Sólo Aru altera los planes de Froome

Fabio Aru, del Astana, calma su sed ayer. / efe

El británico es líder tras dejar atrás a Contador y Quintana en el primer final en alto

J. GÓMEZ PEÑA PLANCHE DES BELLES FILLES.

Chris Froome, líder ya de este Tour, guarda como un tesoro y desdoblada la bola de papel que en 2012, tras ganar en La Planche des Belles Filles, le pasó a escondidas en el bus del Sky su compañero Cavendish. Froome era gregario de Wiggins. Corría atado. Arrastraba cadenas. La nota era un mensaje de rebeldía y decía: 'Los grandes hombres no se quedan nunca esperando una oportunidad'. A Froome le extrañó. «¿Qué se cree Cavendish, el nuevo Shakespeare?», se dijo. Pero luego volvió a leer aquel papel, aquella frase. Se sentía más fuerte que Wiggins. ¿Por qué retenerse? Y se imaginó de viejo, en Kenia, con sus nietos en las rodillas diciéndoles: «Sí, niños, yo pude ganar el Tour, pero preferí dejar pasar mi ocasión por ser un buen soldado, por el equipo». Esa imagen le hizo daño. Aceptó a regañadientes plegarse a Wiggins aquel año. Nunca más. Y ha dominado tres veces el Tour desde aquella tarde de julio de 2012, cuando ganó en La Planche des Belles Filles su primera etapa. Froome, el Froome campeón, nació allí.

Y allí, cinco años después, se dirimió la primera de las tres metas en alto de este Tour, la que asistió al regreso triunfal de Fabio Aru tras un año de infortunio, de lesiones, caídas y hasta de la muerte de su amigo Scarponi. Durante todo el día y con la temperatura del verano encendida, el BMC de Porte había torturado con su ritmo. A esa velocidad ni una fuga con el talento de Gilbert, Boason Hagen, Voeckler y Bakelants tenía la mínima opción.

El BMC marcó el paso por las colinas de los Mil Estanques. Bosques y lagos. Y fuego sobre la carretera. El silencio de los jadeos. La Planche des Belles Filles es un lugar de sacrificio. Allí subían, huían, las jóvenes vírgenes para suicidarse. Era eso o caer en las manos crueles de los mercenarios escandinavos. El inicio de la cuesta está a seis kilómetros del final. En esa puerta, bien afinada, sonó la escala musical de los piñones del Sky. Iniciaron, de traje blanco, su habitual concierto en la primera montaña de cada Tour. A todo volumen. Era la sinfonía prevista.

Kyriyenka, Henao, Landa, Nieve y hasta el líder, Thomas, ocuparon el escenario. Froome, con su cabeceo, les marcaba el paso. Subía con la batuta en la mano. A 3 kilómetros del final, Nieve sondeó a los rivales. Misión de rastreo. Froome quería saber cómo de calcinadas llevaban los otros las piernas. Ese zarandeo hizo daño. Quintana y Contador apretaban hasta los ojos. Sufrían con el gesto cuarteado. El plan del Sky, su música, funcionaba. No se oía nada más...

Y de repente sonó una nota discordante, valiente, hermosa. Fabio Aru, sardo y campeón de Italia, irrumpió en el escenario. Había visto en vídeo la subida a La Planche que ganó Froome en 2014 y también la de Nibali en 2014. Sabía dónde atacar. Fácil: donde más duele. Eso hizo. A 2,5 kilómetros. Su arrancada alteró el programa del Sky. Thomas, gregario vestido de amarillo, se puso de inmediato al servicio de su patrón. Froome dudó. Salir o no salir a por Aru. «Creí que otros iba a tirar a por él y no lo hicieron. Quizá he esperado demasiado para hacerlo yo», reconoció.

Froome aguardó hasta que restaban 1,7 kilómetros. Abrió los codos, de pie, sin mirar el potenciómetro y desnudó el Tour. Con su ataque se vieron las fuerzas de cada uno. Al aire. Contador sacó la lengua. Tuvo que ceder. «Necesitaba coger aire», confesó. También se abrió a un lado Quintana. Le echaba humo la piel. «No estoy fresco, el cuerpo se está recuperando del esfuerzo en el Giro», alegó. La lupa del Tour seguía la rueda de Froome, al que sólo aguantaron Porte, Bardet y Daniel Martin. El cosquilleo emocionante del Tour se notaba en las cunetas del último kilómetro, en la rampa final al 20% de desnivel.

A Aru no se le secaron las piernas, ni se le cayeron los bordes de la cara como cuando va al límite. Esta vez bailaba de lado a lado del manillar. Aru es duro. La víspera de la última etapa de la Vuelta a España de 2015 apenas podía ponerse en pie, lleno de vendas que tapaban los golpes de su caída. Al día siguiente, cojo, ejecutó a Dumoulin en la sierra madrileña y se llevó la ronda. Este año quería el Giro, el que partía desde su isla, Cerdeña, y una caída mientras se entrenaba en Sierra Nevada, le apartó. Amargura. Luego, en mayo, una furgoneta ciega mató su amigo y compañero, Scarponi. Maldito año. Hasta que la mala suerte se gastó y le dejó volar la pared final de La Planche des Belles Filles, su primera victoria en el Tour. Ya tiene etapas en las tres grandes.

A 16 segundos apareció Daniel Martin. A 20, Froome, que sumó 4 de bonificación. Porte entró con él. A 24 lo hizo Bardet. A 26, Yates y Contador, al que le pesan lo años. A 34, Quintana, al que le pesa el Giro. La Planche de las Belles Filles destrenzó la clasificación general. Ya manda Froome, con un docena de segundos sobre su fiel Thomas, 14 sobre Aru, 25 sobre Martin y 39 sobre Porte. Bardet cede 47. Contador, 52, y Quintana, 54.

Aún siguen todos metidos en un minuto. La música de la Planche es sólo una parte de la banda sonora de este Tour. Queda mucho concierto, pero ya está claro quién es el director de la orquesta: Froome, el que dirige la mejor banda.

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