Viajes que merece la pena contar

Agatha Christie, durante su primer viaje a El Cairo en 1910. / E.C.

Autores como Javier Reverte o Juan Barceló defienden la vigencia de este tipo de literatura

IÑAKI ESTEBAN MADRID.

Hay tan pocos éxitos literarios en comparación con las obras publicadas que, cuando un libro vende mucho, las editoriales sacan títulos y más títulos con la misma fórmula. Ocurrió con el erotismo blando de E. L. James y sus 'Cincuenta sombras de Grey', replicado por decenas de autoras, algunas con unas ventas notables y de las que ya nadie se acuerda. «La literatura de viajes también llegó a ser una moda y quizá hoy no tenga tanta presencia, pero sigue habiendo buenas editoriales y buenos títulos», constata Javier Reverte, autor entre otros muchos títulos de 'El sueño de África'.

Rechazada por varias casas editoras, se publicó en 1996 y pasó pronto la barrera de los 100.000 ejemplares. Él fue uno de los artífices de aquella moda de los noventa y principios de este siglo. «En todo caso, yo he notado la misma bajada en las ventas de mis novelas y de mis obras de viajes, y se debe a la crisis más general del libro».

Para unos es sólo literatura, para otros se acerca a la novela de aventuras y unos terceros lo aproximan al periodismo contador de historias. «Yo no tengo muy claro si soy un escritor de viajes y tampoco me importan estas categorías. Me da igual: yo escribo. Soy periodista, busco historias que me parecen buenas. Casi siempre, el viaje es simplemente el medio para llegar a las historias. Viajar y escribir comparten una esencia: son maneras de acercarse a los demás. Eso es lo que me interesa», reflexiona Ander Izagirre, autor de 'Cansasuelos: Seis días a pie por los Apeninos', que esta semana se encontraba subiendo los Alpes en bicicleta con su novia, sin teléfono móvil, porque apenas lo usa.

Editoriales como Altaïr, que también publica una revista con reportajes en profundidad, RBA y Ediciones del Viento mantienen sus colecciones de viajeros, la última más dedicada a los clásicos.

Pero la abundancia no se halla en este sector profesional, sino en los blogs y publicaciones en internet. Si antes la gente enseñaba las fotos y vídeos a familiares y amigos al regresar de sus viajes, ahora los cuenta en las diferentes maneras que permite la red. «Nos gusta comunicarnos, aunque de la comunicación a la literatura hay un largo trecho. El viaje te coloca en una situación extraordinaria. Lo que ves te resulta excepcional y te dan ganas de contarlo. Y luego están los viajes pagados por agencias o compañías aéreas. Si en el texto pone que el paisaje o el ambiente es 'mágico' o 'maravilloso' seguro que hay algo de eso. Escribir literatura de viajes es otra cosa. Exige años de preparación y oficio. Y es recomendable que cada uno se pague los billetes y el alojamiento. Yo al menos así lo hago», considera Reverte.

Más allá del cliché

La aventura puede estar en cualquier sitio, en la sabana africana, en Nueva York o a la vuelta de la esquina. «Un escritor busca algo distinto, quiere huir de los clichés, y el turismo es el reinado absoluto del cliché. Pero no es nada complicado huir de eso: basta con salir andando por un sendero al lado de tu casa. Lo importante es tener una buena idea, buscarla, estimular el azar, porque al viajar hacemos eso: estimulamos el azar para que pasen cosas que nos interesen, y para contarlo bien», resalta Izagirre, autor de 'Potosí', sobre la miseria de los mineros bolivianos.

Muchos de los escritores que hoy se consideran clásicos, o que tienen una carrera muy acreditada, han practicado la literatura de viajes. Reverte cita a Mark Twain y su 'Siguiendo el ecuador'; a Agatha Christie que con su marido el arqueólogo Max Mallowan visitó en los años treinta del pasado siglo ciudades como Nimrud y Palmira; y, cómo no, a Josep Pla.

El escritor, viajero y periodista Juan Barceló elige a André Gide y sus textos sobre Indochina; a George Orwell y su libro sobre Birmania, donde fue policía; y al valenciano Rafael Chirbes, que en 'El viajero sedentario' comienza en Pekín y termina en Ibiza.

«Los escritores han querido practicar este tipo de literatura porque el viaje tiene un componente iniciático, de encuentro con uno mismo, lo que le hace muy atractivo», incide Barceló, que acaba de publicar 'Primavera de la esperanza' (Ediciones del Viento), una serie de retratos de científicos y viajeros en el siglo XVIII.

Las circunstancias viajeras de la era pretecnológica no se parecen en nada a las actuales. La iniciación viajera es cada vez más rara o difícil. «A muchos sitios a los que antes se podía llegar, ahora no se puede a menos que vayas con un kalashnikov a la espalda. Como llevas móvil, no rompes con el lugar de origen. Y si estás en una ciudad no serás del todo extranjero porque en el mundo global todo tiende a parecerse», añade Barceló.

Esa forma más cómoda -o comodona- de viajar comenzó según Barceló cuando los 'hippies' empezaron a ir a India para encontrarse con su espíritu. «No tenían por qué buscarse la vida. Cuando se les acababa el dinero, lo pedían a casa y se lo mandaban sus padres por giro postal».

El parque africano

Detrás de Ediciones del Viento está Eduardo Riestra, escritor y librero además de editor. Empezó con el libro sobre Birmania de Orwell y continuó con 'Gente remota', obra en la que el escritor Evelyn Waugh cuenta con ironía su viaje a Etiopía en 1930, enviado por 'The Times' para asistir a la coronación del nuevo emperador de Abisinia, el Ras Tafari, autodenominado Haile Selassie I. Entre una cosa y otra, pasó cinco meses en África.

«Editar esos libros me devuelve al África de 'Las minas del rey Salomón y de 'Tarzán', un parque temático de cuellos largos de jirafas y de trompas de elefantes. Faltaba por publicar en español obras históricas sobre Latinoamérica y Asia. Editarlas con buenas traducciones, en su caso, sigue siendo una de mis preocupaciones. Lo que no vale es, como a veces pretenden ahora algunos, contar lo que te pasa en el hotel, más o menos lo mismo que le pasa a todo el mundo», explica.

Las ventas son «regulares», si bien el género cuenta con «un público que sigue muy cerca estos libros». Lo que pide es que los libreros los traten bien. «Yo quiero que estén con las novelas porque la literatura de viajes es un género narrativo».

Un género cuyas claves y lenguajes han cambiado, tercia Reverte. «Ya no puedes describir elefantes como si los vieras por primera vez porque todo el mundo sabe perfectamente cómo son. Hay que acertar con el punto de vista y con la estructura. Yo no hago diferencias a este respecto entre los libros de viajes, que disfruto mucho escribiéndolos, y las novelas».

Izagirre reconoce que ahora hay menos premios y publicaciones sobre viajes que hace unos años. «No me preocupa nada: cambian las formas, las preocupaciones. Por ejemplo, Martín Caparrós innovaba mucho en 'El interior' (sobre las 14 provincias del norte de Argentina). No en la idea de explorar un territorio o un concepto o una historia, pero sí en la forma de contarlo, en la fusión de crónica, poesía, pequeños ensayos... Lo que no tiene sentido es escribir como hace treinta años a un lector de ahora», concluye.

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