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Nacho Rodilla: «Llegamos a la Copa del Rey del 98 como niños y salimos como hombres»

Nacho Rodilla./LP
Nacho Rodilla. / LP

Nacho Rodilla, exjugador del Pamesa Valencia | El MVP en Valladolid tiene claro que el hito conseguido hace veinte años, que hoy celebrará la Fonteta, cambió la historia del club

Juan Carlos Villena
JUAN CARLOS VILLENAValencia

El Valencia Basket celebrará hoy durante el partido ante el Real Betis el vigésimo aniversario de la Copa del Rey de 1998 en Valladolid. En la fiesta habrá un gran ausente, el MVP de aquella fase final. José Ignacio Rodilla Gil (Llíria, 1974) fue el símbolo de un equipo que tumbó, con la mano maestra de Miki Vukovic, todos sus complejos. Unos años antes vivió el infierno con el descenso de Huesca y en Pucela se instaló de forma definitiva en tierra santa.

-Se pierde la fiesta.

-Me hacía mucha ilusión poder estar pero estoy entrenando al Cadete A del Fuenlabrada y tenemos partido a las cinco de la tarde. No ha habido forma de cambiarlo. Veinte años son muchos y te das cuenta cuando llega una fecha tan señalada. Lo que más satisfacción nos da a todos los que formamos parte de aquel equipo es que se nos siga recordando con ese cariño, porque fue un momento trascendental.

«El mérito de aquel equipo fue conseguir el título con una base de jugadores de la casa» «Ahora, cuando un jugador se destapa en un evento así el efecto se multiplica por cuatro»

-¿Cambió más la historia del Valencia Basket el descenso de Huesca o la Copa de Valladolid?

-Es una buena pregunta pero complicada. Las dos significaron un antes y un después. Lo de Huesca permitió tomar un camino de salida, puesto que tras el descenso se modificó el proyecto desde la EBA y se puso el rumbo hacia donde se quería ir. Después de la Copa del 98 el Pamesa comenzó a sentirse un equipo grande y desde entonces no ha parado de crecer, hasta hoy que es el actual campeón de la ACB. Los dos momentos son cruciales.

-¿Por qué sigue siendo tan especial lo que consiguieron en el Pabellón Pisuerga hace dos décadas?

-El mérito de aquel equipo no fue sólo conseguir el título siendo debutante en la Copa sino que lo hicimos con una base de jugadores jóvenes, de la casa, que crecimos con el ascenso desde la EBA y construimos la estructura sólida de aquel equipo. Conseguir una Copa del Rey con tantos jugadores jóvenes que tenían ese sentimiento por el Valencia Basket no sólo fue un orgullo sino que veinte años después ese escenario se hace cada vez más complicado en cualquier equipo de España. Hoy en día la identificación se ve de otra forma.

-¿Con un equipo sin ese grupo de jugadores y sin Miki Vukovic se hubiera conseguido esa hazaña?

-Posiblemente no. Es cierto que llegamos a 1998 con ese camino recorrido desde la EBA con Miki Vukovic y eso también fue clave. Todos aceptamos nuestro rol, lo que quería el entrenador, y con otro tipo de jugadores hubiera sido más complicado. Jugábamos de una forma casi instintiva entre nosotros, de memoria, y eso se demostró en un torneo tan corto que fue imposible de frenar para nuestros rivales. Aquel Pamesa de la Copa fue un rodillo donde todo el mundo sabía lo que tenía que hacer.

-¿Qué recuerda de la celebración del título?

-Es curioso porque hace veinte años que ha pasado pero lo recuerdo todo, tengo en la cabeza hasta la ropa que llevaba el día de la celebración. Recuerdo las calles de Valencia llenas de gente y que la llegada del autobús a la zona de las Torres de Serranos fue una locura. Para todos, jugadores, aficionados, periodistas, directivos, era la primera vez con lo cual fue especial. No lo vamos a olvidar en la vida todo aquello.

-¿Y en el Pisuerga?

