Amor, sangre, sudor y lágrimas

Las heroínas de Brasa lo sacrificaron todo por el hockey y lograron el mayor éxito olímpico de una selección hasta entonces

IGNACIO TYLKO MADRID.

«¿Sorpresa? ¿Qué sorpresa?», repreguntaba a los incrédulos el seleccionador José Manuel Brasa cuando sus chicas de oro lloraban de emoción después de vencer a Alemania en la final de Terrasa, la cuna del hockey hierba en España, y conseguir el mayor éxito hasta entonces de una selección española. Sólo el meticuloso técnico vigués y el grupo capitaneado por Mercedes Coghen, que años después fue consejera delegada de la fallida candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos de 2016, sabían de los esfuerzos acumulados hasta coronarse.

Hasta poder disfrutar de titulares como 'Las chicas son guerreras', padecieron durante 150 días fuera de España sólo en el último año de preparación. Giras por Bélgica, Holanda, Alemania y Rusia, donde pasaron hambre y frío, o sesiones en Cuba para adaptarse al clima y la humedad de Terrasa. Se sometieron a la disciplina de un técnico 'sui generis', de David Pérez, preparador físico procedente del atletismo, de los médicos de la Universidad de Navarra, encargados de los exámenes de peso, nutrición, lactato y hormonas, y hasta de un psicólogo y de sesiones de sofrología. «Todo salió bien, pero hicimos de conejillos de indias y sufrimos un montón», resume Coghen.

DNI

Las campeonas
Jugadoras
Mercedes Coghen, Mariví González Laguillo, Sonia Barrio, Natalia Dorado, Anna Maiques, Eli Maragall, Mª Isabel Martínez de Murguía, Nuria Olivés, Virginia Ramírez, Mª Ángeles Rodríguez, Silvia Manrique, Teresa Motos, Maider Tellería, Mª Carmen Barea Cobos, Nagore Gabellanes Marieta y Celia Corres.
Seleccionador
José Manuel Brasa.

En los banquillos ya desde los 18 años, Brasa fue elegido seleccionador femenino en 1985, un año antes de la concesión de los Juegos a Barcelona. Fue un adelantado a su tiempo: sticks a medida, con apósitos especiales para corregir la posición; máquinas de tirar pelotas de tenis que lanzaban 300 bolas de hockey por hora para preparar los penaltis córner; entrenamientos a las porteras con una especie de cortina gigante para adquirir reflejos... Cualquier detalle se le ocurría a este tipo serio que tiempo después contrajo matrimonio con una de sus jugadoras y cree que su capacidad para inventar es genética porque su bisabuelo, Antonio Sanjurjo, fue uno de los cuatro españoles que en el siglo XIX construyeron un submarino.

Mercedes Coghen Capitana «Todo salió bien, pero hicimos de conejillos de indias y sufrimos un montón»

Brasa miraba a largo plazo, sin importarle la ausencia de las chicas en Seúl'88. Se recorrió España en busca de jugadoras que aceptaran sacrificar familias, estudios y trabajo para ser becadas y trasladarse a la Residencia Blume. Meses después del quinto puesto en el Mundial de 1990, les planteó tres opciones: luchar por las medallas y asumir el coste humano, aspirar a un quinto puesto con un esfuerzo menor o acudir a la gran cita sólo para el desfile. Como eligieron la primera alternativa, mujeres que solían ejercitarse cuatro horas semanales en sus clubes pasaron a trabajar diez horas diarias. «Terminábamos muchos días casi llorando», recuerda Coghen. A finales de febrero del año mágico comenzó la concentración en Terrasa. En el hotel 'Don Cándido' se planificaban las tácticas hasta el último detalle. Como a Brasa le inquietaba el agobio periodístico en días clave, una productora de televisión acompañó a las chicas para que se soltasen ante las cámaras sin descentrarse.

Llegó el estreno. En un mal partido, a base de empuje las españolas nivelaron un 0-2 adverso frente a Alemania. Luego, victoria cómoda ante Canadá y triunfo por la mínima ante Australia con una actuación memorable de Mariví González. El oro ya se veía factible. En la semifinal ante Corea, las gradas se ambientaron con pancartas del tipo «Las chicas de Brasa, el terror de Terrasa». Tras el empate a uno, en la prórroga se notó la paliza física de Cuba porque las españolas superaron a las asiáticas. Un gol y a la final.

Llega la final ante las germanas. Barea marca pronto, pero Hentschel empata enseguida. El miedo a perder atenaza a todas. Empate y prórroga. Casi al descanso, Tellería dibuja un pase magnífico, Maragall, sobrina del alcalde olímpico barcelonés, se lanza y gol. Baño de oro y desparrame en la fiesta del Club Egara. «Es como cuando te casas; no te acuerdas de muchas cosas y no te da tiempo a disfrutarlo, pero ahí quedan las fotos», bromea Coghen.

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