Las Provincias

Hundimiento de precios en el sector citrícola

  • La presión a la baja de las cadenas comerciales sumen en una situación ruinosa al sector productor, incapaz de reaccionar

  • La mayor parte de las naranjas se venden a entre 8 y 15 céntimos en el campo

Lo que queda de la cosecha de naranjas de la variedad Navelina, mayoritaria en muchas zonas productoras y en la primera parte de la campaña citrícola, se está saldando a 8 o 9 céntimos el kilo en el campo. Sólo en casos muy excepcionales se llega a 10 o algo más. En cualquier caso, estamos hablando de precios totalmente ruinosos, que un año más acarrean fuertes pérdidas para los agricultores.

Pero el caso de la Navelina no es aislado. La Nável, que antaño fue la reina, vive sus últimos tiempos, con cotizaciones similares y total desgana compradora. La mayor parte de las firmas comercializadoras se están pasando directamente a la recolección de Lane Late porque le ven mejor condición, presencia y aguante, pero no por ello se alarga el precio en consonancia. Apenas se paga un poco más. Unos 15 céntimos, quizá 16 o 17... Nada que ver con aquellos 40-47 céntimos el kilo (5 o 6 euros la arroba) de los primeros años de esta variedad, que, proveniente de Australia, llegó a la citricultura española con la vitola de gran estrella, para quedar sumida años después en la vulgaridad general que invade todo el sector naranjero español, totalmente incapaz de reaccionar ante una situación ruinosa que extiende cada vez más negros nubarrones.

Y eso que estamos hablando de un sector que todavía mantiene una posición de liderazgo mundial en la producción y exportación de cítricos en fresco. Pero es un líder que parece ya con los pies de barro, sumido en la pasividad general y en la lejana confianza de que se presente algún milagro por la gracia providencial.

Buena parte de la producción naranjera está acabando, sin mejor remedio, en la industria de zumos, a través de una tupida red de centros de recepción de la fruta que pagan a razón de 1,30 euros el cajón de 20 kilos. Es decir, a 6,50 el kilo. Al parecer, suficiente para que un recolector pueda sacarse un pequeño jornal recogiendo del campo lo que no encuentra mejor acomodo. Sea suyo o de otros, que de todo hay, y la vigilancia de la trazabilidad brilla aquí por su ausencia. Pero se sacan solamente el jornal, no queda ni un céntimo para afrontar nuevos gastos de producción de la siguiente cosecha.

El deterioro que campa en la citricultura llega a tal nivel que naranjas que tuvieron gran predicamento, como la Navelate (sin duda la de más calidad del mundo) no se paga mejor que el resto, apenas la quinta parte de lo que valía hace casi medio siglo. El mercado ya no la valora, pese a ser la mejor, ni la reconoce en absoluto. Y del mismo modo se desprecia a la Salustiana, que tuvo sus clientes que la preferían en muchos países y la buscaban los compradores al reconocerla como la más adecuada para hacer zumo en casa. Ahora, en cambio, nada, perece arrastrada por la vulgarización general.

En el centro del problema está la creciente presión a la baja de las cadenas de distribución comercial, empeñadas en conseguir a toda costa precios más bajos de compra. Y sin duda lo consiguen porque, al mismo tiempo, hay una oferta que se muestra excedentaria, al menos en las formas y estrategias, mientras que el sector productor se muestra incapaz de reaccionar para defender lo suyo. No hay publicidad, ni intentos de promocionar el consumo y dignificar el producto; ninguna iniciativa que busque informar y formar sobre las diferentes variedades en cada momento, la defensa del sabor... Pasividad total, como si no ocurriera nada.

Y lo mismo que sufren las naranjas ocurre en las mandarinas, salvo las privilegiadas que cuentan con la protección de la exclusividad de patentes y la consiguiente limitación de la producción (por ahora). Ahí, la Nadorcott o la Tango se cotizan a 70 u 80 céntimos el kilo, o más. Y la escasa Orri a 90 o incluso el euro. Pero al mismo tiempo se ven por todas partes campos de clementinas que se han quedado sin recolectar, o solo se han recogido en parte, y el resto pende de los árboles o caen al suelo.

Funcionó regularmente bien la campaña de las clementinas en los primeros meses, hasta que llegaron algunas lluvias y estropearon (por pixat o clavillet) una parte de la cosecha. Lo que implicó que se complicaran las cosas para todo lo que quedaba. Ni siquiera cuando ocurren estas cosas se beneficia la producción que se salva; se hunde toda.