Las Provincias

Una palmera se salva tres veces del picudo rojo

Un agricultor con un caballo de tiro junto a la palmera más alta de Ca Badía, con su penacho reverdecido entre palmas secas.
Un agricultor con un caballo de tiro junto a la palmera más alta de Ca Badía, con su penacho reverdecido entre palmas secas. / DAMIÁN TORRES
  • El coraje de Vicente Ferriol permite 'resucitar' un ejemplar emblemático de la alquería Badía, en la huerta de Poble Nou

A la palmera más alta de la alquería Badía, en la huerta de Poble Nou, le ha reverdecido otra vez un penacho de nuevas palmas que brotan de su núcleo central. Es, como mínimo, la tercera vez que le ocurre tal prodigio al mismo ejemplar emblemático, que ha podido salvarse del picudo rojo gracias al coraje y la perseverancia de su dueño, Vicente Ferriol, un labrador que sigue fiel a las tradiciones huertanas y se esfuerza en tratar periódicamente sus palmeras.

Ferriol está orgulloso de sus palmeras, que lucen frente a la alquería familiar, que mantiene bien cuidada, y dispone de varios caballos percherones que utiliza a veces en tareas de labranza y en concursos de tiro y arrastre.

Desde la ronda norte que circunda el casco urbano de Valencia son bien visibles estas palmeras, al igual que la alquería, que resalta por su bella estampa y la blancura de cal. Cualquiera que transite por dicha vía de intenso tráfico habrá podido observar su evolución en los últimos tiempos, como de otros elementos de este pedazo de huerta auténtica que queda a salvo.

Sobre los muros de alquerías y almacenes se suceden a menudo grafitis, con los que autores anónimos decoran a su gusto espacios ajenos, y nuevas manos de pintura con las que los agricultores restablecen la imagen de normalidad huertana en sus propiedades.

De igual modo habrán podido comprobar los más observadores que estas dos palmeras de Ca Badía han atravesado malos momentos, atacadas por la plaga del picudo rojo, y cuando parecía seguro que sucumbían, se las ha visto renacer.

Cada dos semanas

A la más pequeña, que tiene cerca de 80 años, le ha ocurrido dos veces y ha resurgido. La más alta, que según su dueño debe pasar los 120 años, ha podido resistir tres ataques. El último parecía ya definitivo; el penacho de palmas se secó por completo y, dada la experiencia de otros casos similares, todo parecía indicar que quedaba abocada a un fatal desenlace sin remedio.

Sin embargo, hace poco comenzaron a hacerse visibles, en lo más alto, nuevas palmas reverdecidas, que siguen creciendo día a día y aseguran una nueva y sorprendente cura.

El mérito de hacerlas resucitar es de su propietario, Vicente Ferriol, que las trata con el insecticida 'imidacloprid' cada dos semanas, todo el año, y ha persistido en ello «incluso cuando las he visto secarse». Su perseverancia ha sido sin duda esencial para permitir su salvación, casi milagrosa, y eso que le cuesta bastante dinero.

Para poder realizar aplicaciones eficaces del insecticida, Vicente instaló hace tiempo tubos de plástico desde la base hasta la copa de las palmeras. A esos tubos 'enchufa' periódicamente la máquina de pulverizar y bombea el caldo insecticida, que se derrama allá arriba, donde las hembras del picudo hacen las puestas y crecen las larvas, que son las que penetran en el interior del árbol y lo destrozan con sus galerías.

No obstante, para mantenerlas en orden ha de contratar periódicamente a especialistas que se encaraman en lo alto, recortan ramas secas y prolongan los tubos. Todo ello a costa del dueño. A cambio, la satisfacción de mantener a salvo las palmeras, a base de coraje y esfuerzo.