REGULAR O NO LOS GIGANTES TECNOLÓGICOS, ESA ES LA CUESTIÓN

A pesar de los prodigios terrenales y espaciales de Silicon Valley, crecen las voces que reclaman la intervención de los poderes públicos para limitar su dimensión

BORJA BERGARECHE

Hace unos días, el comité de Cultura y Asuntos Digitales del Parlamento británico trasladó a Washington las sesiones de su comisión de investigación sobre la presunta interferencia rusa en el referéndum del 'brexit'. Querían interrogar a los máximos directivos de las grandes empresas tecnológicas. Y, a pesar de la polémica por los 40.000 euros que ha costado el desplazamiento trasatlántico de once diputados, optaron por un duelo de narrativas a medio camino entre Silicon Valley y Westminster. «Empleamos a más de 10.000 personas para asegurarnos de que nadie abusa de los buscadores de Google», dijo su responsable de Noticias, Richard Gingras. «Invertimos decenas de millones de dólares en seguridad», defendió la responsable de Asuntos Públicos de Youtube, Juniper Downs. Pero el disfraz de cordero ha dejado de servir de capa mágica a los gigantes californianos, sospechosos ahora de incentivar con sus negocios de distribución algorítmica de la información un mundo distópico en el que ganan los malos (señores con acento ruso, como en el cine clásico).

«¿Cuánto gana Youtube?», replicó a la ejecutiva de Youtube Damian Collins, el presidente 'tory' de la comisión. Respondió él mismo: unos 10.000 millones de dólares en ingresos publicitarios anuales. Y zanjó: «Invertir un 0,1% de esa cifra en seguridad es como poner una tirita de plástico en una herida sangrante». El halo de filantropía digital con el que las grandes empresas tecnológicas irrumpieron en nuestras vidas -«Haz el bien» era el lema fundacional de Google- se ha colorado ahora de sospecha y resentimiento. Y emerge un movimiento de reacción que, sin dejar de admirar como consumidores la energía innovadora de sus productos, debate sin tapujos la posibilidad de regular el llamado GAFA (acrónimo de Google, Apple, Facebook y Amazon). Lo resumió bien James Harding, exdirector de BBC News y del diario The Times, en un coloquio que mantuvimos recientemente en Madrid a su vuelta de Davos: «Los políticos, que hasta hace nada han agasajado a los gigantes tecnológicos, comienzan a virar; los medios de comunicación están, en mayor o menor medida, en pie de guerra; incluso directivos de empresas como Facebook o Uber te dicen que viene una ola de regulación».

Es la gran cuestión de nuestro tiempo. Pero las dificultades de la tarea son enormes, y economistas y expertos en derecho de la competencia no se ponen de acuerdo. Es Amazon quizás quien mejor explica estas dificultades, y todo lo que nos jugamos como sociedad. La compañía de Bezos ha superado este mes en valor bursátil a Microsoft y es ya la tercera del mundo por detrás de Apple y Google (Facebook es la quinta). Su plataforma online es una gigantesca tienda con 400 millones de productos diferentes. La mera noción de tocarla con la mano de la ley asusta. Pero, como afirma el 'gurú' económico británico Tim Harford, si Amazon es una empresa tan maravillosa, ¿no sería mejor que haya dos?

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