Las Provincias

Contra los malos rollos, el Maratón de Valencia

Un momento de la prueba a su paso por el Paseo de la Alameda de Valencia :: josé penalba
Un momento de la prueba a su paso por el Paseo de la Alameda de Valencia :: josé penalba
  • El I Maratón de Valencia se corrió el 29 de marzo de 1981, el mismo día que debutaba la ciudad de Londres

  • Un mes después del triste 23-F, Valencia dio prueba de querer ser, en libertad, la ciudad de las carreras a pie

No es fácil saber qué decidió a Alejandro Martín y su junta directiva en la Sociedad Deportiva Correcaminos a poner en marcha, finalmente, el soñado primer Maratón de Valencia. Pero lo bien cierto es que la actualidad -y perdón por el chiste malo-, en los primeros meses del año 1981, estaba literalmente como para «echar a correr». La crisis política, la debilidad de las instituciones, y sobre todo el lamentable intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, sembraban el desaliento y el malhumor. Y es muy probable que, debido a ello, el Maratón valenciano fuera una saludable espita de salida de tanta presión y tan «malos rollos».

Lo bien cierto es que los esforzados atletas que en octubre de 1979 habían fundado la Sociedad Deportiva Correcaminos, con el histórico Miguel Pellicer al frente, venían acariciando desde hacía tiempo el sueño de convocar en Valencia la prueba máxima, la soñada carrera que corona el atletismo mundial. Querían hacerlo por los aspectos deportivos, históricos, incluso legendarios que la gran prueba conlleva; pero también por los aspectos organizativos y de gestión. Porque difundir la carrera, prepararla, trabajarla junto con las autoridades, organizarla bien, darle seguridad y garantías requiere el esfuerzo de mucha gente y es una prueba que tiene aspectos gerenciales y empresariales en los que hay que saber estar.

Los socios del Correcaminos encontraron facilidades en la Federación y en el Ayuntamiento. Y obtuvieron una generosa respuesta en todas las puertas a las que acudieron: desde el Ejército a la Cruz Roja, desde la Policía Municipal a la Guardia Civil, todos aplaudieron el proyecto y se pusieron a colaborar, con Alejandro Martín y sus directivos, a finales de 1980, mucho antes, desde luego, de que el presidente Adolfo Suarez presentara la dimisión, en enero de 1981, y de que en la tarde del 23 de febrero las calles de la ciudad vieran pasar los carros de combate del general golpista Milans.

Valencia se volcó en esas mismas calles enseguida, pidiendo democracia. Valencia, como ciudad que había visto lo que había visto, apreció muy especialmente el valor de la libertad. El sano sentimiento de emprender unidos un proyecto deportivo, el libre deseo de salir a correr por las calles y la huerta era, entre otros mil, un valor a defender codo con codo, como en las carreras de gran concurrencia se suele hacer.

El Ayuntamiento presidido por Ricardo Pérez Casado dio toda clase de facilidades a la primera prueba maratoniana de Valencia, que se produjo, curiosamente, el mismo día en que Londres salía también a la palestra de los maratones: el 29 de marzo de 1981, domingo. Un clima más que razonable, y la debida equidistancia tanto de las fiestas falleras como de las de Semana Santa dio a la prueba atlética una concurrencia muy buena, de más de 1.400 inscritos. En ella comenzaron a verse ya dibujados los porcentajes de participación modernos, con alrededor de la mitad de participantes de la ciudad o la región, un cuarto de procedencia española y una interesante presencia de corredores extranjeros.

En la mañana del domingo 29 de marzo de 1981, hubo algunos conductores que se impacientaron por el corte de calles; pero hubo muchos más vecinos que se asomaron a ver el paso esforzado de unos atletas que, desde la plaza del Ayuntamiento, buscaron muy pronto largos itinerarios de Tránsitos, y luego de la Huerta, para redondear los 42.195 metros del recorrido.

En una Valencia que debemos recordar sin los bulevares del norte y el sur, y sin los pasos inferiores de las orillas del viejo cauce, no fue especialmente fácil confeccionar el trazado del Maratón sin interferir con la circulación. También es preciso que recordemos que Valencia no tenía aún ni la Ciudad de las Ciencias ni las desahogadas áreas de expansión de las Cortes Valencianas y la avenida de Francia que tiene hoy, con lo que todo el esfuerzo de organización y carrera tenía que volcarse en la plaza del Ayuntamiento y en la Alameda.

Con todo, cada 10 kilómetros de carrera tuvo disponible un hospital, la Cruz Roja contó con un buen operativo de transmisiones militares, trescientos policías y guardias civiles se desvivieron por acompañar la prueba y hubo 30 jueces que levantaron acta de los tiempos y de las incidencias. El resultado fue, más que satisfactorio, estimulante. Teodoro Pérez y Nuria de Miguel pasaron a la historia del atletismo valenciano.

Los colores amarillo y negro del Correcaminos comenzaron a conquistar corazones de apasionados por el deporte pedestre. Nuevas generaciones se incorporaban a la prueba, en recuerdo de los pioneros de las tres primeras décadas del siglo XX. Ese mismo año de 1981, la Sociedad Deportiva, gracias al empuje de Alberto de Miguel, logró también recomponer la vieja 'Volta a Peu' de los años veinte. Muy pronto se comprobó, con un constante aumento de inscritos, lo que los veteranos sabían desde los viejos buenos tiempos: que Valencia, por su carácter llano y su clima excepcional, es un lugar perfecto para las grandes carreras. De ahí habría de venir, andando el tiempo, la contemporánea 'Ciudad del Running' y los éxitos internacionales del Maratón de Valencia.