Paco Ureña se reviste de héroe

Instante de la cogida de Ureña, ayer en Valencia.
Instante de la cogida de Ureña, ayer en Valencia. / Jesús Signes

La estulticia presidencial le negó la puerta grande tras dos faenas cargadas de dramatismo y torería

JOSÉ LUIS BENLLOCH VALENCIA.

Atraco en el coso. Robo. Ridículo. Elijan. Esperpento presidencial. Y no es el primero en esta plaza. Unas veces por exceso, otras, ayer mismamente, en esa ruleta rusa que se ha convertido el palco de Valencia, fue por defecto. Tan gorda la lió el usía o sus consejeros, Amado y Cía, que lo que era decididamente una tarde memorable, gloria y épica descarnada, la consagración de un torero bravo, se convirtió en un patético descalzaperros. Lo necesario para dinamitar cualquier intento de prestigiar la plaza de Valencia. Y si como sucedía ayer, un torero da las señas necesarias para iniciar la retirada, nada personal en la cuestión, un presidente ni que decir que también. Si me permiten el sarcasmo, ayer el palco se ganó un sitio en la historia... en la más grotesca, claro.

¿Que qué pasó?... Que un torero bravo apostó a la heroica y venció en sus dos toros. Desde el principio hasta que se fue entre clamores, vacío y feliz, por la puerta de cuadrillas. Al primero desclasado y complicado, acabó sometiéndole para sacar un fondo de clase que no había mostrado de primeras. Dominado el toro, encontrado el algoritmo de la altura y la distancia, eso que llaman maestría, lo toreó a placer. Zapatillas asentadas, la cintura rota, el toro enroscado al talle, el público entusiasmado, la verdad del toreo en su versión más libre de adornos y alharacas. Quiso Ureña asegurar el triunfo y en la estocada el algarra le cogió de lleno, le zarandeó con saña, le noqueó y cuando le estrelló contra el suelo, el cuerpo inerte, la mirada perdida, la taleguilla hecha unos zorros... no había más sensación que la de una cornada terrible. Hay Dios, hay providencia, justicia superior a pesar de la insensibilidad de algunos presidentes y, cuando la consternación era general, Ureña despertó o casi, y apareció en la arena para ver doblar a su oponente. Tardó en echarse el toro y, cuando lo hizo, Ureña se fue caminando, orgulloso y entero, a ponerse en manos de los doctores.

Tardó en haber noticias de las consecuencias de semejante apaleamiento. Al final se hizo la luz. Reconocido, se le diagnosticó una conmoción cerebral, un corte en la frente, múltiples varetazos y un vestido destrozado. Total ná, debió pensar el bravo Ureña, que pidió que retrasasen su intervención, que en lugar de estoquear el quinto, le diesen unos minutos de cortesía para salir en sexto lugar. La ovación de acogida, cuando le descubrieron saliendo del túnel de la enfermería, fue enternecedora, un canto al valiente, la reconciliación con el toreo más auténtico. Ureña encarnaba definitivamente el papel del héroe, que es la esencia del toreo. Una vez tenemos el héroe, luego hablamos de belleza y de estilos, pero esto, el toreo, en el siglo XXI sólo se puede mantener con gente que interprete/asuma el papel de héroe tal cual lo hizo ayer Ureña. Siendo importante lo que les cuento, no estoy pidiendo benevolencia en el juicio final. El atraco presidencial no se fundamentó en la lástima ni en el reconocimiento, así hubiese estado Ureña hecho un pimpollo que esa faena última era de dos orejas. Por cómo toreó de capa, por cómo se paró con el toro, por la verdad de su toreo, lento, sincero, bravo, desgarrado, salido de su alma, inspirado, incuestionable, clarísimo para cualquier mente sana. Y no sólo por eso, además cuenta la estocada, soberbia, olvidado de lo que le había ocurrido en su primero, eficaz y rotunda. En ese punto, cuando no había nada que pensar, bastaba con sentir, el usía y compañía se parapetaron tras la balaustrada del palco y le negaron la segunda oreja y la puerta grande. Lo que no pudieron robarle fue el reconocimiento general y su consagración y no es consuelo que quedase bien a la claras las posaderas de su ineptitud. Una pena. Nada personal, pero una pena.

La vuelta de los algarra

La corrida tuvo otro protagonista destacado, la ganadería de Luis Algarra, que sigue reivindicándose. Fue cuna y referencia de lo mejor en el mundo del bravo y madre de ganaderías, luego entró en bache porque las buenas rachas ganaderas no son eternas y porque la gente con la sabiduría y personalidad de quien la creó, Luis Alagarra Polera, no es fácil de sustituir. Felizmente su hija Aurora ha encontrado de nuevo la veta buena y los algarras llevan camino de ser lo que fueron. La feria pasada con un solo toro se ganó esta feria y esta feria, ayer, se ganó la próxima. Soltó una corrida seria, brava, con categoría y nobleza. Me gustó menos el quinto, los otros, cinco de seis, más a flor de piel o menos a la vista tuvieron clase y bravura. El cuarto, que se estrelló de puro bravo contra un burladero, no sólo no se mató sino que embistió con codicia a los montados y a los de a pie.

Un triste adiós

Todo ello puso del revés el guión previsto de la tarde, en principio dedicada a la despedida de Rivera. No estuvo nada bien. Se le notó la experiencia para cubrir pasajes con profesionalidad y se le notaron esas carencias/dudas que avisan a los propios toreros de que ha llegado el momento del adiós. Por lo que fue él mismo, por su historia familiar, por sus muchos amigos, que los tiene, todos hubiésemos deseado que la despedida del nieto de Ordóñez e hijo de Paquirri hubiese tenido otros lauros.

Alberto López Simón cortó una oreja pero no pudo superar toda esa catarata de acontecimientos y emociones. Puso empeño y no pasó de la discreción.

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