AQUEL VERANO INOLVIDABLE DEL 92

Hace 25 años tuve la suerte de pasar un día en Barcelona y entrar en el estadio para ver a Fermín Cacho ganar el oro olímpico

Abro la ventana de la habitación del hotel donde estoy y contemplo Montjuïc. Sus torres, sus fuentes y allá arriba se intuye el estadio. El martes se cumplen 25 años de aquella inolvidable ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos que impresionó al mundo por su originalidad, dinamismo y modernidad. Cómo no acordarse del arquero Antonio Rebollo y aquella flecha que voló por encima del pebetero para prenderlo durante 16 días y que siguió su vuelo hasta atravesar nuestro corazón.

Soy de la quinta del 69, que es la misma de la de algunos de los medallistas españoles en aquellos Juegos, como Fermín Cacho, quizá la estampa más icónica, brazos en alto, mirada desconfiada hacia atrás, de aquella celebración deportiva que aumentó la autoestima de todo el país. Me encuentro a Cacho en el estadio Serrahima, en las faldas de Montjuïc, donde se celebran este fin de semana los Campeonatos de España de atletismo y donde ayer se recordó la cita olímpica. Le pregunto al soriano cuántas entrevistas lleva este verano y el campeón olímpico, más rellenito, igual de espontáneo, se ríe. «Muchas, muchas. Todos los días llama alguien».

A los que adoramos el deporte jamás se nos olvidarán los Juegos Olímpicos de Barcelona. La victoria de Cacho, claro, pero también las de Peñalver en decatlón, el Dream Team de Jordan, Magic, Bird y tantos más, los saltos de trampolín desde las alturas con Barcelona al fondo, Estiarte y sus chicos en las piscinas Picornell, la primera medalla de una española gracias a la alicantina Miriam Blasco y al día siguiente la valenciana Almudena Muñoz en judo... Recuerdos imborrables veinticinco años después.

Con los Juegos ya empezados, mi tío Paco me llamó un día y me preguntó si me gustaría ir a verle a Barcelona y subir con él al estadio a ver una jornada de atletismo. Ni me lo pensé. Claro que quería ir. Yo seguía el atletismo desde los Juegos Olímpicos de Moscú, en 1980, con diez añitos. Cómo no iba a querer ir.

Aquel día fue uno de los más felices de mi vida. Creo que era una de las primera veces que subía a un metro. Ya ven. Y la subida a la montaña mágica, el paseo al lado del Palau Sant Jordi, entonces el no va más, y aquella antena futurista, blanca, un reflejo de aquella Barcelona, de aquellos Juegos. Y al final, el estadio, imponente, señorial, repleto de público con el pebetero encendido con su fuego sagrado.

La divina providencia quiso que aquella tarde se celebrara la final de los 1.500. Sí, yo vi a Fermín Cacho en vivo ganar la medalla de oro. Recuerdo como si fuera ayer al público que se levantaba de sus asientos cada vez que el español pasaba por delante de ellos. El griterío ensordecedor de la última vuelta. Y recuerdo que me sorprendí a mí mismo voceándole palabras de ánimo. Y la vuelta de honor a un estadio emocionado, henchido, feliz. Jamás lo olvidaré. Ahí terminé de enamorarme del atletismo y siempre me acuerdo también de mi tío, que en paz descanse, al que le guardaré gratitud eterna por aquel regalo, el mejor que me han hecho nunca.

Aquella tarde, no olvidemos que soy un friki del atletismo, no solo compitió Cacho. Aún me acuerdo de la emoción que me produjo ver a unos metros a Carl Lewis, el hijo de viento que batió ante mis ojos el récord del mundo de 4x100 con el equipo de Estados Unidos. Y Dieter Baumann, un alemán con gafitas que venció en la final de los 5.000 metros a un keniano, Bitok, y a un etíope, Bayisa, algo impensable en estos tiempos. Y la alemana Heike Henkel saltando 2,02 metros para proclamarse campeona olímpica de salto de altura. Una tarde embriagadora.

De aquellos Juegos vivió el deporte español durante lustros, pero eso ya son historias de viejetes. Ahora es la edad de oro del deporte español. La época de los Nadal, Gasol, Cal, Gómez Noya y compañía. Y hasta tenemos, gracias a Ruth Beitia, una campeona olímpica en atletismo.

Casi tan fresco como el recuerdo del estadio persevera en mi cabeza el ambiente efervescente de las calles. Creo que aquel día también se llevó la medalla de oro el equipo de fútbol. No he querido consultarlo, confirmarlo, pues prefiero conservar intacta la idea que tengo de aquel día mágico. Y allí, caminando, entendí la fuerza de unos Juegos Olímpicos, que no solo se ciñen a los estadios, las piscinas y los pabellones sino que convierten en una fiesta, en una celebración, a toda una ciudad. Si alguna vez vuelven a España, no lo duden, descúbranlos, vívanlos. Jamás lo olvidarán.

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