La quiniela de San Isidro, por los aires

Román da un pase a su segundo toro, ayer, en la corrida de la Feria de San Isidro en Madrid. / efe/javier lizón
Román da un pase a su segundo toro, ayer, en la corrida de la Feria de San Isidro en Madrid. / efe/javier lizón

Luis David Adame corta la oreja a un excelente astado de la ganadería de Juan Pedro Domecq Un lote muy deslucido impide el triunfo del valenciano Román en Madrid

JOSÉ LUIS BENLLOCH MADRID.

Nuestro gozo en un pozo. La quiniela, por los aires. Era la tarde en la que Juan Serrano debía redimir todas sus penas. Se fue de Las Ventas con los mismos pecados de siempre. Era la tarde en la que Román, agallas y decisión en carne viva, debía ratificar su lugar de torero base en las ferias. Fue imposible. Dos toros descompuestos y de feo estilo hicieron saltar por los aires las ilusiones del bravo Román y de las decenas, cientos, de valencianos que llegaron a la capital para respaldarle. Así que la reválida definitiva del valenciano este San Isidro ha quedado pendiente para el tercer paseíllo. Será con miuras, nada menos. Sabiendo cómo es Román, lo imprevisible y lo corajudo, las ilusiones siguen intactas y en lo más alto. El tercer hombre era el mexicano Luis David Adame. Sacó nota. Le cortó la oreja a su primero, un excelente jabonero, uno de los toros de la feria, y anduvo arrestoso con el toro que cerraba plaza, un juampedro con el hierro de Parladé que más que casta tuvo genio y que prometió de primeras más y mejores opciones de las que acabó ofreciendo. El cuarto nombre del cartel fue Juan Pedro. Si no llega a ser por ese magnífico jabonero, de nombre Ombú, guapo como él solo, que embistió con nobleza y recorrido, obediente y franco, estaríamos hablando de una nueva juampedrada, pero hay que rendir honores a uno de los ejemplares, ¡qué belleza!, que contará allá por junio entre los mejores de la feria.

Al tal Ombú lo toreó el segundo de los Adame con excelentes maneras, bien atalonado, reunido, con buen juego de brazos. Remató las series con excelentes pases de pecho, sin perder ese toque de espectacularidad y comunicación que acompaña a los de su tierra. Lo despachó de una estocada y para él fue la única oreja de la tarde. Su segundo, muy áspero y de viaje corto, no le dio ninguna facilidad y hasta el empeño del torero acabó descomponiendo sus ya descompuestas embestidas.

Román fue de más a menos. Su arranque con el capote en su primer toro fue un canto al arrojo. Lo lanceó a pies juntos, se echó el capote a la espalda sin solución de continuidad, dejó que las enterizas arrancadas del colorado le pespunteasen los muslos sin inmutarse. Eso fue lo mejor. Y ya en el arranque de faena, con la muleta plegada, la renuencia del toro llenó de malos augurios lo que se avecinaba: reponía el de Domecq, embestía fuerte y apretando hacia los adentros, le aguantó Román y la faena no pudo levantar el vuelo más allá del arrojo del torero, que no se entregó en ningún momento. El quinto fue feo y se cumplió la norma general que asegura que los feos no embisten. Nada que arrugase a Román, que insistió por un pitón y por otro hasta el exceso. No hubo éxito. Ya lo dijo El Gallo: «Lo que no puede ser, no puede ser» y el toro lo hacía imposible.

El Fino se fue de Las Ventas como llegó. En ese tono de prudencia y fatalidad que le ha acompañado en los últimos tiempos. Él, triste; y los aficionados, otro tanto, lamentando la cuesta abajo de uno de los mejores toreros de los últimos tiempos. Y aún siendo gris su tarde, dejó pinceladas y detalles que recordaron lo grande que fue.

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