De espaldas al olivar intensivo

VICENTE LLADRÓ

El olivar de la Comunitat Valenciana tiene hasta ahora una importancia que se mide más en términos cualitativos que de cantidad. No somos una potencia productora, desde luego, y muchísimo menos si se compara con la región que es la auténtica ‘gigante’, Andalucía, pero en cambio casi todo el mundo sabe y aprecia que tenemos aceites de una gran calidad, muy reconocidos y buscados por propios y extraños, y no digamos cuando se trata de defender el producto del pueblo de uno. Desde luego, ése es el mejor. Y como la tónica se repite en todos los pueblos, en todas las comarcas, es fácil deducir que tenemos un conjunto aceitero de excepcional condición.

Se trata en gran medida de aceites virgen extra que se obtienen para autoconsumo de las propias familias, que miman sus olivos, recolectan artesanalmente las olivas y las llevan puntualmente a las almazaras más cercanas, en unos casos cooperativas que se fundaron precisamente para eso y siguen cumpliendo su misión; en otros, instalaciones privadas que ofrecen el servicio de molturar y exprimir los frutos, entregan el aceite ya envasado y cobran por ello módicos precios. A veces, del aceite obtenido por un agricultor se hacen partes entre familiares y amigos, o se entregan en pago del servicio a la almazara, que a su vez lo vende a otros clientes que acuden habitualmente a comprar un producto que conocen desde hace tiempo y aprecian por su gran calidad. Muy a menudo se trata de adquisiciones (de aceite propio, de familiares o adquirido) que se calculan según las necesidades de abastecimiento para todo el año.

En términos económicos globales se suele estimar que el olivar tan solo supone un 1% de la producción final agraria de la Comunitat Valenciana. Muy poco, en comparación con la importancia social que tiene en tantos pueblos de la región, entre tan elevado porcentaje de la población local que es fiel a su cultivo y, desde luego, a su consumo. Muy poco, también, si tenemos en cuenta la gran calidad que todo el mundo reconoce, incluidos importadores italianos que, en ocasiones, acaban llevándose, a precios menores de lo deseable, aquellas cantidades que no se han podido -o sabido- comercializar directamente por los limitados cauces domésticos. Pero, sobre todo, ese 1% es mínimo si tenemos en cuenta que el olivar ocupa el 15% de la superficie agrícola cultivada en la Comunitat Valenciana.

¿Por qué tan sensible diferencia? Sin duda por las limitaciones de parcelas pequeñas, terrenos abancalados, cultivos en secano y sin riego de apoyo, dedicación que obligadamente es a tiempo parcial, desprofesionalización, planteamientos artesanales y falta de conexión con modelos más modernos. Todo ello determina rendimientos de producción más reducidos de lo que se podría obtener, y encima desproporcionadamente bajos para los esfuerzos manuales y de inversión realizados.

Hay en el olivar un paralelismo con lo que le pasa al almendro recluido a zonas marginales o que se quedó anclado en estructuras anticuadas. La moda que se extiende por todas partes en ambos casos es la de cultivos intensivos -y superintensivos-, sobre superficies bien dimensionadas y explotaciones con la máxima mecanización en todas las tareas.

Mientras en toda España - y en el resto del mundo- se multiplican grandes fincas de olivos -y de almendros- con estrechos marcos en espaldera y en regadío, que se plantan con máquinas, se podan con máquinas y se recolectan con máquinas (de día o de noche, con lluvia o con viento, haga frío o calor), aquí seguimos dando la espalda olímpicamente a la modernidad que se adueña del sector y confiamos el futuro a la artesanía heredada desde hace generaciones. Que está muy bien, cómo no, y seguirá atendiendo a una demanda local, familiar, de autoconsumo, de proximidad..., pero que no da para competir en igualdad con lo que está creciendo enfrente.

Un 15% de la superficie cultivada no puede limitarse a dar un 1% del valor agrario; esa diferencia debería reducirse vía rendimientos, y la clave está no tanto en el precio, sino en el cultivo intensivo, que puede producir más barato sin reducir la calidad. Y ahí las cooperativas tienen mucho que decir, incentivando actuaciones piloto que pudieran servir de ejemplo cercano para mostrar lo que en otros sitios ya es pauta común.

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