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Cuarentón y millonario

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Los corredores, en el mítico puente Verrazano / . Afp

  • El maratón de Nueva York disfrutó de su cuadragésima edición con 51.000 corredores, cifras de récord y medidas de seguridad extremas

Ghirmay Ghebreslassie, un veinteañero eritreo, ganó el maratón de Nueva York con un tiempo de 2h07:53. Esta debería ser la noticia de maratón, pero no la de un evento deportivo de la envergadura del maratón de Nueva York, que cumplió este domingo su cuadragésima edición. Porque esta prueba que ‘inventó’ Fred Lebow en 1976 cuando junto a otros 126 ‘runners’ dieron cuatro vueltas a Central Park, bate cada año sus propios récords. Con un día soleado, una temperatura agradable -15 o 17 grados dependiendo de la hora del día-, unas impresionantes medidas de seguridad con policías vestidos de civil, helicópteros sobrevolando el recorrido, decenas de perros detectores de explosivos, equipos antiterroristas y agentes de la Policía de Nueva York (NYPD) mezclados entre los corredores, la prueba volvió a ser un éxito de participación, de buen ambiente, de concordia y de solidaridad.

“El maratón de Nueva York hay que correrlo una vez en la vida”. Lo dice Víctor Nieto, un profesor madrileño de educación física y amante del ‘running’, que junto a otros 51.000 corredores ‘disfrutaron’ este domingo del recorrido por los cinco distritos de Nueva York: Staten Island, Brooklyn, Queen, Manhattan y Bronx, para acabar en Central Park, muy cerca de Tavern on the Green, donde nació esta prueba mítica para el atletismo popular. Así lo confirma el hecho de que haya que desembolsar 500 euros para ser uno de los privilegiados que cuenta con dorsal, que más de 260.000 turistas llegasen a Nueva York (dejando casi 400 millones de euros) para participar, presenciar o vivir la carrera o que más de 10 millones de personas vieron desde cualquier punto del planeta la prueba a través de la televisión.

Porque para ser parte de esta mítica carrera hay que superar tres retos. El primero, y más importante, tener una preparación física perfecta para aguantar los 42,195 kilómetros de un recorrido duro sobre un asfalto desgastado y con continuas subidas y bajadas atravesando puentes. El segundo, y no menos importante, conseguir un dorsal con el que participar -lo mejor es hacerlo a través de una agencia que por 2.500 euros te preparan un pack que incluye y te asegura la inscripción a la carrera, el viaje y el alojamiento-. Y el tercero, superar la espera de tres horas con frío en la salida en Staten Island, hasta que a las nueve sonó el cañonazo y los acordes del ‘New York, New York’ de Frank Sinatra, que significaban-como ya es tradición, el pistoletazo de salida y el comienzo de un sueño.

A partir de ese momento y tras atravesar el mítico puente Verrazano, los corredores disfrutaron de una ciudad blindada, de los neoyorkinos y de los turistas que se echaron a la calle para animar a los corredores salvo en el barrio judío: “Impresiona cuando pasas por allí, donde el domingo es laborable, y no hay nadie en las calles, es como un paréntesis en pleno maratón de Nueva York”, desvelaba Víctor. La prueba transcurrió con normalidad y los 51.000 corredores emularon a los 126 que junto a Fred Lebow dieron vida a una carrera que ya es mucho más que eso.