Las Provincias

LA CANTINA

La salvación está en Pelayo

  • La final del Individual regresa a la Catedral, ajena a payasos diabólicos y niños en patinete

En Suiza hay más de 300.000 refugios atómicos. Una secuela del miedo en tiempos de la Guerra Fría. Una paranoia que dejó el suelo helvético como un queso Emmental. Si yo tuviera que elegir un lugar donde esperar un ataque nuclear aquí, en Valencia, enfilaría hacia la estación, giraría por la calle Pelayo y ahí, enfrente de la librería París-Valencia, me colaría en el trinquete centenario.

Pelayo es como un búnker. No resistiría a la radiación, o vete tú a saber, pero al menos sus viejas murallas te mantienen a salvo de modas peregrinas. Si vas a ver una partida de pilota, puedes estar tranquilo durante una hora y media o dos horas. Allí, en ese templo blanco, puedes estar seguro de que no te asaltará un payaso diabólico, ni entrarán padres corriendo con niños encima del dichoso patinete, ni los carteles de las partidas estarán diseñados por el ahora omnipresente Lawerta, un dibujante barbudo que ha dejado su talento en cada esquina de Valencia.

El tiempo se ralentiza en Pelayo. No son un dechado de vanguardismo pero mantienen una coherencia desde hace décadas. Allí uno se siente a salvo y, si le apetece y no le molesta al de al lado, hasta te permiten echarte un cigarrillo clandestino. A la gente de la pilota le gusta el buen comer y el buen beber, pero nunca cambiarán media docena de gambas de Dénia por una esferificación de aceituna o un trampantojo.

En Pelayo no se forran, pero allí todo está claro. Lo blanco es blanco y lo negro, negro. El carajillo sabe a carajillo y las fichas de dominó suenan como tienen que sonar cuando el jugador las estampa, brioso y desafiante, contra la mesa. Las apuestas, a blaus o a rojos, son con dinero contante y sonante, billetes que vuelan de mano en mano dentro de pelotas huecas, y no a través de maquinitas con luces de neón que además te permiten apostar por el Shangai Shenhua-Changchun Yatai o por el número de carreras que esa noche lograrán los Yankees de Nueva York en su estadio del Bronx.

Los valencianos no saben dónde está este santuario deportivo pero, al menos, los poquitos que van por allí se sienten a salvo de tontadas. La Catedral es impermeable al forofismo y de Pelayo nunca salió nadie insultando a un jutge (el árbitro de la pilota) ni lanzando una furiosa botella de agua. Si un jugador ve que ha cometido una infracción que ha pasado inadvertida, levanta la mano y regala el quinze al contrincante. ¿Es o no es un búnker?

Pelayo no vivirá hoy uno de esos días mortecinos: hoy es día de fiesta. La final del Individual, ni más ni menos. La partida con más morbo del año al fin le ha sido arrebatada a la surrealista Ciutat de la Pilota, esa instalación perdida en el culo del término de Moncada que no gustaba ni al público ni a los pilotaris.

Los finalistas son los mismos del año pasado. Soro III, el campeón, el resto consagrado, y Puchol II, su delfín, el aspirante que hace doce meses dejó escapar un triunfo que parecía amarrado. Yo hace tiempo que no veo jugar a uno ni a otro, pero en mis tiempos de cronista, cuando veía tres, cuatro o cinco partidas a la semana, aprendí una lección de este torneo: es sumamente complicado destronar al rey del mano a mano.

Esta modalidad de uno contra uno es una excepción dentro del calendario. Puchol y Soro solo se enfrentan cara a cara, sin mitgers ni punters, una vez al año. O dos si después se tercia la revancha en forma de desafío. Así que cada encuentro está rodeado de una liturgia especial. No es una partida más. Ni de lejos. Y ahí, en medio de ese ambiente tenso, festivo y excepcional, la psicología es tan ventajosa como dominar el juego al aire.

A Sarasol le costó un mundo destronar a Genovés. Álvaro tuvo que convertirse en un 'superatleta' para liquidar a Sarasol. Y Soro necesitó dejar pasar las estaciones para ver madurar al eterno Álvaro hasta hacerle caer. Un Puchol II desatado parecía anunciar un inminente cambio de guardia. Pero apagó la máquina demasiado pronto y Soro III, en una remontada memorable, recuperó su jerarquía. Pienso que fue una de esas victorias que marcan. Y que, más allá de momentos de forma puntuales, de los poderes de uno y otro, la gran ventaja de Soro sobre Puchol se encuentra en aquella partida del último Día de los Difuntos. Pelayo se llenará, se emocionará en la presentación, rugirá y durante unos minutos seremos felices allí dentro. A salvo.