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Adiós al último integrante de la escuela de Pelayo

El rebote es la jugada más característica de Víctor. :: valnet
El rebote es la jugada más característica de Víctor. :: valnet
  • Bautizado como 'Cañones' por devolver misiles en lugar de pelotas, zanjará el próximo sábado su carrera profesional en la Catedral

  • Víctor se retira después de 26 años como primera figura

valencia. Hubo un tiempo en el que la escuela de Pelayo nutrió con generosidad la nómina de los primeros espadas de la pilota profesional. Y llegó la mejor hornada, una generación irrepetible en la que surgieron varios jugadores que ahora son considerados leyenda. Fue en las década de los setenta y principios de los ochenta: Grau, para muchos el mejor mitger de la historia junto a Sarasol II, Tino, su homólogo en la punta, o los Solaz, Pedro, Pedrito, Pastor, Peluco y Serrano, entre otros. La mayoría de ellos siguen vinculados al deporte de los valencianos, pero sin vestir de blanco. Solamente quedaba uno de sus componentes en activo, Víctor, que el próximo sábado zanjará su carrera profesional tras veintiséis años en la cúspide. La despedida tendrá lugar, como no podía ser de otra forma, en el trinquet Pelayo.

Víctor Serrano Ródenas, Víctor de Pelayo, 'Cañones' o simplemente Víctor, se inició en la vaqueta como todos sus coetáneos. Criado en los aledaños del centenario trinquet, siendo un niño lo convirtió en su lugar habitual de juegos. Y claro, llegó el día en el que probó a tirarle a una pelota con la mano y esta le cautivó. Tuvo la oportunidad de ver en acción a muchos de los que han sido los mejores de todos los tiempos pero reconoce que no les prestaba mucha atención. Sus amigos y él solamente querían que la cancha quedase libre para emular a los mayores, casi siempre en el descanso y hasta que los hermanos Soro les instaban a abandonarla con autoridad paternal porque comenzaba el segundo acto.

En el tránsito de la niñez a la adolescencia, el chaval ya apuntaba maneras. Tras foguearse en trinquets de la Ribera, tomó la alternativa en la Catedral con sólo quince años. El resto fue una trayectoria de éxito. Cierto es que en su palmarés no acumula un individual o el Circuit, pero la reputación no se gana exclusivamente con los títulos. Y de prestigio va sobrado. En este aspecto sí que es uno de los más grandes; un gigante.

Jugador de agilidad felina, Víctor es uno de los mayores especialistas en el arte del rebote. Verle ejecutar uno en el aire, en un escorzo imposible, justifica haber pagado la entrada. Y su giro de cintura devuelve misiles en lugar de pelotas. De ahí que sus compañeros, por momentos sufridores, le bautizasen con el apelativo de 'Cañones'. Además está su carácter, ameno pero que infunde respeto. Es del tipo de personas que cuando hablan sentencian. Es un líder, aunque no pretende serlo.

Víctor asegura que podría haber aguantado uno o dos años más. Si se lo propone, seguro que sí. Como cuando una grave lesión y un tumor detectado a tiempo casi le obligaron a retirarse. Pero quería irse jugando y volvió. Y como el cuerpo le respetaba, el nivel era más que óptimo y los resultados acompañaban, lo que iba a ser un tiempo se ha convertido en un lustro. Ahora, con cuarenta y un años, cree que es el momento. Lleva meses barruntando el adiós, porque ve que el esfuerzo es cada vez más exigente con él. O que las molestias, sin llegar a ser lesiones, cuestan más de solucionar. Son los síntomas que le van a permitir despedirse como quiso, en plenitud.

Asegura irse satisfecho con lo conseguido. Pero le entristece ser el último componente de la antaño prolífica escuela de Pelayo. Quizás esto cambie. De hecho, recuperar la escuela es uno de los objetivos de José Luis López desde que el mecenas de la pilota adquirió el trinquet.