Las Provincias

La gran gesta del diablo español

Álex Pella celebra la gesta sobre el maxitrimarán Idec Sport. :: lp
Álex Pella celebra la gesta sobre el maxitrimarán Idec Sport. :: lp
  • «Es como tirar los dados y rezar mientras piensas, ¿qué demonios hago aquí?», reconoce después de dar la vuelta al mundo en 40 días

  • Álex Pella y su tripulación pulverizan todos los registros en el Trofeo Julio Verne

Imagínese por un momento que le proponen intentar batir un récord del mundo de velocidad en coche. ¿Se atrevería? Muchos dirían que sí, ¿por qué no? Ahora imagínese que le dicen que para ello deberá 'conducir' con el acelerador a fondo y sin descanso durante 41 días, y que no podrá dormir más de tres horas del tirón. Muchos, la gran mayoría, ya se plantarían. ¿Y si además le dijeran que hará buena parte del trayecto campo a través, a temperaturas bajo cero y literalmente a ciegas, en una noche cerrada sin luna? Entonces probablemente diría que mejor otro día. Pero espere, no hemos acabado. ¿Y si para rematar la faena le avisan de que en caso de accidente, la ayuda más cercana estará a miles de kilómetros y que quedará abandonado a su suerte o a su instinto de supervivencia? Ahí sí, pensaría que la propuesta es cosa de locos.

Pues bien, uno de esos locos es español y se llama Álex Pella. Catalán de nacimiento, pero afincado entre Francia y Dénia -es la imagen de la Marina Deportiva y Turística de la ciudad alicantina-, está considerado uno de los mejores navegantes del mundo. Porque este récord no es en un coche, es en un barco, y se entiende como una de las mayores hazañas de la historia del deporte. Su propio nombre, Trofeo Julio Verne, ya evoca una gran aventura. Cuando se creó en 1993 se pensó que serían necesarios alrededor de 80 días para completarlo -finalmente fueron 79-. 25 años después, Álex Pella y sus cinco compañeros a bordo del maxitrimarán Idec Sport pulverizaron todos los registros imaginables y completaron las más de 26.000 millas -casi 50.000 kilómetros- del recorrido en 40 días, 23 horas, 30 minutos y 30 segundos.

Para los no entendidos, es difícil comprender como es una aventura de tal magnitud. Pella, «un españolito que empezó lijando barcos en Francia» como él mismo recuerda, nos ayuda en tal desempeño. «El principal rival es siempre el crono», explica el español. «Compites contra un barco virtual, o lo que es lo mismo, el ritmo marcado en su día por el barco que ostenta el récord».

Esto añade un gran estrés a la tripulación por culpa del otro gran enemigo del cazador de récords de velocidad en el mar: la falta de viento. Tanto es así que en el Atlántico Sur llegaron a acumular 1.400 kilómetros de desventaja respecto al ritmo de récord y estuvieron a punto de abandonar. No lo hicieron, al contrario. La tripulación siguió adelante, y el resto es historia. En las semanas siguientes batieron diferentes récords hasta el punto de «cruzar Australia» en dos días, más rápidos que un coche, y plantarse en Cabo de Hornos con más de cuatro días de adelanto respecto al récord. «Ahí es cuando nos lo empezamos a creer», cuenta Pella.

Volando a ciegas

El tramo más rápido del viaje de Pella y compañía, y también el más peligroso, es el de los Mares del Sur, una zona del planeta que solo se puede navegar en el verano austral y aún así con un gran riesgo de colisión con 'growlers', bloques de hielo del tamaño de coches desprendidos de icebergs e indetectables en un radar. Y es ahí donde literalmente han de volar sobre el mar.

Un vuelo que se realiza a ciegas durante buena parte del tiempo. Los días son muy cortos, y la niebla y la noche hacen que «literalmente te juegues la vida», relata Pella. «No ves nada más allá de diez metros, estás en una zona plagada de bloques de hielo y piensa que tu radar es de juguete al lado del que llevan los militares. Solo te quedan los números de tus instrumentos de navegación. Es como tirar los dados y rezar para que no pase nada. Y piensas ¿qué demonios hago aquí? Llega un momento que si te lo tomas en serio te da un ataque» Mantener la calma en esos momentos de máxima alerta fue clave para entender la machada de Álex Pella.

El récord de la vuelta al mundo es un reto mental, pero también físico. Los golpes no se curan. Te mueves a gatas y a temperaturas bajo cero. El sistema de guardia establece solo tres horas para dormir y salvo en contadas excepciones tan solo hay dos personas llevando el barco. «Uno conduce, el otro está listo para soltarlo todo en caso de peligro de vuelco. Porque en estos barcos si vuelcas estás perdido», admite sin dudar ni un instante.

Agua potabilizada

La comida es liofilizada y el agua la sacan de una potabilizadora. Solo para beber, porque ducharse es un lujo que no pueden permitirse. Álex cuenta con los dedos de una mano las veces que se pudo duchar y cambiar de ropa interior, y le sobran dedos. «Fueron dos», reconoce, «las dos veces que cruzamos el ecuador. Te duchas con agua de mar. Pero es lo que hay. En España no nos damos cuenta, pero abrir un grifo y tener agua caliente es algo que el setenta por ciento de la población mundial no puede hacer en casa, así que te acostumbras».

La siguiente pregunta es evidente. ¿Y los olores? «Hay que saber llevarlos", comenta 'Le Diable Espagnol' -el diablo español-, como le conocen en Francia. «Nos cambiamos muy poco de ropa y está prohibido mojar las capas de dentro. Tus necesidades las haces en una bolsa biodegradable y las tiras por la borda. Y tenemos otros truquitos. Las toallitas de bebé son una bendición para todos los rincones que tiene el cuerpo. Con ellas y un cepillado dental te quedas como si te hubieras dado una ducha», resume.

«Pero todo vale la pena cuando llegas de nuevo a meta y ves que lo has logrado. Esta es la vida del marino», sentencia Pella, un auténtico diablo en el mar. El navegante más rápido del mundo.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate