Las Provincias

El Tourmalet del cauce del Turia

Los aficionados abren un pasillo humano a los corredores en la calle Alcalde Reig. :: j. monzó
Los aficionados abren un pasillo humano a los corredores en la calle Alcalde Reig. :: j. monzó
  • El calor del público a escasos centímetros de los corredores en el enlace de Alcalde Reig con Jacinto Benavente crea un ambiente mágico

  • Miles de personas se agolpan en el último kilómetro antes de la zona vallada

Papá te quiero. El mensaje, uno de los más repetidos durante la matinal, se adivina en una pequeña cartulina de color blanco. Son las siete y media de la mañana y una de las miles de familias que van a participar en el maratón, corriendo y en la grada, acaba de aparcar el coche cerca de la Fonteta. La niña y su madre van a completar uno de los recorridos más demandados a la hora de seguir a un corredor; la imagen de la salida, acercarse a los dos pasos por la Alameda más concurridos (en los kilómetros 16 y 26) para luego cruzar por el puente de Aragón y adentrarse en el verdadero pulmón de la prueba. La postal que demuestra que la ciudad del running respira con fuerza.

La calle Jacinto Benavente, y el inicio de Alcalde Reig hasta el Pont del Regne, es el territorio preferido por familiares, amigos, vecinos y turistas que se encuentran de repente con la prueba. La perspectiva de la carrera, que se estrecha en el trazado con una ligera pendiente hacia arriba, permite contemplar una perspectiva imponente. Sus decibelios crecen a un ritmo inversamente proporcional a la marca de los corredores. Un dato curioso, que no hace más que refrendar que los miles de atletas populares que realizan la proeza consiguen que el público se vea reflejado en su esfuerzo. Cuando Victor Kipchirchir pasó volando por el tramo, a las diez y media, tan sólo unos cuantos testigos captaron la imagen. Uno de ellos José María Chiquillo, con la sana intención de perseguir a la cabeza de carrera por la zona centro: «Voy con la bici y no puedo cogerlos, son gacelas».

Ni la amenaza de lluvia pudo con el Tourmalet del cauce del Turia. A partir de las once y media, cuando el crono comenzó a contar desde las tres horas, se formó un pasillo humano interminable en ese kilómetro. Con la densidad de corredores en progresión ascendente, por momentos la única forma de distinguir a corredores de espectadores era observar la dirección de su mirada. Un gran porcentaje del público estaba ataviado con ropa de deporte, puesto que muchos de ellos venían de correr el 10K. Varios clubes, como el Redolat o el Cárnicas Serrano, se sumaron a dar ambiente a esa zona cuando sus atletas terminaron la prueba. El aspecto era imponente, recordando a esas imágenes de la hora de la siesta en el mes de julio donde los ciclistas avanzan despacio en un puerto de montaña entre un mar de gente. La gran diferencia es que, en esta ocasión, la integridad del deportista no se ve alterada con cortes o carreras en paralelo.

En el momento más álgido, entre las doce y la una y media, toda ayuda es poca para recordarle a los espectadores que es peligroso estrechar tanto la calzada. Un agente de la policía recurre a Pablo Forcada, el speaker del cercano punto de animación del Valencia Basket, para que anuncie por megafonía que la gente respete las aceras y el inicio de la zona vallada camino del kilómetro 42. El pueblo obedece.

Poner el foco en cualquiera de las miradas que siguen la carrera en esa arteria humana improvisada permite descubrir cientos de historias. Muchas de ellas relucen soñando que el año que viene estarán sobre ese mismo asfalto siguiendo la línea dorada. Son los que acaban de subir del cauce tras recorrer sus habituales kilómetros mañaneros. Los turistas aprovechan para hacerse algún selfie con la serpiente multicolor de runners, aunque los más emocionados son los que buscan entre la manada a su cara conocida. El muro del último kilómetro se lleva mejor si de repente te encuentras una pancarta subida con globos de helio anudados en una bici. Los primeros aficionados que se acercan a Mestalla se topan con el Tourmalet. Se suman a la fiesta. No es para menos. Valencia palpita zapatillas.