Y Garrido acaba rebelándose

El diestro José Garrido, ayer. / txema rodríguez
El diestro José Garrido, ayer. / txema rodríguez

El diestro corta la oreja, tras la apasionada faena al excelente toro que cierra la tarde

JOSÉ LUIS BENLLOCH VALENCIA.

A la tarde, era la quinta de feria, parecía haberla mirado un tuerto, con perdón. Es lo que se dice cuando las cosas se ponen del revés sin motivos. Saltaban toros buenos, pero no aparecía el toreo bueno. En realidad la tarde de ayer la habían puesto del revés bastante antes de que comenzase la corrida. En ese aspecto llevamos dos de dos. Este año hay interés en insistir en tales menesteres. Será mal de ojo. De no ver bien, digo. O de no querer ver por derecho. Los más aficionados están al loro de la cuestión. Todos los días hay toros rechazados, que luego se recuperan, toros recuperados que luego los aplauden de salida, toros que aprueban del tirón que no se entiende por qué a este sí y a los otros no. Y al final acaban componiendo corridas desiguales que, aún así, embisten. Es lo que ha pasado en las dos corridas que llevamos esta semana, en las que el porcentaje de toros que embistieron está muy encima de lo que es habitual pero, sobre todo, de los resultados. Sucedió con los alcurrucén y sucedió ayer con los fuenteymbro. El toro sexto fue un gran toro, de larga duración, de embestida vibrante y humillada; el segundo fue otro toro de los que chorrean clase y recorrido; el primero, un torazo con seiscientos kilos, tuvo templanza y buena clase y aunque amagó con alguna renuncia nunca consumó tal amenaza y siguió embistiendo; el tercero fue buen toro sólo que más exigente, y digo yo que en su derecho están los toros bravos de exigir, por ejemplo, que los toreros se coloquen en el sitio y hasta de echar alguna miradilla heladora como hizo ese antes de tomar los engaños; cuarto y quinto fueron de esos toros a los que no se les conceden las mínimas ventajas y pasan al limbo de la calificación. En ese panorama los toreros no acababan de verlo claro, ni mucho menos de apostar y la tarde se iba consumiendo gris, marcera, con esas rachitas de viento que hielan las ideas y entumecen los ánimos del personal, hasta que en el último capítulo se encontraron Garrido y Vivero, ese era el nombre del cierraplaza y todo dio un vuelco. Se acabó la maldición que nos perseguía. Garrido y Fuente Ymbro, que son desde siempre matrimonio bien avenido, pusieron la tarde donde merecía estar.

Lo de Garrido fue un grito de rebeldía. La voz que anunciaba al planeta toro que no anda conformado. En realidad se trata de una forma de crecer de lo más tradicional. Desde siempre los toreros llegaban a Valencia, la primera de primera, ya saben, con las cámaras de televisión mostrando al mundo de lo que es capaz cada cual y los había que se quedaban mudos y los había que les pegaban un empujón a la temporada. Garrido ha sido de estos últimos, habló, fue a última hora, con ese toro Vivero de Fuente Ymbro, como ya hiciese hace dos años cuando abrió la puerta grande y dejó al toreo en estado de alerta. Ayer no la abrió pero que quede claro que por menos la han abierto otros y la seguirán abriendo. Fue una faena larga, quizás en exceso, que nació bajo el hándicap de unas rachas de viento que no parecían traer buenos augurios, pero pronto quedó claro que cuando un torero quiere levantar la voz de verdad, todo cambia. Así que se puso en el sitio, primero sobre la derecha y todo seguido sobre la izquierda, primero más arrebatado, seguidamente con más pausa, con mucho mando, con largura y ligazón, muy hasta el final, respondía el toro ¡y cómo respondía! vibrante, pronto, alegre, y se crecía el torero y ya ni mal de ojo, ni el peso de una tarde plúmbea, nada lo frenaba, nada. El público clamó aquellos naturales arrebatados y mandones. Se había declarado el estado de felicidad, así que Garrido continuaba toreando y el toro embistiendo hasta que el presidente tuvo que llamarles al orden con un aviso. Remató la obra con una estocada y el usía contuvo la euforia a cambio de una bronca por no conceder la segunda oreja. ¿Justa, injustamente?... mañana o pasado se lo diré.

Juan Bautista anduvo lejos de ese Juan Bautista deslumbrante de su reciente ascensión, ni siquiera con la espada; mientras que Daniel Luque no tuvo la tarde que se le va a exigir para volver a donde pensábamos que debía estar. Los dos tuvieron al menos un toro para mayores logros.

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