El mito de la huerta feraz

Escombros. Basura variada en l'Horta de Valencia capital junto a un campo sembrado de patatas. / J. Signes
Escombros. Basura variada en l'Horta de Valencia capital junto a un campo sembrado de patatas. / J. Signes

Muchos cultivos hace tiempo que ya no son posibles por culpa de enfermedades

VICENTE LLADRÓVALENCIA.

Aquella imagen idílica de l'Horta de Valencia como una tierra feraz, que daba tres cosechas al año, pasó a la historia por diversas circunstancias. La siguen recordando rapsodas en justas florales como si continuara vigente, pero la realidad es bien distinta, lamentablemente; se esfumaron aquellas glorias, aunque perviva el mito.

En l'Horta Sud y Oest proliferan los campos abandonados, plagados de malezas, escombros y basuras, y abundan las alquerías deshabitadas, reventadas y semidestruidas. En estas zonas es palpable que está profundamente desmembrada la estructura productiva; algunos campos que aún se cultivan se entrelazan con profusión de otros muchos que llevan años sin cultivarse. El abandono se aprecia también en las acequias deshechas o cubiertas de porquería, en los viejos motores de riego desguazados, y al paseante que se aventura por los caminos circundados de desperdicios se le hunde el alma bajo los pies

En l'Horta Nord que queda a salvo pervive en gran medida el paisaje de mosaicos de verdes que tanto se ha ensalzado históricamente y que sigue siendo fuente de inspiración de teóricos sobre el papel. Sin embargo no se suele profundizar en lo que se está cociendo debajo. Al igual que al sur de Valencia, en l'Horta Nord hace décadas que dejaron de ser viables muchos cultivos que eran su base económica. Hace mucho tiempo que no se pueden cultivar melones, ni tomates al aire libre. Los matan la contaminación y los virus. Tampoco se ven pimientos, ni judías verdes en verano, cuando fueron producciones tan típicas. Y las sandías están en franco retroceso.

La tierra está cansada, dicen los labradores. Los técnicos hablan de enfermedades. La cuestión es que se va ampliando el listado de producciones que ya no pueden darse en l'Horta. En unos casos, por razones agronómicas; en otros, por motivos económicos. Hubo un tiempo en que Inglaterra y Alemania celebraba la llegada de las patatas tempranas de Valencia; hoy no las conocen ni los propios consumidores valencianos y la consecuencia es que, cada primavera, los productores de patatas de l'Horta sufren precios bajísimos, con lo que la superficie no para de caer. El año pasado se tuvieron que destruir en los campos gran parte de las cosechas de patatas y cebollas porque no había precio. De una sola finca de La Mancha pueden llegar hoy al mercado más cebollas que de toda l'Horta; y a menor coste, claro.

Un agricultor de l'Horta Nord tritura con su tractor la cosecha de cebollas que no ha podido vender.
Un agricultor de l'Horta Nord tritura con su tractor la cosecha de cebollas que no ha podido vender. / Héctor Alepuz/AVA

Las cosas han cambiado profundamente en las últimas tres o cuatro décadas. Hace mucho tiempo que ya no existen los pequeños comerciantes clásicos que había en cada pueblo, a cuyos almacenes llevaban los agricultores a diario sus pequeñas cosechas de temporada: alcachofas, coles, lechugas... en invierno; tomates, pimientos, judías verdes, melones, sandías... en verano. Grupos de mujeres encajaban el género recién recolectado y se cargaba enseguida en camiones que venían de Madrid, Barcelona, San Sebastián, Jaén... y regresaban enseguida para abastecer de madrugada los mercados de abastos de sus ciudades. Todo eso se esfumó. Cerraron aquellos comerciantes. Llegaron las cadenas de supermercados con sus centrales de compras, la producción hortícola se trasladó a Murcia, Almería... Hasta Albacete, Cuenca... Grandes fincas tecnificadas y nuevos regadíos suplieron a la vieja huerta valenciana del minifundio.

L'Horta quedó estancada, perdió su antigua estampa de primor que abastecía a toda España; encima se morían los cultivos habituales, las explotaciones se quedaron en el marco minifundista de siempre, no se optó por resistir juntando parcelas y se entró en franco declive. L'Horta Nord aún aguanta en parte por la exclusividad de la chufa (de momento). Eso la diferencia de l'Horta Sud, donde es más acusado el deterioro.

Un triste panorama marcado por la ausencia de rentabilidad en general, que determina la sucesión de abandonos y la paulatina destrucción de este ámbito tan emblemático, lo que sin duda pone muy en cuestión los planes de protección que impulsa el Consell, a través de la ley de l'Horta y su posterior desarrollo. El Plan de Acción Territorial (ordenación del territorio) ha sido muy contestado; falta ver qué depara el Plan Agrario que empieza a prepararse, si hay capacidad de maniobra para proponer salidas que puedan aportar cambios singulares. Para empezar se podría limpiar todo lo que afea el entorno y poner más vigilancia para evitar vertidos y sancionar a quienes se empeñan tirar escombros y basura en los campos.

La maleza crece en una parcela abandonada de l'Horta Sud.
La maleza crece en una parcela abandonada de l'Horta Sud. / V. Lladró

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