-Recuerdo con especial ilusión el momento en el que metimos a Juan y Fernando Roig en la ducha porque es un ritual que habíamos visto tantas veces en la tele que no nos creíamos que nos estuviera pasando a nosotros. Fue todo muy especial, único. Parecía que llegamos a la fiesta como invitados y nos llevamos el trofeo.

-En la celebración en la pista se notó que no tenían nada preparado ni esperaban algo así.

-Las imágenes de la celebración en la pista es verdad que vistas con el paso del tiempo son un poco caóticas porque no sabíamos como celebrarlo. Lo más bonito fue que tuvimos la idea hacerlo con la afición y ese momento de subir corriendo las escaleras y encontrarnos en la parte más alta del pabellón con miles de personas fue alucinante.

-¿Cómo vivió el momento en el que le designan MVP del torneo?

-Cuando me entregan la copa de MVP hay una imagen que delata que ni me lo creo, donde en una mano estoy con el trofeo y con la otra me cojo de los pelos. Estaba en una nube desde que me cambia Miki Vukovic en los últimos segundos del partido. Se me acercó Fernando Jiménez y me comentó al oído que los periodistas me habían escogido como mejor jugador. Fue la votación, hasta aquel año, con mayor porcentaje. Estaba alucinando.

-¿Aquella noche de febrero fue el día más feliz de su carrera?

-Posiblemente, porque a todos nos cambió la vida deportiva. Recuerdo que nada más terminar la final se me acercó Lolo Sainz para decirme que contaba conmigo. Me pasaron tantas cosas en tan pocos días, con 23 años, que fue una locura. En 1999 formé parte de la selección que logró la plata en el Eurobasket de Francia y todo comenzó con las fases previas, en Alcoi y Santander. Llegamos a la Copa del Rey del 98 como niños y salimos de ella como hombres. Después de ese partido contra el Joventut a todos los jugadores de aquel equipo se nos respetó en otro escalón.

-Lo cuenta como si estuviera pasando ahora mismo.

-Sí, porque es complicado explicar a la gente con palabras lo que significó aquello. No fue ganar un partido, como el primero contra el TAU, para demostrarnos que éramos un buen equipo sino que rozamos en cuatro días la perfección. Aquello cambió la mentalidad del Pamesa y de todos. Fue como el primer ladrillo del crecimiento del club.

-¿Se explotó poco aquel efecto 'Nacho Rodilla'? Tengo la sensación de que ahora una irrupción así, como ocurrió con Ricky Rubio o Rudy Fernández, hubiera tenido más recorrido.

-Puede ser. Las épocas son diferentes. Todo ha cambiado. Antes el escaparate de la Copa del Rey era más nacional y en los años siguientes ya fue evolucionando a ser un evento donde todo el mundo tiene los ojos puestos. Ahora, cuando un jugador joven se destapa en una cita importante ese efecto se multiplica por tres o por cuatro, por la repercusión de internet y de las redes sociales. No tiene nada que ver aquella época con lo que ocurre ahora.

-¿Recuerda en lo que se gastó la prima que le pagó el club?

-Pues no lo recuerdo pero seguro que algo fue para la vitrina que hicimos en casa para poner la réplica y el trofeo de MVP, que siempre ha sido como es lógico muy especial para nosotros. Algunos compañeros se hicieron un tatuaje con la copa pero yo siempre he sido muy comedido para esas cosas.

-¿Cómo gestionó lo ocurrido unos días después? Cuando se apagaron los focos de la repercusión.

-Te cambian muchas cosas y en mi caso, con lo del trofeo de MVP, la verdad es que fue todo rápido. Por ejemplo, tenía un contrato con Nike, pero que era el típico que te daban zapatillas y poco más. A los pocos días de ganar la Copa me firmaron otro contrato, ya remunerado, y a la semana siguiente me llegó a la Fonteta una caja de varios metros, enorme, llena de ropa deportiva y zapatillas. Daba miedo sólo de verla. Pasé de ser un jugador más que llamaba para que le dieran zapatillas a tener todo eso. La Copa de Valladolid me cambió la vida. Como club dimos un salto hasta otra dimensión que desconocíamos. Nos lo ganamos en la pista.

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