A la espera de la Gran Guerra

Los Lannister, en una imagen del último capítulo.
Los Lannister, en una imagen del último capítulo. / lp

'Juego de Tronos' cerró su séptima temporada con un final algo previsiblepero no por ello menos emocionante. Habrá que aguardar más de un año para ver el desenlace definitivo

MIKEL LABASTIDA

Sólo quedan seis episodios para descubrir cómo termina definitivamente 'Juego de Tronos', la épica serie que ha tumbado récords desde que se estrenó en 2011. Pero será necesario esperar para verlos. Como mínimo hasta el otoño del próximo año, aunque alguna fuente apunta a 2019. HBO no lo ha desvelado todavía. Los hackers que continuamente amenazan a la cadena, tampoco. Toca aguardar.

Habrá que quedarse con el regusto de la séptima temporada, la más corta de cuantas se han emitido hasta el momento (sólo 7 episodios frente a los 10 de anteriores tandas), y con un final (ofrecido en la madrugada del domingo al lunes) que aunque pecó de predecible no por ello resultó menos emocionante. Durante 80 minutos el capítulo brindó al espectador encuentros deseados, actos de justicia consumados, alguna revelación que los fans ya anticipaban y unas cuantas muertes. Amén de dragones, muertos vivientes y nieve. Ingredientes estos habituales en la serie, pero tratándose del cierre de curso servidos en plan gourmet, con productos de primerísima calidad. Faltaría más.

'Juego de Tronos' siempre se ha distinguido por el retrato de los personajes -complejos, disfuncionales, contradictorios-, por sus cuidados diálogos plagados de dobles lecturas, y por los giros de guión inesperados y muchas veces inmisericordes con los deseos del público. Y, por supuesto, por la inclusión de elementos sobrenaturales y por las espectaculares batallas que actuaban como guindas del pastel. Todo se tejía poco a poco y desembocaba en un momento cumbre en el que no faltaban fuegos artificiales. Pero el planteamiento ha cambiado en la temporada que acaba de finalizar. Esta vez se contrató pirotecnia desde el principio y no se ha dejado de disparar en ningún instante. Tracas, cohetes y mascletás. 'Juego de Tronos' ha entrado en una nueva fase. Dejaba de ser tan discursiva y reflexiva para entregarse a la acción y a la pasión. Una vez presentados y desarrollados todos los integrantes del juego y preparados los posibles escenarios, tocaba jugar, jugar para ganar. Ningún episodio ha dado respiro a los seguidores, que han asistido por fin al enfrentamiento de todos los protagonistas.

El cambio de tono no ha pasado desapercibido a nadie y no ha estado exento de reproches. En esto también hay un sector crítico, que no ha visto con buenos ojos que la serie pisase el acelerador con los acontecimientos y que ha cuestionado la rapidez con la que se trasladaban los personajes y la forma algo simplista en que se resolvían varias tramas. Cuando parecía inevitable la tragedia surgía un elemento sorpresa que la mitagaba. 'Deus ex machina' a cascoporro. La serie de HBO ha modificado sus reglas: ha dibujado con brocha gorda los diálogos (el hecho de que no hubiese libros de George R. R. Martin en los que apoyarse habrá influido) y ha echado el resto en la puesta en escena de las contiendas. Que para eso ahora tienen un presupuesto con el que no contaban en los primeros episodios (cuando estaban obligados a insinuar más que a mostrar).

Es el rumbo final de 'Juego de Tronos' y en este sendero luce espectacular. La última entrega ha dejado todo predispuesto para la Gran Guerra, mil veces anunciada por los más agoreros, la que lidiarán vivos contra muertos. Ya nada impide que se produzca. Y cuando digo nada es NADA.

Impactante imagen final

Y ahora tocan espoilers, absténganse de continuar leyendo quienes no hayan acabado el visionado de capítulos. Imposible no aplaudir la imagen con la que la superproducción bajó el telón. El dragón muerto y resucitado por el Rey de la Noche quebró la barrera que separaba los dos mundos. Poniente se enfrenta a su peor enemigo. Aunque era predecible el nuevo destino de Viserion el impacto no menguó. También se había elucubrado mucho con la verdadera identidad de Jon Snow, que al fin se confirmó. Impactó igual. Y más si la revelación se hace acompañada de una secuencia de cama también esperada... Es difícil sorprender con un producto que es examinado por lupa y al que le brotan teorías cada minuto. El reto era estar a la altura de las expectativas. Y Benioff y Weiss lo han conseguido con una ficción que, con sus fallos, sigue llevando a la tele a terrenos en los que nunca había estado.

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