Maestría y pasión, Ponce marca la raya

Enrique Ponce domina al toro de Garcigrande. / Txema Rodríguez
Enrique Ponce domina al toro de Garcigrande. / Txema Rodríguez

El de Chiva cuaja dos grandes faenas y Paco Ureña se juega la vida antes dos toros muy complicados Jornada memorable del valenciano, que corta dos orejas y abre la puerta grande

JOSÉ LUIS BENLLOCH VALENCIA.

Maestría. Pasión. Torería. Sinfonía capotera. Agallas. Miedo. Decepción. Polémica. Sueños rotos. Necedad. Atascos. ¡Qué locura! Locura buena y locura de la otra, ya saben, esos raros meandros psíquicos que están secuestrando en el buen nombre de Valencia. Aun así, la compro. Gran tarde. De las que sacian. Valió la pena. Lo bueno, porque uno va a las plazas para ver faenas como las de Ponce, reacciones de figura como la de Ponce; y lo malo, porque al final quedó blanco sobre negro quién es quién en ese tobogán loco en el que han metido la feria. Otra vez la ley de la compensación -¡que se dediquen al futbol!- y la historia de los toros, toros extraordinarios en los corrales y toros feos de narices, feos y anovillados en la plaza.

La tarde, lleno en la plaza, arrancó a todo tren. Con materia para maestros. Un toro abanto, dormido, protestado, espantadizo, al que Ponce le adivinó de primeras lo que llevaba dentro. ¡Un momento, por favor! pidió. Tenía razón. Despertó el toro en varas y comenzó a venirse arriba. Secretos de los garcigrandes. Un quite por chicuelinas de Talavante y un quite de Ponce también por chicuelinas muy templadas como réplica. Aquí, hoy, esto es así y esto es mío. Arrancaba la lección magistral. La apertura de faena fue fulgurante. Se le vino el toro pronto y con pies cuando todavía no había consumado el brindis al público y le improvisó en los mismos medios unos doblones zurdos que pusieron la plaza en pie. Y todo seguido, ahora sí, el brindis. La faena sobre la derecha tuvo rango de obra grande. Muy en la línea de ese Ponce 2.0 de los últimos tiempos. Técnica, sentimiento, mucha creatividad y mejor administración. Sujetó al toro, le hizo aflorar el celo que no parecía tener y cuando amainó el garcigrande le cambió los terrenos y le volvió a embestir, de tal manera que allá en sol, en el territorio del viejo Dámaso, las poncinas tuvieron ritmo y largura, también ligazón y especial regusto, y como colofón un afarolado ligado con el de pecho que engarzó la obra con los mejores tiempos de El Viti. ¡Si sabría Ponce lo que tenía el toro! Lo mató de una estocada desprendida y el clamor popular se lo pasó el presidente Merenciano por el arco de su mesiánica voluntad. Dio una vuelta al ruedo envuelto en clamores.

La reacción de Ponce a tal desafuero fue un arranque de amor propio. El quite por lances a pies juntos fue puro ballet, pausa, ritmo, medida, vuelo y dos medias seguidas. En realidad toreó como nunca se le había visto en esa disciplina. Hubo otro brindis al público. Puro compromiso. Amasó el barro en la primera parte del trasteo, lo puso en el punto justo y comenzó a moldear la obra. Menos rítmica que la primera, pero de más autoridad, con más percusión que violines. A ese toro, sin clase ni celo, solo lo cuaja Ponce o... Ponce. Por esta vez y de primeras, la estética la cambió por el poder, sacó la capacidad lidiadora y todo fue a más y a más. Aplicó esa manera tan propia, tan nueva de cruzarse sin mover los pies, un giro de muñeca, para que se cruce el toro, pura exhibición de seguridad, un toque por aquí para sacárselo por allá. Tras cada remate marcaba una raya en la arena con la espada, su raya, el límite, quien pueda que lo pase. Y de nuevo en terrenos de sol se alcanzó el éxtasis colectivo. Justificado. Dos molinetes de rodillas ¿o fueron tres?... pero molinetes de verdad, nada de finflanfinas, asentadas las rodillas en la arena, rebozado de toro, revestida su grandeza de veintiocho años de matador de una arrolladora frescura juvenil, como si quisiese ganar el favor del público, fue la justa culminación de la obra con los gritos de ¡torero, torero! retumbando en la plaza, en realidad un grito de rebeldía frente a la necedad sufrida. Se pasó de faena y pinchó antes de agarrar una estocada, fue la única faceta en la que se alejó de la perfección y esta vez el usía afloró los pañuelos casi a la vez. Qué más daba ya.

El resto de la corrida tuvo emociones, arrestos y disgustos. Para emoción, la entrega de Ureña en los dos toros de un lote malo. Media vida suspirando -y quién no- por entrar en los carteles de figuras y cuando lo logra se encuentra dos toros duros, enterados y difíciles, de esos que pones el hierro de las casas toristas y acabas maldiciendo tu destino. No volvió la cara. No sería Ureña. Atacó en los dos, aguantó tarascadas, sufrió una tremenda voltereta en el sexto, lo mató a corazón abierto, cortó una oreja y pasó por su pie a la enfermería. Cosas de toreros bravos que, afortunadamente, no pasan desapercibidas para los públicos. Talavante, por su parte, no tuvo toros, ni suerte, ni mucho ánimo para buscarles soluciones.

Y cerrando la crónica otra noticia que habla de la grandeza de Ponce y de su responsabilidad de figura, cuando su Valencia le necesita ante la caída de sus compañeros, se olvida del éxito y da un paso al frente. Algunos de los jóvenes que han triunfado a lo grande esta feria desestimaron la oferta. Detalles que marcan diferencias.

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