Mara Torres, entre la realidad y el deseo

La escritora y periodista Mara Torres. / Archivo

«El platónico es el único amor que no se desgasta», dice la 'enamoradiza' autora de 'Días felices'

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Tenía el firme deseo de volver a la novela, pero la realidad parecía empeñada en impedírselo. Mara Torres (Madrid, 1974) ha logrado, al fin, que el deseo se imponga a la tozuda realidad y regresa a la ficción con 'Los días felices' (Planeta). «Ya me advirtieron que tuviera cuidado, que lo que se desea acaba cumpliéndose», dice risueña la autora de una novela 'cernudiana' sobre el amor y sus meandros. No en vano se abre con unos versos de 'La Realidad y el Deseo', del gran poeta sevillano, y con otros mucho más existenciales de 'Happy days', de Samuel Beckett. Ambos son pistas para sus lectores.

«La poesía me ayuda a escribir y a vivir. Me ha salvado la vida, metafóricamente, y recurro a ella cuando la necesito», explica Torres que recurrió a la gasolina poética para culminar esta novela «sobre sentimientos». «Escribir me permite evadirme de la cotidianidad, de la realidad. Salir de mi propia vida para conectar de nuevo con ella, y espero que el lector pueda hacer lo mismo». Es el deseo como narradora de una periodista que quiso «prescindir a propósito de la política».

Periodista desde hace 25 años, cara del telediario de La 2 desde hace una década, Torres escribe desde que tiene memoria. Fue finalista del premio Planeta en 2012 con 'La vida imaginaria' -«que iba a ser un diario»- y desde entonces trataba de novelar de nuevo «sin demasiado éxito». Hasta que una de esas felices jugarretas de la vida le permitió salir del bloqueo.

«Concebí la estructura de la novela antes de pergeñar la historia y dar con sus personajes», explica. Hablaría esos «días felices» que todos vivimos cada doce meses, «para contar como nos transformamos deteniéndome en uno de cada cinco cumpleaños de Miguel, su personaje central». Un protagonista que está en esa fase «en la que comprendes que la vida va en serio», explica la autora recurriendo ahora a los versos de Jaime Gil de Biedma.

Narra como cambianos entre los 20 y los 40 años, «dos décadas decisivas en la vida de cualquiera, mucho más movidas y accidentadas que de los 40 a los 60», sostiene. Si alguien quiere saber cómo es su vida, que escudriñe el día de su cumpleaños de lustro en lustro, propone. «En ese plazo el mundo cambia y cuando uno se quiere dar cuenta es otro», escribe Miguel, sujeto de una transformación vital, emocional, personal y laboral. «Es un tipo sencillo; no es un líder ni un héroe, alguien con una vida normal y corriente, un topo normal e inseguro que se convierte en excepcional para su entorno», explica su creadora.

Lo presenta al lector el día que cumple 40 años, cuando recibe una llamada de Claudia, a quien conoció veinte años atrás, también en el día de su aniversario, y de la que ha estado enamorado platónicamente desde entonces. «He tenido muchos amores platónicos -confiesa- y sé que es el único amor que no se desgasta, que se mantiene como anhelo en tanto en cuanto no se consuma», asegura Torres, que novela sobre el amor y su avatares, sobre amistades duraderas y desamores, deseos colmados e incumplidos, de anhelos e insatisfacciones.

«Desear lo que no tenemos es un sentimiento universal, innato en el ser humano, un inconformismo que a veces trae alegrías», concede la escritora que se deja llevar por la vida «en lo personal y en lo literario». «Muchas veces no sabemos bien qué queremos, pero eso no es necesariamente malo aunque tenga mala fama. Si te dejas llevar por la vida a veces aciertas», dice. «No tengo novelas en el cajón» explica una narradora que dedica mucho más tiempo y esfuerzo a «quitar lo que sobra» y a «pulir» sus textos. Asegura haber escrito mas de 800 páginas para esta novela que acabó resolviendo en 250.

«Espero que aún nos queden muchos días felices», dice aludiendo a una actualidad plagada de nubarrones que resume cada noche en un informativo muy peculiar y premiado, pero que le deja poco tiempo para escribir. «Entro a trabajar a las cuatro y salgo de madrugada, de modo que solo tengo las mañanas para escribir, lo que requiere disciplina e intensidad».

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