Román cuajó una gran faena

Román, ayer, en el coso de la calle Xàtiva. / jesús signes

Rafaelillo cortó una oreja por su buen oficio y Alberto Gómez salió airoso del compromiso La Feria de Julio se cerró con una interesante corrida a cargo de la ganadería Cuadri

JOSÉ LUIS BENLLOCH VALENCIA.

La feria se cerró con buenas noticias. Román cuajó un toro. De Cuadri nada menos. Así que lo que era castigo, volver con cuadris, se convirtió en suerte. En el toreo nunca se sabe. Fue un toro precioso, guapo, bravo, Remiendo se llamaba, con temperamento, de esos con los que sueña el ganadero, por cuanto reunió casta y nobleza. Román lo entendió y estuvo a la altura. Y más. Lo toreó de principio a fin, con torería, aguante, gusto y cabeza; sí, con cabeza también. Y no era fácil dar la talla. Había que creerse que el cuadri embestía con aquella franqueza. Naturalmente cuando le mandaban; y Román le mandó desde que le salió con la muleta con un arranque muy poderoso, muy clásico, la rodilla flexionada y el trazo largo. Luego no tuvo suerte con la tizona, maldita sea, y esta vez no cabe decir que si esto o si aquello, que si la técnica o lo de más allá, Román se tiró a matar con todo el alma a cambio de una voltereta de las que te hielan la sangre. Y no se amilanó, prueba de ello es que lo volvió a intentar a toma y daca con la desgracia de que la espada, en la violencia del embroque, cayese atravesada, motivo suficiente para que el presidente contuviese las emociones y negase la oreja. La vuelta al ruedo fue de las de verdad, con la felicidad de haber cuajado el mejor toro de su vida y con la rabia de no haberlo culminado con la espada, pero lo hecho, hecho está. Desde ayer a nadie le debe extrañar que Román, un buen día, que sea ya, cuaje un toro como lo pueda cuajar el mejor.

La tarde se anunciaba sobre la base de los cuadri, que en esta tierra más que seguidores tiene devotos. Se notaba cuando pedían que los pusiesen largo en el caballo fuese oportuno o no; se notaba con las ovaciones con las que les recibían. Ovaciones merecidas, quede bien claro, porque eran apariciones solemnes, arrogantes. De pronto se llenaba la plaza de toro y había que aplaudir y temer. No está mal que los toros impongan temor. Los hubo que remataron en las tres suertes, los hubo, dos al menos, que asomaban sus tremendas humanidades, ¿se puede decir humanidades?... corpachones pues, por encima de los maderámenes, y los hubo que embistieron con nobleza, el primero, el segundo y el gran tercero, y los hubo más desabridos o totalmente desabridos, encabronados, como el cuarto y el sexto, que fue toro reservón y duro que cazaba a la espera; y los hubo como el quinto, nobletón pero menos definido o con menos opciones para definirse. Un conjunto que redime a la tan prestigiosa ganadería de recientes fiascos.

Hay que decir que la entrada mejoró respecto a la víspera, que el público entró en alguna contradicción entre lo que esperaba de los cuadris, el trato que pedía para ellos y la realidad. No hay que poner un toro largo si no es toro para esas pruebas. No se puede pedir que le peguen más pasadas en banderillas cuando es evidente que no va a haber lucimiento. Con los cuadris eso puede llegar a ser una quimera, a cambio de complicar todavía más la lidia. Estar a favor del toro no tiene que estar reñido con estar a favor de la lidia y los toreros, pero es tanto lo que se espera de ellos que suceder sucede.

La tarde arrancó con una faena de Rafaelillo de mucho oficio. Hubo tandas con la derecha muy a favor del toro y un tramo final con la zurda, más vistosa, naturales de uno en uno con regusto. Mató con eficacia y logró una justa oreja. Su segundo, violento, de derrote seco en las alturas, no le dio opción. Rafaelillo, que le había brindado al padre del niño Adrián, lo probó por los dos pitones, dejó claro qué tenía delante y lo despachó con aseo.

La faena de Román ya queda descrita. Se ganó el respeto general. Le debe servir para seguir creciendo. Para que se entienda, que nadie se engañe, que detrás de su comportamiento jovial y divertido hay un torero de lo más entero. Su segundo toro fue muy parado y a la expectativa. Con las fuerzas guardadas a la espera de la ocasión, fue toro de imposible lucimiento.

Alberto Gómez era el menos curtido de la terna. Puso empeño. No volvió la cara. Resolvió con dignidad una papeleta que seguramente superaba sus experiencia. Mejor con el gigantón quinto y regular con la espada, puede estar contento con el desenlace al margen de que la dureza de la tarde le pueda ayudar a abrir puertas o no. Nadie le puede decir que fracasó en tan dura prueba.

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