Recogimiento, torería y misterio

El diestro alicantino José María Manzanares, con su primer toro 'Verlanguillo'. / efe/javier lizón
El diestro alicantino José María Manzanares, con su primer toro 'Verlanguillo'. / efe/javier lizón

Ferrera, Manzanares y Talavante dan una buena tarde de toros en Madrid

JOSÉ LUIS BENLLOCH MADRID.

Madrid, corrida de expectación. Un espectáculo por sí misma. 24.000 almas a la espera del gran milagro del toreo. También una minoría muy minoría, esa España de siempre, con el deseo de que todo se frustre. Por esta vez, quimera inalcanzable. Los tres matadores pudieron ofrecer lo mejor de ellos. El Ferrera renovado, intimista y sin estridencias. El Manzanares contestado y combatido, con las armas suficientes para darle la vuelta a todos los dardos que le lanzaban -ese 7 que no cesa-. Y Talavante misterioso, original, imprevisible, con un toreo creativo y muy pulseado que se quedó al pie, maldita sea, de una puerta grande que ya se antojaba asegurada. Todo ello frente a una corrida de Núñez del Cuvillo bien presentada, con altas dosis de toreabilidad y alguna carencia de casta, ese fue el pellizco emotivo que faltó para que la magnífica tarde entrase en el territorio de lo excelso.

Fue el primer lleno de la feria. Eso se siente en Madrid desde la plaza Manuel Becerra hasta la misma explanada de Las Ventas. Reventa por las nubes y aficionados de postín llegados de toda España, incluido el AVE de Joaquín Sorolla, también de Alicante, especialmente de Dénia, llegados al reclamo del maestro Manzanares. Ninguno de los matadores defraudó, pero quien estuvo más cerca de la gloria fue Alejandro Talavante con dos faenas muy originales. El arranque de su primer trasteo, por abajo, fue de altos vuelos. Y llegó por sorpresa. Había andado el toro de acá para allá sin definirse hasta el momento en que se quedó solo frente al matador. A partir de ahí, el toro se creció, embistió vibrante y pronto, el torero se inspiró y le esperó a pie firme, con las muñecas fáciles y el corazón caliente, para conducirlo sometido y ralentizado por la izquierda y por la derecha. Le faltó el remate final a la faena y quizá por eso el premio se quedó reducido a una sola oreja. Co'n la puerta grande a la vista, en el sexto, un colorado muy enclasado y obediente, Alejandro bordó el toreo sobre las dos manos entre clamores. Esta vez fue el toro quien se apagó e impidió que la obra acabase en lo más alto. Aun así, de no ser por dos pinchazos previos a la buena estocada final hubiese añadido otro paseo por el umbral más glorioso del toreo.

Josemari tuvo al 7 muy en contra. Nada nuevo para él. En su primero la faena, aunque muy pulseada y limpia, nunca llegó a alcanzar el nivel necesario para romper el ambiente hostil. Ese muro lo derribó en el quinto, un jabonero sucio al que toreó de capa con mimo y ritmo en las verónicas de salida y en un quite a pies juntos. La faena tuvo la marca Manzanares en el mejor de los sentidos: hubo reunión, templanza, esa postura elegante que distingue su toreo, momentos cumbres al natural, también en los pases redondeados de pecho y, sobre todo, un momento fantástico: un molinete muy sentido, muy enroscado y muy eterno, como el abrazo de un Dios. A los dos los despachó de dos soberbios volapiés. Al arrastrarse el quinto, con la oreja conquistada, el de Alicante había vuelto a imponerse a los prejuicios de los intolerantes.

Ferrera le cortó una oreja al primero con ese toreo suave y muy recogido -en las antípodas de los alardes de sus comienzos- que le ha acabado de encumbrar. Entendió a la perfección al que abrió plaza y estrujó al cuarto, muy pobre de fuerzas, con unas pinceladas preciosas de auténtico primor. No pudo cuajar esa faena porque no había toro, pero dejó pasajes de una torería deslumbrante. Tan metido estaba en la faena, que su único pecado fue alargarla en exceso.

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