El recadero de los Morancos

Alejandro Sanz. / Virginia Carrasco

Alejandro Sanz recogía la ropa del dúo para llevarla a lavar. Así lo revela una biografía en la que el músico cuenta que su madre le pegó un guitarrazo de niño por dar la tabarra

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUAMadrid

No es fácil imaginar a Alejandro Sanz acarreando ropa sucia para llevarla a lavar. Pero así fue y al recadero no le importa reconocerlo. Entonces el cantante no era nadie, o casi nadie, y se encargaba de llevar la indumentaria sudada de Los Morancos a la lavandería cuando éstos actuaban en la sala Windsor de Madrid. «Ahora somos nosotros los que le recogemos las cáscaras de plátano y los cacahuetes en Miami», dice César Cadaval, el más bajo del dúo de humoristas. Hoy Alejandro Sanz es un triunfador que ha vendido 25 millones de discos y que atesora el mayor número de premios Grammy: 20 latinos y tres americanos. El cantante, músico y compositor, que cuenta con más de 18 millones de seguidores en Twitter, tiene un pronto fuerte y una sensibilidad especial. La vida de este chico de barrio, un híbrido entre la meseta madrileña y el Atlántico gaditano, ha sido diseccionada en una biografía por el ejecutivo discográfico y escritor Óscar García Blesa. En ‘#Vive’, así se llama el libro publicado por Aguilar (608 páginas, 18,90 euros), el autor ha recabado el testimonio de 200 personajes relevantes en el devenir del artista, quien ha dado su plácet a la obra. Joan Manuel Serrat, Penélope Cruz, Rafael Nadal o Alicia Keys son algunas de las figuras, entre otras muchas, que ofrecen su testimonio sobre el artista. Este periódico avanza en exclusiva la biografía, a la venta en las librerías el próximo jueves.

Con 26 años de carrera a cuestas, Alejandro Sánchez Pizarro, su verdadero nombre, echa la vista atrás y rememora sus orígenes. García Blesa hurga en sus comienzos, no desde que nadaba en las aguas amnióticas del vientre de su madre, pero casi. El compositor (Madrid, 18 diciembre de 1968) es hijo de Jesús Sánchez Madero, un guitarrista de Algeciras amigo del padre de Paco de Lucía, y de María Pizarro Medina, una fuerza de la naturaleza con ojos de loba nacida en Alcalá de los Gazules (Cádiz). En el número 27 de la calle Vicente Espinel, en el humilde barrio madrileño de Ciudad Lineal, crecieron los hijos del matrimonio, Jesús y Alejandro. En ese piso pocas cosas podían ver los dos chicos: un patio interior, ropa tendida y los trajines de tres monjas de Palencia que vivían de alquiler en un cuarto con terraza que su madre les había alquilado.

El padre. Guitarrista de casta

Una presencia ausente siempre de gira

El niño Alejandro apuntó maneras pronto. El primer regalo que le hizo su padre, uno que le «cambió la vida», fue una raqueta. Pero en vez de ejecutar un revés, el crío agarró el mango, se colocó frente al espejo y tocó el encordado como si fuera una guitarra. De casta le viene al galgo, porque su padre Jesús se dedicaba profesionalmente a rasguear las seis cuerdas con ‘Los 3 de la Bahía’. No era un virtuoso pero sabía seguir una rumba, un tango o lo que le echaran, ya fuera en un teatro de Jerez o en el Caripén, un restaurante de Lola Flores. Jesús Sánchez Madero acompañó a Dolores Vargas y Manolo Escobar, entre otros muchos, unas veces como instrumentista y otras haciendo coros.

Alejandro siempre vio a su padre como a un héroe, aunque se pasara largas temporadas fuera de casa por culpa de las giras con su grupo. «Estábamos meses sin verle, con lo que estuvo casi ausente en nuestra infancia. No es ningún reproche, lo hacía para traer el pan a casa», cuenta su hijo. Y entre actuación y actuación, Jesús Pizarro engrosaba los ingresos familiares con la venta de libros a domicilio.

La madre. Mujer con arrestos

Una echadora de cartas con muchos aciertos

Quien se quedaba a cargo de los hijos era María, una mujer nada medrosa, sino decidida y con arrestos, una matriarca que arrastraba a toda la familia consigo. Cuando daba una voz le temblaban las piernas al interpelado. Y eso que lidiar con su progenie no era tarea sencilla. Los chicos se fabricaban unos rudimentarios monopatines con una tabla y unos rodamientos de camión, de modo que era frecuente que vinieran a casa descalabrados. Quizá por eso, para distraerse de las maquinaciones de esos demonios, le dio por echar las cartas. Lo bueno es que acertaba a menudo.

