI contra la superstición.
Famoso tratado del siglo XVI contra la superstición. / Unav / Uniliber

Si el calendario generaba ciertas manías, los fenómenos meteorológicos también. Así, cuando se acercaban las tormentas (que se creía que eran traídas por demonios), nuestros predecesores, en función de su religiosidad o no, obraban de diversa forma. Explica Sant Vicent Ferrer: «E per ço quan venen les males núvols, trons e lamps hom sone les campanes, son les trompetes: e trau hom les creus e les gens preguen devotament ab làgrimes: 'Senyor, misericòrdia'. Car les campanes son les trompetes e nafils que donen terror als enemichs...». De este modo imploraban los creyentes a Dios el fin de las tormentas.

'Oradures' contra la lluvia

Para muchos los ritos cristianos amparados en la fe de la época eran en realidad otro tipo de fantasía bajo el manto de la todopoderosa Iglesia. Los entonces considerados supersticiosos tenían sus propios recursos: «fer so de calderes o bacins, cremar erbes pudentes, posar les bragues del marit en lo terrat, lançar los ferres o treudes de sobins, altres la çabata: unes oradures». Estas insensateces ('oradures') ejecutadas por los ajenos a la religión en la Edad Media para detener las tormentas son auténticas perlas desde el punto de vista etnológico ¿Imaginan los calzones del hombre en la terraza de la casa para evitar el granizo?

La Iglesia prohibía y perseguía cualquier tipo de ocultismo como creencia extraña a la fe religiosa

En cualquier caso, más allá de la comicidad, sorprende comprobar cómo algunas de las supersticiones descritas por Sant Vicent se conservaron hasta hace bien poco, al menos en algunos núcleos rurales.

Cuando el santo increpaba a sus contemporáneos por 'lançar los treudes de sobins', quizá no podría imaginar que aún en el siglo XX había quién en las tormentas ponía las trébedes patas arriba con el propósito descrito, según explicaba el célebre historiador dianense Roc Chabàs.

Quizá todavía se mantenga viva la tradición aunque sea como mero hecho folclórico. Sobre la vigencia del siguiente caso no hay duda. ¿Cuántos hemos respondido alguna vez con un 'Jesús' al estornudo de un conocido? Pues bien, seis siglos atrás, el nombre del Hijo servía, junto a una cruz o santiguarse, para evitar cualquier enfermedad: «Si algú de vosaltres ha mal de caure o altra malaltia, e·l cap posa't la creu, de la vayvella fins al nas, e digats Jesús! Jesús!, sens dubte si la malaltia és dapnosa a l'ànima, guariràs... Si algún hom ha alguna nafra, no·y digats negun conjur, sinó lo nom de Jesús, fent la creu».

Nuestros antepasados 'tocaven ferro', no madera. Asían la espada al acercarse a un peligro

Fue la Iglesia la institución más preocupada por la prohibición y persecución de cualquier tipo de superstición, entendida esta como la primera parte de la definición que propone la RAE, la creencia extraña a la fe religiosa. Un aspecto que provocaría alguna que otra reprimenda de nuestros más célebres oradores a las más altas dignidades.

Herradura. Una de las supersticiones más antiguas; colgada hacia arriba en la puerta para proteger el hogar y hacia abajo para tener suerte.
Herradura. Una de las supersticiones más antiguas; colgada hacia arriba en la puerta para proteger el hogar y hacia abajo para tener suerte. / LP

Esto de confiar en hechizos no era ni mucho menos exclusivo del pueblo llano. Los reyes sentían fascinación por estos asuntos. Hacia 1310 Arnau de Vilanova escribía a Federico II de Sicilia que 'gitara de tota vostra senyoria devins e devines, o sorcers, o qualsque supersticioses'. A finales de ese siglo emergía como rey de las supersticiones Juan I de Aragón, siempre rodeado de hechiceros y pócimas mágicas, como estudió en su día Joseph María Roca. Son sólo dos ejemplos.

A fin de cuentas todos deseamos la buena suerte o un hechizo para mejorar nuestra salud y la de nuestros seres queridos. De esas ilusiones vivían -y viven- los 'fetillers'.

Una especie de talismán de azabache, cristal o coral protegía a los más pequeños de maleficios

También vinculado al éxito de las supersticiones fue el deseo de protección contra los males de ojo lanzados por los enemigos. El clásico romero que hoy se nos ofrece en las puertas de muchas catedrales de España no es ni nuevo, ni el único modo de defensa dentro de las creencias folclóricas.

Un fantástico estudio realizado por María Luisa Pedrós sobre el proceder de la inquisición valenciana ante la superstición a principios del siglo XVIII, recoge un conjuro que gozó de gran éxito en aquel período. Si uno necesitaba protegerse ante la amenaza de un enemigo, bastaba con recitar esta fórmula: 'Tierra piso, cielo cato, mis enemigos ciegos, de pies y manos los ato, y que estén tan humildes a mí como la suela de mi zapato'. Aunque descreído, les engañaría si escribiese que al reproducirla no he pensado en una afamada compañía telefónica.

'Dar higas'

Más común si cabe fue el empleo durante toda la Edad Moderna y Contemporánea de amuletos personales para ahuyentar la mala suerte. A los ya conocidos, como ajos o herraduras, que aparecen con frecuencia en novelas y series, hay que sumar las higas. Estas eran una suerte de talismanes realizados sobre todo en azabache, cristal o coral que se colgaban a los niños para evitar maleficios (en especial por envidias que causaría la belleza de los críos) y ahogamientos. Los que carecían de recursos podían conformarse con 'dar higas', es decir, mostrar el dedo pulgar entre el índice y el corazón con idéntico propósito. Pero convenía saber escoger cuando dar higas, porque el mismo gesto tenía un significado mucho más ofensivo, similar al de la actual 'peineta'.

Las supersticiones que recorren desde antaño nuestra ciudad son muchas, extrañas y curiosas. Nuestros antepasados 'tocaven ferro', no madera. Al acercarse a algún peligro físico tomaban la espada o el puñal como sistema de protección, de ahí el origen de la expresión valenciana.

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