Yayoi Kusama y punto

La artista nipona abre su propio museo en TokioObsesionada con los lunares, la creadora, que empezó a pintar debido a las alucinaciones, ha labrado un prestigio a nivel internacional

BEGOÑA RODRÍGUEZ MADRID.

Yayoi Kusama, que nació en 1929 en el pueblo montañoso de Matsumoto, comenzó a pintar debido a las alucinaciones que sufría desde niña. Su madre la obligaba a ver las relaciones sexuales adúlteras que su padre mantenía y ella empezó a pintar para desaparecer, para volverse invisible y también para plasmar esas visiones alucinatorias que padecía. «Todavía veo alucinaciones», declaraba no hace mucho. «Los lunares vienen volando y caen en mi vestido, en el suelo, por la casa, por el techo. Y yo los pinto». Y esa es su tabla de salvación, y lo ha sido durante toda su vida.

A Estados Unidos llegó en 1957 tras mantener una larga correspondencia con la pintora Georgia O'Keefe, su mentora y principal influencia En menos de dos años, se estableció como una gran artista en un mundo del arte completamente dominado por hombres.

Ya en 1962, Kusama presentaba actuaciones en solitario en su estudio o organizaba happenings orgiásticos que involucraron a otras personas, generalmente desnudos y pintados con lunares. Algunos tuvieron lugar en el interior; otros estallaron espontáneamente en público: el jardín del Museo de Arte Moderno, el Puente de Brooklyn, Washington Square Park, Wall Street. Durante un período, los organizó semanalmente; pero a medida que avanzaban los años 60, estos eventos se convirtieron en protestas más claras contra la naturaleza intolerante de la sociedad, y también contra la guerra en Vietnam. Sus performances a veces atraían a la policía; pero más a menudo a los periodistas, que informaban en primera plana. De hecho, las cámaras han sido una constante en la vida de la artista nipona, tanto para llamar la atención como para afirmarse a sí misma y a su cuerpo.

A principios de la década de los 70, se retiró del mundo del arte para escribir (ha publicado al menos dos novelas, incluyendo 'Manhattan Suicide Addict', sobre sus experiencias). En 1973, regresa a Japón con planes de convertirse en una distribuidora privada en el arte del blue-chip. En 1975, sufrió un ataque de nervios y fue hospitalizada. Y en 1977, otra crisis la envió de regreso al hospital para siempre y por elección propia. Desde entonces, ha vivido y trabajado en la misma institución o cerca, pero apenas ha estado inactiva.

Y ahora, en Japón, ya tiene su particular santuario: un museo de cinco plantas, diseñado por Kume Sekkei, dedicado a la vida y obra de esta artista plástica en el distrito de Shinjuku de Tokio. «Hasta hace poco, era yo quien se iba al extranjero», decía Kusama, de 88 años, sentada en una silla de ruedas frente a su cuadro «Yo que he llegado al Universo», en la presentación de su museo. «Pero ahora reconozco que hay más personas que vienen a Japón para venir a ver mi trabajo», explicaba leyendo una declaración en una carpeta cubierta ... de lunares rojos. «Y es por eso que decidí establecer un lugar para que ellos puedan ver mi obra».

Con lunares hasta en el ascensor y en los espejos de los aseos, el museo admite tan solo un total de 200 visitantes diarios, o dicho de otra modo, a 50 personas cuatro veces al día, cada una de las cuales puede disfrutar del paseo hasta un máximo de 90 minutos. Las entradas ya están agotadas para los próximos meses.

La Tate de Londres, el museo Louisiana de Copenague, el Broad de Los Ángeles, el Whitney de Nueva York, el Hirshhorn de Washington o el Reina Sofía de Madrid han sido algunos de los museos donde ha recalado en los últimos años la obra de Kusama.

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