Harta y con ganas de quitarse de en medio por unas horas a los chavales, María apuntó a las criaturas a clases de guitarra. En realidad, los quería inscribir en kárate, pero en ese momento el aula estaba cerrada y el cupo completo.

Pronto descubrió Alejandro que tenía eso que los flamencos llaman ‘ángel’. Estaba abducido por la guitarra, se levantaba a las seis y media de la mañana a ensayar arpegios, al principio no muy bien porque su madre, hasta la coronilla de tanta matraca, se la estampó en la cabeza, con tan mala suerte que le hizo un boquete al instrumento. El pequeño Alejandro lo arregló de mala manera colocando un papel para ocultar el agujero. En el remiendo había un anuncio de Kodak del que salía el famoso pajarito de la foto. Desde entonces su profesor de guitarra le decía: «A ver, el del pajarito, qué traes hoy».

Moratalaz. Territorio comanche

«Si me das problemas, te doy una patada en los huevos»

El aprendiz de artista era una rara avis. Al adolescente le tiraba el rock andaluz, el heavy metal y, claro está, el flamenco. ¿Cómo no le iba a seducir el cante jondo? Cuando los Sánchez viajaban de Madrid a Algeciras, en unos viajes eternos que duraban doce o catorce horas dentro de un 600 que conducía su madre (en esos veranos el padre andaba de turné), su familia se juntaba con Ramón de Lucía, hermano mayor de Paco y Pepe de Lucía.

Los Sánchez se mudaron en 1980 a Moratalaz, un barrio al este de Madrid, hoy de clase media, pero que entonces era territorio comanche y paraje idóneo para pendencias. Allí el chaval conoció la calle. En Los Nardos, un bar que había al lado de unos billares, le contrataron para tocar tres veces al mes durante toda la semana: a las tres, a las nueve y a la una. La sesión de madrugada era la más peligrosa porque iba gente empapuzada en alcohol. Siendo posible adquirir taburetes de material ligero, el dueño los eligió de madera para que en caso de trifulca fuera difícil arrojarlos sobre la testa del parroquiano. «Pesaban como la madre que los parió», dice Sanz.

Ese ambiente de bravuconería le influyó. El aspirante a músico se había convertido en «un perroflauta pero sin flauta», todo un macarrilla al que expulsaron del instituto. La madre llamó a uno de sus profesores, Vicente Ramírez Puerto, del mismo pueblo que ella, para que le diera un consejo. Y vaya si se lo dio. «Si tú me das problemas, te voy a dar una patada en los huevos. Yo sé que eres capaz de ser el número uno de tu clase, a ver si te atreves a demostrármelo», le dijo el maestro.

Sus comienzos fueron duros. A los 18 años actuaba en lugares poco recomendables, en bares, restaurantes, ‘boites’ y clubes de alterne. Cuando logró que una discográfica le abriera sus puertas, a alguien se le ocurrió una idea la mar de peregrina: bautizarle con el nombre artístico Alejandro Magno. Con el tiempo, el Magno mudó en Sanz.

Y llegó el Capi. Su descubridor

‘Corazón partío’, un título tomado de un bulería

En los primeros noventa era difícil para un solista hacerse un hueco en la industria discográfica, que prefería por esa época apostar por los grupos. Sin embargo, el artista tuvo suerte y los sellos Hispavox y la Warner se enzarzaron en una puja por ficharle. Fue la segunda la que se llevó el gato al agua y la que editó en 1991 ‘Viviendo deprisa’, su primer disco oficial. Miguel Ángel Arenas, ‘Capi, fue su descubridor.

En 1997 sacó ‘Más’, en el que se incluía su celebérrimo tema ‘Corazón partío’, que toma su título de una bulería que cantaba Camarón. Su parto fue laborioso. Grabada con los mejores músicos, a Alejandro no acababa de gustarle la canción, no tenía ese «pellizco» que toca el alma. Sobre ella corrieron muchos bulos, que si primero se la ofrecieron a Camela, luego a Rosario Flores... Pero una vez bien pulida y con los arreglos pertinentes, el compositor tuvo claro que era una de sus mejores canciones, una composición que entreveraba los acordes aflamencados con los ritmos pop y latinos. Fue tal el éxito que todos querían su trozo de la tarta. El tema incluía en su letra este verso: «Tiritas pa’ este corazón partío, tiritando de frío». Como quien no corre vuela, un picapleitos que representaba a una multinacional sanitaria quiso parar la reproducción de la obra porque en ellas se hablaban de las ‘tiritas’, una marca registrada.

