Fallas plantadas: Un artista deja en la estacada a cuatro comisiones, que salen adelante gracias a la solidaridad

Fallas plantadas: Un artista deja en la estacada a cuatro comisiones, que salen adelante gracias a la solidaridad

Los falleros de Plaça Major, en Llíria, aplauden la ayuda que han recibido y ya solo quieren pensar en disfrutar de la fiesta

FERNANDO MIÑANA

Las nubes se ciernen sobre la Plaça Major de Llíria. Reina un ambiente tristón pese a que están a punto de empezar a sonar los petardos, las bandas de música y las verbenas nocturnas de pasodoble, 'Lo malo' y chunda-chunda. Cerca de cien integrantes de la falla Plaça Major intentan rehacerse del golpe que supuso enterarse, el 23 de febrero, a veinte días de la plantà, que el artista encargado de hacer el monumento había desaparecido. Se esfumó sin decir ni pío, sin acabar su trabajo, arruinando así la ilusión de esta falla de Llíria pero también de otras tres de pueblos como L'Eliana, Ribarroja y La Pobla de Vallbona.

Eduardo González es el presidente de la falla Plaça Major. Viene del trabajo, como delatan su forro polar blanco, el pantalón gris de batalla y unas zapatillas negras y sufridoras. Es un tipo grande con dedos como longanizas pero su aspecto es bonachón y hace un mohín de pena cuando recuerda el día que se enteró de la desaparición de Enrique García Ibáñez. «Ha sido duro. Y nosotros, los mayores, aún lo entendemos, pero los niños no, y mi hija, que es la Fallera Mayor Infantil, se tiró tres días llorando. Es una faena».

La falla está rodeada por la iglesia de la Asunción, el ayuntamiento viejo, el nuevo, un monumento a la música y un señor olivo. Debería ser una zona distinguida, pero no es así. Niños traviesos se cuelan por todas partes, remueven la arena y hasta se aventuran a subir por la escalinata de corcho de la falla pese a que les han advertido que no lo hagan. El primer pie se hunde y revienta un peldaño. Corren escopetados. Otro contratiempo más. «Este año nos sale todo mal», se lamenta una de las falleras mientras se afana en reparar el boquete. Nadie osa reñir a los chiquillos, hijos de familias que gastan fama de malotas, que habitan las casas de alrededor y viven de la droga. Pocos se atreven a dejar atrás la plaza y adentrarse en un barrio donde no se andan con tonterías. Algún día revolotea por encima de los edificios un helicóptero para revisar que aquello no se desmadra.

El presidente de la falla sujeta los brazos de un ninot inacabado.
El presidente de la falla sujeta los brazos de un ninot inacabado. / Jesús Signes

El móvil del artista está apagado desde el 20 de febrero. La comisión ya había pagado religiosamente cada mes. Solo faltaban mil de los once mil euros presupuestados. «A nosotros nos llamó su hermano y nos hizo dos propuestas: que entráramos y cogiéramos lo que había dejado hecho o pagarle un dinero extra y él intentaba terminarlo». Eduardo cuenta esto, arquea las cejas y deja de hablar. No hace falta.

Al final se entendieron con el hijo, de unos 25 años, que asegura no hablarse con el presunto estafador. Necesitaban su colaboración porque, legalmente, hasta ayer, el día oficial de la plantà, aún tenía tiempo de presentar la falla. Eso significa que no podían meterse en el taller, una propiedad privada al fin y al cabo, en el polígono industrial de La Pobla de Vallbona.

«Lloré con mis 50 años»

No encontraron mucha más ayuda. «La mujer tenía un bar en La Pobla y lo ha cerrado». Al final entendieron que su única salida era arreglarse con lo que había: tres cuartas partes de la falla a medio terminar. Sin pintar. Sin lijar. Sin rematar los detalles. No contaban con la solidaridad del mundo fallero que, cada vez que sucede esto en los pueblos o en Valencia, da un paso al frente para que la falla estafada no quede tan desnuda.

Primero fue el Ayuntamiento de Llíria quien se volcó. Les ofreció una planta baja para guardar los ninots rescatados y, como en el transporte entran en juego seguros civiles y demás, les llevaron las distintas piezas de las dos fallas. Su sueño frustrado. «Este año, que es el décimo aniversario, íbamos a por el primer premio...». Después llamaron a su puerta las otras cinco fallas del pueblo y otros artistas dispuestos a regalarles algunas figuras de relleno.

Hace doce meses, casi sobre las cenizas del último esfuerzo, tomaron la decisión de acceder a la propuesta de Enrique García, que llevaba tiempo insistiéndoles en la ilusión que le hacía plantar en Llíria. «Metimos la pata», se flagela el presidente antes de contar que la misma falla infantil que les había diseñado se la había vendido a otros tres pueblos. «Yo creo que cogió más trabajo del que podía abarcar».

Mari Carmen Garzón aparece por allí con una sonrisa socarrona. Es la vicepresidenta y una de las responsables de esta nefasta elección. «Estamos calentitos. Yo fui la que trajo al artista y ya ves... Cuando me enteré, con 50 años, me puse a llorar». Pero ha llegado el momento de olvidar y ponerse a disfrutar sin mirar mucho la falla incompleta.

Raquel Miñano es la Fallera Mayor. Ya ha superado el trago y se lo toma con resignación. «Llevas todo un año esperando ver el monumento y ocurre esto. Me llevé un gran disgusto y da mucha pena y mucha rabia, pero, bueno, las otras fallas nos han intentado ayudar y eso se agradece mucho. Al final has de pensar que el día 20, a las tres de la madrugada, todas las fallas serán iguales...». Raquel, a pesar del traspié, cumplirá con la tradición de indultar un ninot.

Por allí no dejan de pasar jóvenes con el pelo rapado y mirada chulesca. Uno observa como una chica sale del coche y empieza a andar con un vestido muy corto y unas gafas de sol muy grandes. Le pega un repaso, la mira con desprecio y exclama: «Ésta debe salir del puticlub». Nadie le afea el comentario. Como a los niños que se meten por dentro de la frágil figura de corcho, hueca y pálida, que hay tumbada al lado de la carpa.

«Este año vamos a quemar la falla con ganas», bromea otra fallera mientras pasea a su perro. Hasta entonces toca disfrutar. Ayer plantaron su falla llena de remiendos en la Plaza Mayor. Un artista fue a asesorarles y a ayudarles a terminar de pintar y adecentar la composición. Todo pasa, como las nubes que, al final, desaparecen sin descargar. Como esta falla mellada que será devorada por el fuego. Como todas.

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