El toro, caballo de batalla también en Sevilla

Llegado abril, Sevilla sucede a la marcera Valencia y enarbola como manda la tradición, la bandera de la capitalidad taurina del mundo. Y como en Valencia la polémica en torno a la presentación de los toros es caballo de batalla día sí y tarde también. Cuestión especialmente chocante en este caso, porque supone apartarse de un modelo y de un concepto muy acuñado y también muy acreditado, al que siempre se conoció como el toro de Sevilla, que suponía ejemplares armónicos, bonitos y sin estridencias, en realidad la flor de cada camada. Pues a pesar de conocerse y de estar tan experimentada la idea -también arraigada- este año aparecen toros feos y destartalados hasta la mismísima desesperación de clientes y toreros que ven como se desbarrancan sus expectativas artísticas.

En ese aspecto no se ha diferenciado, por ahora, mucho de Valencia con una clara ventaja para esta tierra. En las pasadas fallas como antídoto contra el descalzaperros que organizaban los veterinarios en corrales cada mañana, a la hora de la verdad aparecía al quite la buena suerte e incluso el buen talante de algún usía, y cada tarde acababan saltando al ruedo varios toros de triunfo, cosa que todavía no se ha producido este año en el ruedo hispalense.

Mientras se impone, es urgente, el buen criterio o los golpes de suerte necesarios para enderezar la feria abrileña, los espadas mejor librados hasta ahora han sido Roca Rey por su tarde de Resurrección; Curro Díaz que dio dos vueltas al ruedo la tarde de la cogida de Román; el mismo Román, que pese al percance dejó claro que no es uno más y firmó un arranque de faena precioso y muy torero; Pablo Aguado que ha sido la revelación con un toreo artístico y muy del gusto de Sevilla; Bolívar que aparece en estado de rehabilitación; y Alejandro Talavante, aunque todavía lejos de su mejor versión, el día del desastre de los toros de su apoderado, aprovechó un resquicio para hacer el toreo con su sello singular y un tanto misterioso.

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