Paco de Lucía. El genio

La muerte del maestro le dejó noqueado

Amante del vino, el músico es un ‘gourmet’ en toda regla. Como en la cocina, su arte se nutre del aliño de distintas disciplinas creativas sabiamente condimentadas con ingredientes diversos. Por eso es denostado por los puristas, aunque como él mismo dice, la batalla por el flamenco puro, si alguna vez la hubo, «ya está perdida».

Al fin y al cabo, el mestizaje es lo que hizo su maestro Paco de Lucía, cuya muerte en febrero de 2014 le dejó noqueado. «Me tiré en mi estudio de grabación tres días. No tenía consuelo. En el estudio, lo mismo tocaba que lloraba que ponía vídeos de él…».

Lejos de la falsa modestia, Sanz cree que su voz ha mejorado con la madurez; los años han inyectado en sus cuerdas vocales la impronta de la autenticidad. «Ahora ya no llego a notas altas como antes, y, sin embargo, canto mucho mejor porque descubrí que no tenía por qué hacerlo todo como se supone que se debe hacer».

Otro de sus éxitos más escuchado es ‘Y, ¿si fuera ella’, un tema compuesto durante una crisis con la mexicana Jaydy Michel, su primera mujer, con quien tuvo su hija Manuela. Jaydy se había ido a su país, y Alejandro le dijo a su manera, con una canción, que regresara. Así lo hizo ella, aunque la pareja se divorció en 2005. De su matrimonio con Raquel Perera, con quien se casó hace cinco años en Jarandilla de la Vera (Cáceres), nacieron Dylan, de seis años, y Alma, de tres.

La biografía pasa de puntillas sobre su vida sentimental y su hijo Alexander, fruto de una relación pasajera con la diseñadora puertorriqueña Valeria Rivera. El cantante, sin embargo, no es un descastado y venció su pudor felicitando en las redes sociales a Alexander, quien nació cuando aún el compositor estaba unido a Jaydy Michel.

Causas políticas. El compromiso

Tiempos convulsos que exigen una dosis de rebeldía

Alejandro Sanz es un hombre de su tiempo que no rehúye el compromiso. No en balde hace cuatro años dirigió una carta al entonces presidente de EE UU, Barack Obama, para detener las prospecciones petrolíferas en el Ártico y aminorar así, si todavía se puede, el cambio climático.

Afincado en Miami, el músico creyó llegado el momento de abordar el asunto de los balseros y hablar abiertamente de la violación de derechos humanos en Cuba. Lo hizo con ocasión de la salida al mercado del álbum ‘No es lo mismo’ (2003). «Todo lo que pasó con Fidel, aquellos asesinatos gubernamentales, esos atropellos a los derechos, a la libertad de expresión. […] En los tiempos que corren hace falta un poco de rebeldía».

Su familia siempre ha sintonizado con el centro izquierda. No por casualidad un tío suyo fue el fundador del Partido Socialista en Cádiz. «El hermano de mi abuelo estaba en una lista negra, porque era el que leía los panfletos a los de la CNT… Mi tío Paco decía que lo mataron porque sabía leer».

Sanz fue a ver al hospital a Irene Villa cuando sufrió el atentado terrorista. Tenía 12 años y el cantante era su ídolo. A la víctima de ETA le hizo feliz la visita inesperada de su admirado Alejandro Sanz, aunque él no le da demasiada importancia. «Cualquiera de nosotros hubiera hecho lo mismo. Me enteré de que a Irene le gustaba mi música y me fui al hospital y me presenté y le lleve un regalito».

Los antecedentes socialistas no le impiden recibir halagos de políticos de cualquier pelaje, desde José María Michavila, ministro de Justicia con Aznar, a Gabriel Rufián, de ERC. Al diputado que exhibió una impresora en el Congreso le van los cantautores al estilo de Sabina, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Pero hace justicia a Sanz. «Alejandro era más lírico, más poético y me impactó. Para mí el descubrimiento fue el disco ‘3’ [...] El primer contacto con su música es en el tocadiscos de una prima mayor que yo, y ya me pareció que sonaba bien, que era otra forma de cantar, eran poemas cantados».

Alejandro odia los aviones y los aeropuertos. Adora el mar y los trenes. Abomina de la piratería y la reventa de entradas, lo que le ha deparado las antipatías de alguna gente que milita en el partido del morro. Quizá la mejor definición venga de él mismo. Una vez el periodista Jesús Quintero, ‘El loco de la colina’, le preguntó:

– ¿Qué hace usted por los demás?

– Pues, hombre, no jodo mucho.

Ahora que se cumplen 20 años del lanzamiento de ‘Más’, el disco más vendido de la historia de la música española, no cambiaría ninguno de los segundos de esas dos décadas. «El rencor y el arrepentimiento no me aportan nada. Prefiero olvidar», asegura.

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