Las Provincias

Pozos de misterio

Antonio Sanz se concentra con su péndulo en una finca de albaricoques de Moixent que necesita riego. :: txema rodríguez
Antonio Sanz se concentra con su péndulo en una finca de albaricoques de Moixent que necesita riego. :: txema rodríguez
  • El estudio de los mapas hidrogeológicos se combina con la destreza en interpretar lo que 'marcan' las varillas y el péndulo

  • Antonio Sanz aúna sus dotes de zahorí con conocimientos técnicos para buscar el agua subterránea

Antonio avanza a ritmo pausado pero con firmeza entre las hileras de albaricoqueros. Sujeta con las manos dos varillas metálicas que se unen en una sola punta y forman casi una 'y' griega. Es su herramienta para encontrar corrientes subterráneas de agua. Luego cogerá el péndulo para intuir la profundidad y el caudal del posible pozo. Varillas y péndulo son las 'armas' clásicas del zahorí, el especialista en buscar agua en el subsuelo, un oficio rodeado de cierto misterio que se basa en la interpretación personal de sensaciones cuando se está en plena tarea.

Antonio Sanz Tomás asume que esas características aparentemente ocultas o esotéricas de su actividad como zahorí hacen que sea éste un oficio que mueve controversias. Unos confían plenamente en las virtudes supuestas de quien maneja las varas y el péndulo y otros -los menos-, sin embargo, las rechazan por considerar que es algo poco científico. Sin embargo, hasta quienes no acaban de creerse la valía predictiva de un zahorí y recalan en la ciencia hidrogeológica, a la hora de la verdad, cuando se juegan la inversión en un pozo y la suerte de encontrar o no el agua soñada, acaban confiando en combinar ambas cosas, por si acaso.

Curiosamente, el propio Antonio Sanz es viva demostración de esta mezcla, porque combina sus dotes de zahorí con los conocimientos técnicos, basados en las investigaciones del Instituto Geológico y Minero de España y también en viejos mapas militares sobre masas de agua subterránea, así como en la experiencia acumulada sobre el terreno.

Estamos en una finca agrícola de Moixent. Su dueño, Julio Amigó, quiere saber si hay agua y si le resultaría rentable arriesgarse en perforar un pozo para mejorar los rendimientos de la explotación agrícola. Sobre todo le interesa regar la plantación de albaricoqueros, porque en estos momentos es de interés producir esta fruta. Hay demanda de albaricoques y se pagan bien, pero si no se dispone de agua para regar, con tanta sequía acumulada, las cosechas son bajas, como los calibres de la fruta, y la producción deja de ser rentable. La sequedad del terreno, además de influir en un menor desarrollo del árbol y de la fruta, favorece los ataques del 'gusano cabezudo'; aumentan las bajas, y encima se hace difícil reponerlas, porque, sin riego, los plantones no van y acaban siendo víctimas propiciatorias de otra plaga que va a más: los conejos. Hay tantos que hasta han perdido su acreditada timidez. Se nos cruzan por los caminos sin rubor y vigilan nuestras evoluciones desde la orilla de la pinada. Los cazadores se van a poner las botas.

Dos corrientes

Antonio nos ha explicado someramente que allí mismo, sobre el campo de albaricoqueros, hay dos corrientes de agua que se cruzan. Con las varillas busca la primera. Cuando la pilla, las varas se levantan de manera sorprendente. «Aquí está», comenta, y la sigue. Luego se pone a indagar la segunda, traza su trayectoria y señala el punto donde se cruzan, que en principio debe ser donde, llegado su momento, situará la gran máquina perforadora, una especie de taladro gigantesco que horadará el terreno hasta la profundidad que el técnico considere más adecuado.

A Julio le gustaría, naturalmente, encontrar un gran caudal, pero dada la precariedad general y la sequía creciente, se conformaría con tener suficiente agua para la casa y el riego de los frutales. El resto de la finca seguiría destinado al girasol y el cereal, confiando en lo que caiga directamente del cielo.

Antes de proseguir con el péndulo, Antonio da a probar a los concurrentes con las varillas. Su amigo Rafael Tormo, que le acompaña, ya está más que acostumbrado a no notar nada. Otros desistimos por lo mismo. Julio se atreve, pero las varillas se quedan quietas cuando se sitúa sobre la vertical de una de las teórica corriente. Entonces se pone Antonio a su lado, le coge de un brazo y se opera el prodigio: las varillas se colocan tiesas de repente y Julio no cabe de alborozo. ¡Funciona!

Antonio Sanz comenzó de chico a ver si tenía algo de zahorí por su tía María, que lo era. Comprobó que había heredado esa especie de don y desde entonces se dedica a buscar y hacer pozos. Primero en La Font de la Figuera, su pueblo, que está allí al lado, luego en otras localidades de la comarca, y poco a poco más allá, para extenderse por toda la región y media España. Cuenta hallazgos notabilísimos donde otros no creían que hubiera agua, como en Benidorm, Terra Mítica, Xàbia, Dènia, Villena, Enguera, Banyeres..., y dice que al menos ha acertado en un 90% a lo largo de toda su vida, gracias sobre todo a que combina la práctica de zahorí con la técnica y los mapas.

La profundidad

El zahorí coge el péndulo y busca la confluencia de las dos corrientes. El péndulo se pone a oscilar y el zahorí anuncia que «cada vuelta, un metro». Todos guardamos silencio y ponemos nuestras miradas sobre el metal que empieza a dar vueltas frenéticas y sobre la mano de Antonio, por si notásemos algún leve movimiento que empujara el cordel. Pero nada. La mano, las puntas de los dedos que sujetan el hilo, están tan firmemente quietos, como todo el cuerpo de Antonio, concentrado en la operación, y contando. Nosotros hemos intentado seguir las pautas, pero nos hemos descontado cuando ya íbamos por los ciento veinte. Ahora vemos que el péndulo baja el ritmo, cae de vueltas y al final se detiene.

El zahorí vuelve a estar con nosotros y da su diagnóstico: a 140 o 150 metros de profundidad, un caudal de al menos tres o cuatro litros por segundo. Lo más probable es que será suficiente para las aspiraciones y necesidades principales de Julio, quien, si se decide a dar el visto bueno, no tendrá que preocuparse del papeleo. Antonio Sanz se encarga de gestionar todas las autorizaciones para poder perforar y traerá la máquina. Además, con los mapas en ristre, aclara que ya ha realizado estudios en otros puntos de la finca y que ahora afinará todavía más para decidir el punto que considere mejor, donde vea mayor coincidencia entre lo que le 'dicen' las varillas y lo que indica la documentación técnica de los estudios hidrogeológicos. Julio está dispuesto. Sólo queda esperar a la perforadora y a que se cumpa el vaticinio.