Ferrera aúna espiritualidad y torería

Antonio Ferrera, ayer, en la plaza de toros de Valencia. / txema rodríguez
Antonio Ferrera, ayer, en la plaza de toros de Valencia. / txema rodríguez

El venezolano Colombo corta una oreja en una interesante corrida de Victoriano del Río | El extremeño da una vuelta al ruedo tras dos avisos y una faena exquisita

JOSÉ LUIS BENLLOCH

Esta feria estaba bendecida. Si usted es agnóstico, diga blindada. El caso es que contra los anti, los grezzi y/o los malos mengues, incluido el viento y las mareas, todos los días ha habido cuestiones de alto nivel artístico. Y hasta suerte, mucha suerte, para, salvo la cornada de Román o la paliza de Ureña -nada para lo que pudo ser-, mantener al equipo médico en el ostracismo laboral. Den gracias a los dioses y al buen fario, pues. Ayer mismamente cogieron a Ginés Marín y a Colombo para matarlos y ambos rodaron por el barro y rebotaron contra el suelo cual pelotas de tenis. Será la juventud. Y hablando de bendiciones y buenas estrellas, ayer hubo, además de suerte, buen toreo. Toreo sentido, de un regusto especial, el de Ferrera, en medio de un diluvio al toro cuarto de la tarde. El toreo de este nuevo Ferrera no es toreo de tiralíneas, tampoco de trazos gruesos o guerras abiertas, es delicadeza, por momentos es un artista en trance de recogimiento, muy metido en una espiritualidad muy torera, quién lo iba a decir, que la espiritualidad fuese compañera de viaje de un torero, pero este Ferrera lo ha conseguido.

Otro logro del extremeño es que el público lo entiende, que lo ve con agrado, lo paladea con fruición en Sevilla, en Madrid o en Valencia como se comprobó ayer. Se habían abierto los cielos y estaba cayendo la lluvia que no había caído en años y la gente clamaba olés desde las nayas, de la primera y de la segunda, refugiados en paraguas o chubasqueros, no hubo deserciones, todos estaban atentos a su toreo. Cada muletazo era un clamor; cada solución a un momento de compromiso, un gesto de asentimiento. ¡Bien, bien! se escuchaba. Era evidente que Ferrera, que cada día tiene más aires manzanaristas, los tenía, nos tenía, cautivados con sus pinceladas, con sus detalles, con su salir y su entrar de la cara del toro. Se lo hizo a un toro de Victoriano del Río, serio y potente, en medio de un barrizal. Pena grande, ahí no llegó la buena fortuna, fue la demora con las armas toricidas. Primero un pinchazo, luego una estocada, luego la resistencia encastada del toro, los bravos no se rinden, a continuación un sinfín de golpes de verduguillo, un aviso, dos avisos, el reloj que avanzaba, nadie podía creer que lo que iba para premio gordo fuese a acabar tan malamente como pudo acabar. Dobló al fin el de Victoriano, el presidente ordenó la vuelta al ruedo al toro sin que los del arrastre se percataran y en medio de la bronca general hubo que ir al desolladero a por Jarretero, así se llamaba el toro, para rendirle los honores póstumos. No digo que no los mereciese, el toro fue espectacular en varas y noble en el último tercio, pero por motivos semejantes e incluso mayores algún colega suyo se fue sin premio en tardes anteriores. Restablecido el orden en el ruedo, es decir arrastrado definitivamente Jarretero, que como todos los lidiados llevaba el hierro de Victorino del Río, Ferrera, a petición del público, dio una ovacionada vuelta al ruedo pasando directamente a la enfermería, donde le atendieron de un golpe en la muñeca. En el que abrió plaza Ferrera no pudo pasar de un buen tono ante un ejemplar que nunca se entregó y acabó poniéndose difícil.

La plaza había registrado un tercio de su aforo. El cambio de Román, la desbandada de forasteros y el clima revuelto y frío, incluida una amenaza de lluvia que se confirmó inmisericorde desde el paseíllo, jugaron a la contra en las taquillas. La corrida de Victoriano, entre los aprobados y rescatados, ¡vaya ferial han montado en los corrales!, tuvieron plaza, también importancia y entereza, sin que necesitasen para ello de gran tonelaje. Con otro piso se hubiesen vistos mejores.

Tras el maestro concurrieron los jóvenes. Marín con etiqueta de firme promesa, con números y notas para opositar directamente al estrellato; y Colombo, muy nuevo y con menos referencias. Ambos acusaron el estado del ruedo y lo desapacible de la tarde pero ninguno de ellos perdió puntos. Me gustó Ginés. A su primero lo toreó espléndidamente de capa, con buen juego de brazos, gustoso y fácil de salida y apostando fuerte en su turno de quites, primero con medio capote, en lo que llaman morelianas de las que salió espectacularmente prendido levantándose como por un resorte para ajustarse en un torero quite por chicuelinas rematadas con media espléndida. Su faena tuvo asiento. El toro tenía más público que verdad y Ginés le aguantó las miradas y los viajes en que venía por dentro. De situaciones así y de soluciones como esas salen los toreros de feria. Luego la espada, la lluvia y la mala suerte le dejaron sin premio mayor. La plaza, mejor el barrizal en que se había convertido el ruedo, y la poca clase del quinto, le dejaron sin opciones en su segundo turno.

Colombo, que no tuvo suerte en su anterior comparecencia con aquella cornada que le privó de tomar la alternativa en Zaragoza, tampoco la tuvo ayer o tuvo suerte dispar. Sí fue suerte buena que se escapase sin daño de una cogida mientras banderilleaba a su primero, un toro de muchos pies, un bravucón que se comía al mundo, hasta que le pudieron. A este le hizo faena valerosa, con mucho corazón, que le valió la única oreja de la tarde tras excelente estocada. Y no tuvo suerte ni por la condición de su lote, ni por la lluvia y lo que era una gran oportunidad la saldó con dignidad. Tendrá que esperar otra ocasión para revalidar.

Fotos

Vídeos