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Elecciones EEUU
Un seguidor de Donald Trump, con una diana sobre Clinton.
Un seguidor de Donald Trump, con una diana sobre Clinton. / Afp

¿Y ahora, qué?

  • La victoria de Donald Trump en las elecciones de EE UU dibuja un escenario social, político y económico perturbador

El índice Dow Jones ha encadenado diez caídas, atribuidas al miedo que provocaba una victoria de Donald Trump. Podría deducirse que el mercado temía la política económica del candidato, quizá, su política en general, o tal vez recele del individuo mismo y los discutibles recursos que posee para gobernar la primera potencia del planeta. De hecho, en la madrugada del miércoles los mercados de medio mundo caían con fuerza a medida que los resultados electorales en Estados Unidos daban más opciones al candidato republicano.

Las especulaciones sobre el mandato del republicano resultan perturbadoras y no sólo en el ámbito bursátil. Estados Unidos, según Trump, podría convertirse en un escenario político complejo dada la división del Partido Republicano y su propia volubilidad. A grosso modo, su mensaje nacionalista y proteccionista dibuja un Gobierno que debería luchar contracorriente y, probablemente, asumir profundas discrepancias internas, dada la escasa coherencia de un discurso populista, o rendirse ante la imposibilidad de cambiar los flujos en una economía tan liberalizada. En cualquier caso, el reto es enorme, ya que su objetivo de desarrollo radica en expandir la producción interna estadounidense a costa de gravar las importaciones y, en suma, frenar el proceso de globalización.

El ya presidente de EE UU se antoja la Reina Roja de Corazones en el País de las Maravillas, la que pedía la cabeza de aquel que robaba sus tartas, pero, en este caso, Trump reclama culpables, de la misma manera atropellada e indiscriminada, para el desafuero de la deuda pública o el declive industrial del país. Cuando jure su cargo, las víctimas foráneas y las consiguientes tensiones políticas se multiplicarían. Entre los presuntos sospechosos se encuentran la Organización Mundial del Comercio, que califica como desastrosa; el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el Trans-Pacífico o el TTIP con Europa.

Revisión de tratados

La Casa Blanca, en principio, estaría dispuesta a revisar todos estos acuerdos e, incluso, revertir procesos de larga duración. Así, frente a las políticas de reducción arancelaria de Barack Obama, el empresario se muestra partidario de incrementar significativamente las tasas a los productos procedentes de China o México. Su política de alianzas también se halla condicionada por su lema de ‘Estados Unidos, primero’ y el fin de ese dispendio que denuncia. A ese respecto, pretende que sus socios de la OTAN aporten más fondos a la causa común y está dispuesto a menguar las sustanciales ayudas económicas que ofrece a los regímenes amigos en áreas geopolíticas sensibles. Sus dotes diplomáticas se manifiestan en el vídeo ‘Bienvenido al Estado Islámico de Alemania’, que critica la política de asilo de la canciller Angela Merkel.

El sentimiento antiamericano, siempre latente, puede aflorar virulentamente con los postulados de Trump, contrario a la implementación de medidas radicales para luchar contra el cambio climático. El político duda de que los gases de efecto invernadero provoquen la transformación del planeta, mientras que sostiene que las vacunas generan autismo en una línea de pensamiento sui generis que parece vincularlo con el presidente sudafricano, Jacob Zuma. El inevitable repudio ecologista parece inevitable si pone en marcha su anunciada política de autonomía energética, apoyada en medidas como el fracking, la dudosa incentivación de la industria del carbón o postulados tan sorprendentes, y peligrosos, como la toma de los yacimientos iraquíes en compensación del gasto bélico en Oriente Medio.

Pero el nuevo presidente de EE UU no aspira sólo a erigir fronteras virtuales, sino también reales. El muro que pretende levantar junto al Río Grande estaría destinado a frenar la emigración, a la que también quiere combatir reduciendo el número de visas, triplicando los cuerpos de seguridad y utilizando deportaciones masivas. La indefensión del colectivo latino, el más perjudicado, aumentaría exponencialmente al instante.

Las hormigoneras volverían a amasar rápida y eficazmente con Trump. El candidato plantea un ‘New Deal’, como el llevado a cabo por Roosevelt durante la Gran Depresión, para la América negra. Los desórdenes provocados por la represión policial, a menudo fruto de la muerte injustificable de algún ciudadano negro, enmascaran una situación social enquistada. Una ambiciosa política de renovación de las infraestructuras aspira a fomentar la producción y el empleo entre los grupos más débiles.

Los apoyos

Ahora bien, la desigualdad de ingresos no sólo se rige por el color de la piel, sino también por el devenir económico. La promoción de la industria local o el gravamen de los productos extranjeros son guiños a ese 15% de la población que sobrevive bajo el índice de pobreza, un porcentaje prácticamente inalterado desde los tiempos del Crack de 1929. Los apoyos de Trump en la denominada ‘white trash’, los blancos pobres de la deprimida periferia urbana asolada por la ruina fabril y las zonas rurales menos favorecidas por el comercio de materias primas, son tan importantes como sus viveros de votos en el ‘Bible belt’, el cinturón evangélico del sudoeste, o los privilegiados círculos conservadores de alto nivel.

La cuadratura del círculo se antoja imposible. La Administración republicana aspira a implementar medidas de expansión del gasto público en materia de obras públicas y gasto militar a costa, previsiblemente, de otros de tipo social en los ámbitos sanitario y educativo, reducir impuestos y equilibrar el presupuesto. El gabinete de Trump también sostiene otros propósitos, no menos inquietantes, como el desmantelamiento de la ley Dodd-Frank, destinada a impedir fenómenos como la recesión de 2007 y los rescates de entidades financieras.

El futuro bajo Trump se prevé tumultuoso, imprevisible, distópico, según opiniones tan diversas como Lady Gagá, George Clooney, Kate Perry y 370 economistas, incluidos ocho premios Nobel. Ahora solo queda esperar si se cumplen los peores augurios