Las Provincias

LA ÚLTIMA CARRERA DE ED WHITLOCK

LA ÚLTIMA CARRERA  DE ED WHITLOCK
  • El viejo corredor ha muerto a los 86 años. Hace cinco meses corrió un maratón en menos de cuatro horas

La cantina está tristona esta semana. Mis clientes saben que siento verdadera pasión por el atletismo y que, entre otras rarezas, siento admiración por la gente especial, que no es necesariamente la mejor. Así que esta semana recibí con honda tristeza la muerte de Ed Whitlock, que no fue ninguna estrella, ni siquiera olímpico, pero a pesar de eso se convirtió en uno de los atletas que más he admirado.

Whitlock falleció por un cáncer de próstata a los 86 años. Solo cinco meses antes, con 85, corrió un maratón en menos de cuatro horas. Para ubicar, algunos amigos han corrido la distancia de Filípides después de una concienzuda preparación y han sido incapaces de bajar de las cuatro horas con 30 o 40 años.

En aquella carrera, el Toronto Waterfront Marathon, el fabuloso Whitlock batió el récord del mundo de su edad por más de media hora (38 minutos), pero a pesar de ello, este corredor tan liviano (51 kilos) con sus viejas zapatillas, las mismas durante quince años, terminó insatisfecho. Tras la prueba dijo que él valía mucho menos, pero que la preparación no fue la conveniente por diversos problemas físicos.

En ese momento Whitlock ya era consciente de que tenía un nutrido grupo de admiradores por todo el mundo, especialmente en Canadá, donde vivía desde hace décadas, y aseguraba que no entendía por qué despertaba tantas pasiones. Porque, claro, el mundillo se rendía ante este octogenario volador.

Whitlock nació y creció en Inglaterra, donde coincidió de joven con Alan Turing, uno de los referentes de la inteligencia artificial, y allí se enamoró del atletismo cuando su padre le llevó todos los días a ver las pruebas durante los Juegos de Londres de 1948. Tenía 17 años y le maravilló ver a Emil Zatopek ganar el oro en los 10.000 metros. Él practicaba el atletismo pero acabó dejándolo para hacerse ingeniero de minas, una profesión que le obligó a emigrar a Canadá. Llegó a Norteamérica en el 52 y ya se quedó para siempre. Allí se casó, en Toronto, y a los 41 años volvió a calzarse las zapatillas para entrenar con unos jovencitos. En 1976 se animó a correr un maratón. El debut demostró que tenía un don para las largas distancias: acabó con un tiempo de tres horas y nueve minutos. Nada mal para un novato. Pero él estaba convencido de que podía bajar de las tres horas y en seis semanas se metió otros 42 kilómetros para acabar, esta vez sí, en 2.58.

Un año después rebajó nuevamente su plusmarca al acabar el maratón en dos horas y 52 minutos. El trabajo seguía siendo su principal ocupación, pero el atletismo se había convertido en una obsesión y cada año iba recortándole tiempo a su tope en el maratón. Hasta que en 1979 fue capaz, con 48 años, de correr en 2:31.23. Whitlock, que había conocido la forma de entrenar de Zatopek, un método que se imitaría en todos los rincones del mundo, acabó encontrando el lugar ideal muy cerca de su casa en Milton (Ontario). Al lado de su hogar había un cementerio libre de coches con un círculo de 400 o 500 metros donde daba vueltas y más vueltas. Era feliz y cada día se calzaba sus bambas para salir a trotar entre lápidas y cruces.

Fue cumpliendo años y un buen día descubrió que ningún hombre mayor de 70 había corrido jamás un maratón en menos de tres horas. Él, canadiense de adopción, había corrido el de Columbus (Ohio) en dos horas y 52 minutos con 65 años, así que estaba convencido de que se convertiría en el primero.

«No había motivo para que nadie lo hubiera hecho antes», le confesó hace unos meses a Pat Butcher, un periodista británico autor de un libro de referencia en el atletismo ('La distancia perfecta', sobre los míticos duelos entre Sebastian Coe y Steve Ovett), pero superada la frontera de los 70 años se quedó a 23 segundos en su primer intento. Convertido en septuagenario, decidió participar en los campeonatos del mundo de veteranos de Brisbane, pero el largo viaje a Australia le dejó maltrecho y pospuso su hito hasta que cumplió los 72 años y corrió en 2:59, convirtiéndose en la persona más mayor en bajar de las tres horas pese a que dos semanas antes de la carrera se tropezó, cayó al suelo y se rompió la nariz. Un año después firmó una marca estratosférica: 2:54.48 con 73 años, un registro que 'The New York Times' tradujo en 2:03.57 en edad competitiva. El gentil Ed Whitlock nunca sintió haber hecho nada especial y eso, precisamente eso, es lo que le hizo tan especial.

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