opinión

¿Se desinfla el populismo?

Las dos sorpresas que nos han dejado las urnas el domingo van a tener sin duda efectos inmediatos y seguramente consecuencias futuras. La remontada del PP, a pesar de estar aún muy lejos de la mayoría que necesita para gobernar, le proporciona un argumento más contundente a la hora de negociar la investidura. Lo completa el hecho de que el PSOE, que sigue siendo su principal adversario, lejos de acortar distancias, las haya incrementado también con su propia pérdida de cinco diputados.

Pero pensando en el futuro, con el bipartidismo lejos de estar desahuciado, la principal sorpresa para el ciudadano que sigue la política sin profundizar, es el fracaso de Podemos. Aunque ha conseguido una excelente representación, se queda muy lejos de lo que estaba esperando, relegado de nuevo al tercer puesto y con una baza, la coalición con Izquierda Unida, frustrada. Lejos de capitalizar la integración de sus candidaturas, lo único que ha conseguido es perder más de un millón de votos. Para los expertos esto no es tan inesperado. En primer lugar, porque aunque Podemos e IU son dos partidos de izquierdas, con fuertes raíces marxistas, todo lo demás, desde la solera política hasta la mística revolucionaria distinta, dificultan su entendimiento. Izquierda Unida se sustenta en unos ancestros comunistas que no es fácil que se confundan con el populismo ‘pijo’ y frívolo de Podemos. Izquierda Unida, el partido más castigado por la ley D’Hondt hasta hoy no parece vender sus esencias para evitarlo.

Podemos no es un partido, es un movimiento que agrupa a una larga ristra de confluencias y organizaciones, unidos por el rechazo a un sistema y la coyuntura de una crisis gestionada teniendo en cuenta sólo los intereses de algunos. Como partido aún carece de coherencia, de una ideología clara, de unión de criterio en su variedad, de disciplina interna y de pragmatismo político. La demagogia, además, les traiciona ante las clases sociales más realistas. Su éxito fulgurante es de los que hacen prever que la caída será inevitable y hasta rápida.

Hasta ahora Podemos disfrutó de mucha suerte, desde el momento en que consiguió capitalizar las protestas contra los recortes que el PSOE y la propia IU no supieron expresar su éxito se reveló fulgurante. Pero creció sin sedimentarse y la suerte lo acompañó en una sucesión de elecciones entre las cuales faltó tiempo para que sus expectativas comenzasen a enfrentarse con la verdad y sus líderes a poner los pies en un suelo movedizo. Pronosticar que el declive ha empezado es arriesgado y quizás prematuro, pero no temerario.