La gran ambición del escritor

  • Esta corriente no se da ni en España ni en Europa. «Es impensable que con 30 años te publiquen un libro de mil páginas», dicen los creadores

  • Una generación de jóvenes autores de EE UU intenta escribir 'la gran novela americana'

Madrid. Un escritor joven, rondando los treinta años y sin haber publicado prácticamente nada antes, abandona un trabajo bien remunerado y se encierra a escribir una novela de dimensiones descomunales que pretende retratar una época. No tiene agente ni compromiso alguno de publicación por parte de ninguna editorial pero durante meses, incluso años, produce páginas y más páginas con decenas de personajes y numerosas tramas. Esta escena es imaginable en un solo país occidental: Estados Unidos. En ningún otro lugar parece darse hoy una ambición literaria semejante entre los autores jóvenes, ese afán por crear lo que el tópico ha bautizado como 'la gran novela americana'. Tópico pero muy real.

La escena con la que arranca este reportaje es real: el escritor se llama Garth Risk Hallberg y sin haber cumplido los 35 años, publicó 'Ciudad en llamas', el relato de lo sucedido a decenas de personajes de toda edad, clase y condición, unidas entre sí por una serie de cruces argumentales, durante los meses previos al gran apagón que sufrió Nueva York en 1977, que derivó en una espiral de violencia incontenible. Pero lo llamativo es que no solo Risk Hallberg se ha enfrentando a un texto de mil páginas de letra apretada. En los últimos años, y únicamente por hablar de los libros que han llegado traducidos hasta nosotros, hay unos cuantos ejemplos similares: ahí están entre otros David Foster Wallace, Donna Tartt, Philip Meyer, Jonathan Franzen y Hanya Yanagihara, que acaba de publicar 'Tan poca vida', otro novelón de un millar de páginas que a través de unos años en la vida de cuatro amigos diagnostica la sociedad estadounidense actual.

«Esta idea de 'la gran novela americana' tiene entidad como concepto y término desde la segunda parte del siglo XIX. Allí se han preocupado por reflejar la identidad cultural del país y además quieren explicar el mundo en el que viven», asegura Juan Milá, editor de Salamandra, que es el sello que publica ahora en castellano a Jonathan Franzen. El concepto ya tiene un origen identificado. Y en cuanto al título fundacional, hay una coincidencia absoluta entre los especialistas consultados: 'Moby Dick', la novela de Herman Melville publicada en 1851 y que tuvo al principio un éxito más bien escaso. A partir de ahí, se ha tejido un hilo conductor que, como recuerda Juan José Lanz, profesor de Literatura de la Universidad del País Vasco, atraviesa la poesía de Walt Whitman y muchas otras novelas, con hitos como 'Manhattan Transfer' de John Dos Passos.

Una constante

Todo ello ha configurado lo que parece una constante de la literatura de aquel país. Con el nuevo siglo ha resurgido, y con una fuerza quizá superior. Tanto que, como dice no sin ironía Hanya Yanagihara, «da la impresión de que en EE UU se publica una 'gran novela americana' cada temporada». «Todo escritor americano lleva en los genes ese afán por conseguirlo. Es una fiebre que les ataca a todos en algún momento porque es un país muy patriótico», sostiene el crítico, editor y novelista José María Guelbenzu. Ahí puede estar una de las claves. «Estados Unidos necesita historia y también novela, porque mantienen el fetichismo del género. Aquí quizá se cumplió eso ya en el siglo XIX», añade Guelbenzu.

Eso justifica que el fenómeno sea sobre todo estadounidense, pero con seguridad hay más razones. De entrada, llama la atención que cuando un autor europeo y más específicamente español intenta algo parecido -lo que tampoco es habitual- se encuentre ya en su madurez. Si repasamos nombres de la literatura española, van apareciendo los de Manuel Longares, Almudena Grandes, Javier Marías, Julián Ríos o incluso Rafael Chirbes.

¿Por qué los autores que están aquí en el inicio de su carrera no lo intentan? Natalia Vara, profesora de Teoría de la Literatura de la Universidad del País Vasco, apunta al mercado y al propio sector editorial en su conjunto. «Nadie ve claro que un jovencito pueda hacer algo así. Puede que la estrategia sea una fragmentación de la realidad de manera que esa visión global que los estadounidenses intentan en una sola obra aquí la ofrezcan entre todos mediante visiones más parciales».

No todos comparten esa visión. «Un empeño así requiere una disciplina y un esfuerzo sostenidos, no solo talento. Aquí todo se resuelve en períodos más cortos», dice Milá. «Los autores jóvenes no tienen paciencia para algo así. Y no hay ambición de crear una novela. Solo de ser escritor, y gracias», matiza Guelbenzu. A su juicio, «a los 30 años los autores solo piensan en abrirse camino. Ninguno cree que les publicarían un novelón de mil páginas», añade. Y aquí surge una discrepancia, o quizá sea un problema de percepción, porque Milá, que tiene la experiencia de Salamandra, asegura que en las editoriales españolas es más habitual rechazar originales por excesivamente breves que por demasiado largos.

Cambiemos el punto de vista. ¿Tiene sentido pensar que los lectores no aceptarían una novela de autor español de mil páginas cuando leen traducciones de esas dimensiones? Un repaso a las listas de libros más vendidos de los últimos años revela que en general están encabezadas por obras que compiten al peso con los clásicos de la literatura rusa del XIX: ahí están títulos de Julia Navarro o Ken Follet, entre otros muchos, para avalar esta afirmación. El problema aparece cuando se mira fuera de la 'literatura de género', de lo que Vara califica de «lectura fácil, de entretenimiento rápido o intriga». Si se pone el foco en novelas que abordan temas más complejos con una estructura narrativa más sofisticada, hay que dejar a un lado las relaciones de best sellers.

De todos modos, España no es una isla en esta cuestión. Tampoco en Europa abundan las novelas de ambición desmedida. «Después de Joyce, Mann y Musil, todo se vino un poco abajo en ese sentido. Puede que haya influido el mercado, un cierto agotamiento del modelo», recuerda Lanz. Son excepciones contadas, como el ciclo de novela memorialística 'Mi lucha' de Knausgard, seis tomos que suman alrededor de 3.500 páginas y lo convierten en «el Proust de hoy», según Vara. ¿Alguien imagina algo así entre nosotros hoy?