La muchachita de Valladolid

Concha Velasco, en el centro, en una escena de 'El funeral'. ::
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Concha Velasco, en el centro, en una escena de 'El funeral'. :: / LP

Concha Velasco vuelve al Olympia con su ¿última? interpretación 'El funeral' es una comedia con sabor a despedida. La obra y el texto son lo de menos. La presencia sublime de la actriz está por encima

'El funeral' puede ser la última obra protagonizada por la mítica y veterana actriz Concha Velasco, que ha anunciado plantearse su retirada cuando cumpla ochenta años al finalizar las representaciones de este trabajo. Y nada más apropiado que hacerlo con una comedia con sabor a despedida y rúbrica a los sesenta y cuatro años en la profesión, estrenada hace un mes en el teatro Calderón de Valladolid, su localidad natal. Valencia es la segunda plaza de la gira, demostrando su cariño a nuestra ciudad y a la sala Olympia que ha acogido bastantes obras suyas, lo cual es para agradecérselo de verdad.

La obra y el texto son lo de menos. La presencia sublime de Concha Velasco está por encima de lo creado y dirigido en clave de homenaje personal por su hijo Manuel M. Velasco. Impone, atrapa, disfruta interpretando y lo transmite al público con una fuerza inusual a su edad. Ella es la obra en sí misma: su respuesta con su simpatía natural a su hipotética muerte, lanzando el mensaje de que siempre estará en los escenarios aunque sea en forma de fantasma e ironizando al transmitir que fingir la propia defunción es la mejor actuación posible.

Esta simbiosis de ficción y realidad existe desde el comienzo: un velatorio en el escenario. Así lo ha determinado el Ministerio de Cultura al morir Lucrecia Conti (Concha Velasco), la actriz más importante del cine, el teatro y la televisión en España, curiosa sonrisa hacia la falsa modestia de la profesión. Sus dos jóvenes nietas invitan a los espectadores a subir a las tablas para ver el cuerpo presente y firmar en el libro de condolencias antes del inicio. El amor de doña Concha al publico es tan grande que lo hace partícipe de su funeral, e incluso posteriormente le invitará a pequeños bocadillos (invitar a comer ante un sarcófago ya lo vimos en 'Tánatos show' de Sonia Alejo).

Así pues, la obra es la propia actriz. Ella «resucita» ante el pavor de las dos nietas, el sobrino y el agente, que no de un público a la espera ansiosa de su majestuosa aparición por el pasillo de la sala. Le acompaña con corrección Antonio Resines, que sigue interpretando a Antonio Resines, en el papel de Luján, representante de Lucrecia con el que se critica la voracidad materialista de su profesión, un mal necesario: no preguntará a la actriz si tiene frío pero le buscará nuevos programas televisivos con los que elevar su fama y, por tanto, los beneficios económicos.

Lástima que el guión no acierte hilvanando una historia con lo inverosímil y lo verosímil integrados, y que muchos chistes sean previsibles o simpáticas ocurrencias. La dirección no extrae el potencial que tiene en el escenario, como el de la fenomenal Clara Alvarado (Ainhoa), o la disposición del mobiliario como obstáculo. Gustan las referencias al mundo del teatro y del espectáculo, incluyendo la crítica a la televisión actual, y los trucos del montaje, pero hay demasiados chascarrillos (nada que ver con el humor absurdo de Jardiel a pesar de las apariciones y desapariciones), y falta un desarrollo argumental consistente.

Después del papel tierno y dramático en 'Olivia y Eugenio' y el espectacular monólogo para una grande en 'Reina Juana', sus obras anteriores, doña Concha proclama que el espectáculo debe continuar. Ahí queda su camerino con sus fotografías a lo largo de su carrera, aunque se marche de crucero, en este emotivo y cariñoso homenaje de ¿despedida? en el Olympia. Siempre nos acompañará su sonrisa.

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