Las Provincias

Se acaba la hucha, cobrará la pensión

Pensionistas leen la prensa en un parque. :: L. A. Gómez
Pensionistas leen la prensa en un parque. :: L. A. Gómez
  • El problema radica en determinar qué nivel de prestaciones nos podemos permitir

La semana pasada, el gobierno envió a Bruselas sus cálculos sobre la evolución de la Seguridad Social y lo hizo de manera excesivamente abrupta y alarmante al señalar, sin matices, que la famosa hucha de las pensiones terminaba sus días, por agotamiento, a finales del próximo ejercicio. Como no era difícil de adivinar, fueron muchos los que interpretaron esto de manera dramática al suponer que las pensiones quedarían poco menos que suspendidas en el mismo momento en que se produjera tan funesto acontecimiento.

La realidad es muy diferente. El hecho, nada agradable por cierto, de que los ahorros acaparados durante la época de la bonanza desaprensiva se vayan a disipar en poco más de un año, tan solo significa que los cimientos del edificio que sostiene a las pensiones se tambalea y necesita un refuerzo urgente.

Ya sabe que el sistema hace aguas por culpa de la conjunción de una serie de fuerzas que, todas ellas, juegan a la contra. La esperanza de vida se ha alargado de manera sensible (¡que buena noticia!), pero los trabajadores tan solo hemos consentido en demorar unos pocos meses la edad de jubilación. Es decir, con carácter muy general, la gente cobra la pensión durante más años. Por otra parte, las pensiones de los que dejan de cotizar y empiezan a cobrar son mucho mayores que las cotizaciones de los empiezan a pagar al sistema. Y luego hemos tenido una crisis demasiado larga que ha arrasado con el empleo creando una bolsa enorme de parados que cobran y no cotizan. En este país, la población activa es muy reducida para nuestro tamaño y dentro de ella el porcentaje de parados es escandalosamente elevado. Otro día hablamos de las causas que provocan tan desagradable circunstancia. Hoy estamos con sus efectos.

Como consecuencia de todo ello la caja merma pues el incremento de las entradas por la vía de las cotizaciones, que son bien modestas, no logran igualar el desbocado aumento de las salidas hacia las pensiones. A pesar de ello, y si se encuentra concernido por el problema, no tema, cobrará su pensión sin duda alguna.

Otra cosa es que sus actualizaciones anuales sean modestas, más bien casi inapreciables, pero también es cierto que el entorno de subidas de precios lo hacen soportable. Si los gastos de las familias no se elevan, porque los precios se moderan, los ingresos cuasi congelados causan menos trastorno.

En este sentido, la ministra Báñez propone que la actual posibilidad de compatibilizar un trabajo con el cobro de la mitad de la pensión se extienda a su totalidad, lo cual ha sido recibido con entusiasmo por todos los que, habiendo alcanzado la edad legal de jubilarnos, seguimos dando la lata en el mercado laboral (y cotizando, ¿eh?). A este colectivo nos viene muy bien la iniciativa, pero mucho me temo que se trata más bien de corregir una injusticia que de arreglar las cuentas del sistema, pues está claro que las cotizaciones que aportamos tienen un impacto limitado en las cuentas, al tratarse de un colectivo pequeño.

En resumen, queda claro que las pensiones se van a cobrar incluso después de haberse agotado la hucha. El problema no es ese. El problema reside en determinar qué nivel de pensiones nos podemos permitir con nuestra capacidad económica y de dónde sacamos los ingresos para sostenerlo de manera duradera. El asunto es muy sensible y está demasiado ideologizado, pero hay algunas cosas evidentes: la necesidad nos obliga no solo a seguir, sino a incrementar el proceso de alargamiento de la vida laboral, de tal manera que se coticen más años y se cobren menos. La conveniencia nos empuja a crear un sistema productivo más eficiente que cree trabajo de calidad sobre el que poder aplicar cotizaciones más elevadas y la sostenibilidad nos obliga a aumentar el diámetro de la tubería que enchufa las pensiones a los presupuestos para drenar fondos.

Sin olvidar que, esto último, nos traslada el problema de lugar. Dado que no podemos expandir el déficit público, ni nos conviene aumentar la deuda, ¿Qué hacemos, subir los impuestos o reducir los gastos? Ya sabe que yo prefiero lo segundo. Causa menos daño a la economía y nos resultaría sencillo elaborar una lista de gastos en los que incurrimos que son mucho menos importantes que las pensiones. Pero eso exige a los dirigentes claridad de ideas, valentía para exponerlas y paciencia para explicarlas. Demasiado esfuerzo...