El triunfo de los 'zapasillas'

El triunfo de los 'zapasillas'
/ R.C.
  • Los corredores que empujan sillas con discapacitados conquistan las pruebas populares. «El maratón es una tontería. El nuestro continúa siempre al día siguiente»

El medio maratón de Valencia Trinidad Alfonso, en el que participarán hoy 13.000 atletas, ya tiene ganadores. Sin dar el pistoletazo de salida. No subirán al podio, ni batirán marca alguna. Todos los corredores de fondo temen al 'muro', ese rival invisible que se presenta cuando las piernas han devorado kilómetros y les cuesta llegar hasta la meta. Pero estos atletas y sus familias llevan tiempo derribando su propio muro. En la salida de Valencia estarán hoy 185 voluntarios para empujar las sillas de otros 15 que sufren discapacidad. Con relevos cuando haga falta.

Uno de ellos es Benito Velasco, que volverá a tirar de la silla de su hijo de 19 años, Adrián, que sufre parálisis cerebral. Velasco, un corredor de pruebas populares, decidió hace seis años llevarse a su chico con él. Era una forma de hacer visible la parálisis y reclamar su derecho a ese ocio deportivo que ha conquistado las calles españolas. «Adrián salía de sus rutinas. Notábamos cómo le daba el aire en la cara y se le veía feliz».

Benito integró su experiencia en la Asociación Valenciana de Parálisis Cerebral (Aspace). Empezaron unos pocos en 2012 y el boca a boca fue animando a más. El pasado enero crearon el primer equipo de atletas populares discapacitados en silla de ruedas que se conoce en España. En estos años han ido saltando un muro tras otro. «El año pasado hicimos diez maratones en diez ciudades distintas», destaca orgulloso. La carrera de hoy es un aperitivo del maratón completo que tanto Benito y Adrián como otras familias de Aspace realizarán en noviembre en su ciudad. Junto a otros 30.000 inscritos. «Hoy día el deporte es lo que más socializa a las personas. ¿Se imagina la visibilidad que nos dará todo esto?».

En ese empuje levantino hay un precedente individual. La historia del triatleta y también maratoniano Josele Ferre. Acostumbrado a superar todos los límites deportivos (hizo cuatro veces el Ironman de Lanzarote) la vida le puso ante el más alto: cuidar a su hija María, hoy casi mayor de edad, a la que se detectó el síndrome de Rett, una de esas raras enfermedades congénitas que condenan a la dependencia. «Lloro al verla sonreír cuando corremos juntos», reconocía Josele durante la presentación, hace unos meses, de 'Línea de meta', un documental que narra su historia.

También es de película la lucha sobre el asfalto de José Manuel Roás Triviño y su familia. Hace dos domingos, este profesor de 50 años en un instituto de Sevilla fue el gran triunfador del I Maratón de Burgos. Él y su hijo Pablo (17 años, sufre la enfermedad de West) solo hicieron la mitad de la prueba. Pero el público centró sus gritos de ánimo en ellos. Pablo braceaba y chocaba las manos de niños y adultos.

En su ciudad ya eran una pareja popular. En Sevilla todos los que trotan en las pruebas entonan un grito de ánimo al verles: «¡Vamos, Pablo!». «Siempre me gustó correr -explica el padre-. Pero ahora la cosa solo tiene gracia con él. Sin Pablo no tengo aliciente». El último maratón en febrero y el gesto de felicidad de Pablo al entrar en meta fueron una de las imágenes de la prueba.

A José Manuel no le importa que los calambres le atenacen las piernas o que la silla ralentice lo suyo. «En la vida sí que hay 'muros'. Todos los días y a todas horas. Esto para nosotros es una tontería». Pablo es su cuarto hijo y de su mujer, Maite. En su agenda del día a día nunca hay espacios en blanco. Mientras atiende esta llamada por su casa de Sevilla desfilan el logopeda, detrás el fisioterapeuta... «Es un bebé grande que necesita dedicación todo el día».

«No somos héroes»

Pero, al igual que al resto de la creciente cifra de familias que hacen carreras con sillas de discapacitados, Roás Triviño huye de heroicidades. Reclama que «se nos vea como gente normal, que tiene la suerte de disfrutar con un hijo que te lo da todo y no pide nada». En realidad esta pareja andaluza ya había completado cuatro maratones antes. Su cronómetro en meta se suele parar después de cinco horas de trote. «La carrera siempre es una sorpresa y no hay garantía de nada. Pero que un niño como el mío, que tiene tendencia a quedarse en 'stand by' o aislarse, se ponga a gritar o se ría en la calle es un grado de estimulación brutal». Y lo será aún más si, en breve, cuaja el proyecto de llevar la silla de Pablo a una de las cinco grandes maratones mundiales (Chicago, Boston, Londres, Nueva York o Berlín). Ya lo intentaron sin éxito en Londres, a pesar de su gran tradición con causas solidarias.

Aunque José Manuel y Pablo «vamos por libre» y no se han integrado en colectivo alguno, han sido uno de los ejemplos que han llevado a otras familias sevillanas a crear la asociación Carros de Fuego. Frente a la incomprensión inicial (incluso les expulsaban de las trotadas), este grupo ha logrado que su Ayuntamiento reconozca la Diversidad Funcional Asistida como una categoría más en carrera. «El ocio es una de las grandes carencias de las familias que tienen a un discapacitado. Ahora hemos cambiado de conversación y nuestras aulas no parecen una consulta. Hablamos de atletismo», resume la fundadora de Carros de Fuego, Victoria Abolafio, fisioterapeuta en la ONCE con un 65% de discapacidad visual.

El tirón de esta lucha lo supieron ver Jesús Oliver, experto en marketing, y su socio Alejandro Parreño, ambos deportistas que dedicaban su ocio a correr para lograr fondos solidarios. De ahí surgió Egoísmo Positivo, la conjugación de un oximorón cuya filosofía es que «ya que corremos, movámonos por los demás», resume Oliver. Su gestión profesional de las redes ha amplificado sus logros. Patrocinadores, 'merchandaising', vídeos, más y más voluntarios, carreras por toda España. Ellos también tenían que pedir permiso o preguntar si les dejaban ir a las carreras. «Ahora nos llama gente como Martín Fiz (excampeón mundial) para ir a su maratón en Vitoria». Lo que empezó con seis o siete sillas les lleva hoy a pruebas por todo el país y docenas de sillas. «Hay unos valores detrás y la gente lo ve. Todo el mundo acaba llorando y quiere competir con nosotros», comenta Jesús Oliver. Hasta Francisco I conoce su relato y les recibirá en audiencia privada este miércoles.

La silla también era el gran problema de Elena Arranz, cuya parálisis cerebral le impedía correr con sus hermanos, Pablo y Julio. «Nos criaron con la idea de que los tres somos iguales. No queremos reconocimiento sino poder hacer las mismas cosas», explica Pablo. La familia buscó financiación por 'crowdfunding' con su campaña 'Hacia la meta en Zapasilla'. En 24 horas tenían el doble de lo que habían pedido (mil euros). Cuando Elena pudo por fin correr lo explicó así: «Siento como si volase. Como si me levantara de la silla y corriera». Podrá volver a experimentarlo junto a 30.000 corredores más en la clásica Behobia-San Sebastián en noviembre.

La meta del fondista suele estar bajo un arco con un crono. La de estos atletas y sus familias no para. A José Manuel le suelen preguntar: ¿cuándo es el próximo maratón? «Mañana lunes», responde.